P. Laurence Freeman OSB

Cuarto Domingo de Adviento

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Lucas 1 39-44

En esos días María se levantó y fue apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 

Y aconteció que cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre; e Isabel fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Por qué me ha acontecido esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de gozo en mi vientre.

 

Los Evangelios de las tres últimas semanas han tenido figuras preponderantemente masculinas, que reflejan el mundo cultural del Medio Oriente donde el muy esperado Mesías debía nacer. Pero el Evangelio de hoy se transporta completamente al mundo femenino, dos mujeres embarazadas que han comprendido el Adviento: la espera, la oración y el cambio de mentalidad.

 

San Lucas es, para su tiempo, alguien perfectamente sintonizado con las mujeres, los pobres, los marginados y los niños. Todos aquellos que en su mundo eran habitualmente hechos a un lado, devaluados, pasados por alto. Su atención hacia ellos refleja la Buena Nueva de Jesús, de que a la luz de Dios, simplemente no hay marginados, ni grupos de segunda clase, ni personas desechables. Nuestra preocupación contemporánea – en lo que queda de la democracia liberal – por las minorías, la igualdad de derechos para la mujer, la justicia económica, puede, aunque a una menor profundidad de entendimiento, reflejar esta sabiduría de igualdad universal.

 

Así que aunque la naturaleza no reparta sus dones en forma equitativa, los humanos pueden hacerlo en la medida en que protejan y respeten a los menos afortunados.

 

Aun a pesar de las diferencias culturales, la justicia es un instinto innato que surge de la bondad esencial de la naturaleza humana. Esta bondad es Dios. Y revela la capacidad del ser humano para ser divinizado, tal como el niño que brinca en el vientre de Isabel ante la presencia del embrión en el vientre de María atestigua la capacidad divina de encarnarse. Durante el Adviento tal vez no estamos seguros si vamos hacia Dios o si Dios viene hacia nosotros, pero la conclusión es que los dos movimientos son inseparables.

 

Siglos de representaciones de la escena de la Visitación nos muestran a María la niña y a Isabel la mujer mayor, abrazándose. Cuando Juan, el hijo de Isabel brincó, María, su pariente, escuchó otra declaración sobre el significado de su propio bebé. De nuevo se queda en silencio, apenas vislumbrando el significado del misterio en que se ve envuelta ahora.

 

En la Anunciación, María sólo dijo sí. En los relatos del nacimiento, el exilio y el regreso a Nazareth, permanece callada. Reprende al niño Jesús por causarle ansiedad al perderse en el Templo y también le habla durante el banquete en Caná. Fuera de eso, su presencia luminosa en los Evangelios es silente, consciente, preocupada, comprometida aún al pie de la cruz con aquél  a quien esperaban ella y el mundo. Su silencio ante la presencia del misterio es un modelo de contemplación para nuestro propio tiempo, que a veces se balancea entre la superstición y el reduccionismo.

 

Claro que no sabemos mucho o más bien casi nada de los orígenes históricos de estos relatos llenos de simbología, y nunca sabremos. Sin embargo, nos seguimos emocionando y llenando de asombro ante la realidad que nos exponen. La mentalidad de Adviento es holística, incluyente, abierta a los profundos, bellos y evocativos símbolos que nos permiten vislumbrar la verdad intuitiva y directamente. Sentimos algo que brinca en nuestro interior pero  no lo podemos ver plenamente todavía.

 

Después de todo, el Adviento trata de una gestación, la experiencia de una presencia invisible en el vientre de nuestro espíritu. Esto es algo muy poderoso por sí mismo – al igual que nuestra meditación en silencio se va reconociendo solamente a través de sus frutos. El nacimiento es otra etapa de la auto revelación de la realidad que prueba lo que sabíamos sin conocer. Pero ni el mismo nacimiento nos aclara el asunto ya que aumenta el misterio aun más.

 

 

Laurence Freeman OSB

 

Traducción: WCCM México

 

 

 

 

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