P. Laurence Freeman OSB

Domingo de la segunda semana de Cuaresma: Lucas 9, 28-36

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Mientras él rezaba, el aspecto de su cara estaba cambiado y su ropa se volvió brillante como el rayo. Sigue leyendo.

Hace unos años, una joven mujer muy disgustada solía venir regularmente a nuestro centro de meditación en Londres. Ella se veía resueltamente  en el  lado oscuro de la vida, habitualmente enfocada en todo lo que le faltaba más bien que en el lado positivo. Ella era hiper sensible, reactiva, y todo el mundo se manejaba con mucho cuidado con ella. Un día ella nos dijo – como si fuese prueba de su larga y sostenida convicción que el universo estaba determinado a acabar con ella – que ella había sido diagnosticada con un cáncer agresivo y terminal. En los sucesivos meses ella continuó viniendo al centro a meditar con nosotros  y algunos miembros en particular de nuestra comunidad le mostraron mucha amabilidad y paciencia. Su amargura en la vida aumentó pero al menos ella no rechazó totalmente la paciencia y compasión que le fue mostrada. Nosotros le ayudamos a encontrar un lugar donde terminar sus días. Cuando ella fue recibida en cuidado terminal solíamos visitarla.

Un domingo luego de nuestra misa comunitaria yo llevé su comunión al hospital. Ella se veía terrible y su expresión apretada sostenía mucha ira. Cuando le mencioné que había traído la comunión ella con muecas desagradada me dijo ‘eso no me va a hacer mucho bien verdad? No gracias´. Pero ella dijo que le gustaría que me sentara con ella un rato. Charlamos un poco mientras ella se quejaba de cómo alguna celebridad del momento, quien tenía un notorio estilo de vida,  estaba deleitándose en la fama y el éxito. Ella, en contraste, había sido ‘buena’ toda su vida, obedeció los mandamientos y terminó así sola y muriendo joven. Yo la escuché. Luego ella tomó una libreta, me miró y me preguntó si me gustaría leerle sus poemas. Deshonestamente le dije que sí y miré en la libreta pero no entendía su escritura así que le pedí si ella me los leería a mí.

Ella empezó a leer un poema llamado ‘canción de ballena’ describiendo las canciones que las ballenas se cantan unas a otras a través de las vastas distancias profundas en los océanos. Esto fue verdadera y profundamente conmovedor, rindiendo sus intensos y solitarios sufrimientos en palabras de belleza. Ella se cantó a sí misma más allá de ella misma. Me disparó una rápida mirada para ver cómo yo reaccionaba y vio que estaba conmovido. En ese instante ella también, como Jesús en la montaña en el evangelio de hoy, fue transfigurada físicamente. Su delgado y demacrado rostro irradió belleza y una clase de gloria. Sus ojos brillaron gozosamente con una visión de una realidad más allá del velo de la carne y sus aflicciones acompañantes. Esto fue breve pero intemporal. Ella había tomado su comunión después de todo. Pronto su expresión normal  descendió de nuevo, aunque apenas más suave. Ella murió unos pocos días después.

La oración pura fluye en el corazón humano más profundo que las palabras, los pensamientos y los sentimientos. A veces quiebra la superficie y el cuerpo mismo se estremece y es cambiado físicamente. Las prácticas espirituales de esta temporada nos recuerdan que el cuerpo es un instrumento y un sacramento. No toca esta música  diariamente. Pero uno nunca sabe.

 

firma Laurence

P. Laurence Freeman OSB

Traducción Jorge Rago. WCCM Venezuela

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