P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: viernes de la quinta semana

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          A pesar de que la buena recepción del programa “Un camino contemplativo a través de la crisis” nos mantuvo ocupados y conectados a internet, manteniendo el contacto con meditadores de todo el mundo, hemos continuado con nuestra vida cotidiana y tranquila aquí en Bonneveaux.

           Pero ayer quebré la paz general al hacer sonar la alarma del detector de incendios mientras trataba de encender un fuego en la chimenea, ya que mi estudio se había enfriado repentinamente. Mi intento fallido hizo que la nube de humo invadiera la habitación en vez de subir por la chimenea. Pensaba que a estas alturas ya había aprendido a encender un fuego con madera en una pequeña chimenea. Pero una vez más volví a descubrir lo poco que sabía, y lo fácil que es cometer errores.

            Claro está que para encender un fuego se comienza con papel. Cuánto poner es siempre una decisión difícil de tomar. Después hay que agregar astillas, pedacitos de madera o cartón. Nunca se puede estar seguro de que la madera está lo suficientemente seca, y a veces, se resiste a los intentos de encenderla. Los encendedores que añado son fastidiosamente caprichosos y casi siempre se apagan tan pronto como uno coloca algo encima de ellos. O se caen entre la madera y el papel, y yo intento salvar el fuego prendiendo el papel. Esto provoca una llamarada inicial promisoria y una vacilante sensación de logro. Me siento exitoso, o siendo honesto, simplemente suertudo. Pero es una falsa esperanza.

            Algunas de las piezas de madera chicas terminan ardiendo, pero con poca intensidad. Espero que esto sea suficiente para prender los pedazos más grandes que tengo a un costado, aguardando a ser agregados al fuego. Como soy muy impaciente, casi siempre pongo los leños más grandes sobre las llamas demasiado rápido. Espero, imagino, rezo para que se prendan. Pero pasado un rato, todo se desvanece. Les pedí demasiado a las pequeñas llamas, tenía expectativas demasiado altas. De repente, sólo quedan algunas brasas encendidas. En este punto es fácil entrar en desesperación. No poder encender un fuego no es un problema grave en la vida, pero hasta la frustración más pequeña puede desencadenar momentos más oscuros de desesperación. Sólo el hecho de perder las llaves del auto puede disparar una serie de recuerdos de pérdidas muy dolorosas en nuestras vidas. ¿Por qué no encender la estufa eléctrica?

            Pero mi determinación irlandesa lucha contra la desesperación. Corro hacia afuera para buscar más maderitas. Cuando regreso las brasas están casi muertas, pero pongo cuidadosamente los nuevos pedazos sobre ellas. Tiro adentro uno de los encendedores inútiles también. Total ¿qué podría perder? Recostado en el suelo soplo largo y tendido las brasas crecientes y finalmente aparecen algunas llamas gloriosas. Esperanzadoras, pero poco confiables.

            Más o menos una hora más tarde, después de frecuentes intervenciones y experiencias cercanas a la muerte, el fuego arde alegremente. Por supuesto, el secreto no es lo que se le pone arriba, sino lo que yace debajo. Cuando la base del fuego es fuerte y radiante, cualquier cosa que agregues será consumida. El fuego, como el amor, arde según lo que lo alimenta. Hay una unión gloriosa y luego se acaba. La habitación por poco está demasiado cálida y ya es tiempo de ir a la cama.

            No los voy a aburrir con una explicación de esta pobre parábola. Creo que es obvia. Para Cuaresma. Para una pandemia. Para la meditación diaria.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Gabriela Speranza, WCCM Argentina