P. Laurence Freeman OSB

Viernes Santo 2020

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El cómo morimos es importante. Y cómo morimos depende de cómo nos acercamos a la muerte. Y eso es consecuencia directa de la manera en que hemos vivido. La manera en que hemos vivido, dependerá de cuánto hemos aprendido a amar.

En muchas tradiciones de sabiduría, la muerte está asociada con una crisis – la palabra crisis significa juicio. Un ajuste de cuentas debe hacerse y así como las declaraciones de impuestos, nadie busca hacerlo hasta que una vez que lo hemos decidido, no parece ser tan malo. Mientras más complicados los asuntos de nuestra vida, más tiempo tardaremos. Pero al contrario de las declaraciones de impuestos, no le podemos pagar a nadie para que lo haga en vez de nosotros. Al morir, todos nos volvemos ermitaños y si no hemos aprendido a entender la soledad antes, lo entenderemos en esta última crisis de nuestra vida.

Los egipcios veían el último juicio como el pesar al corazón humano en una balanza contra la pluma de la verdad. Si el corazón del difunto estaba demasiado pesado o impuro, la diosa de la verdad lo devoraría y el alma desafortunada se vería detenida en su viaje a la inmortalidad, atorada en algún limbo o inframundo.

De modo que asustados por lo desconocido, la gente solía orar por una muerte bendecida. Eso significaba dejar ir la vida y los apegos de los seres queridos pacíficamente. Aun cuando hubiera dolor presente uno podía adoptar una ecuanimidad dignificada, sin dar de tumbos quejándonos de la ‘noche obscura’ a donde el poeta romántico Dylan Thomas advirtió que no deberíamos entrar ligeramente. Más bien, comentó, deberíamos rebelarnos contra ‘la disminución de la luz’. Pero aparte del testimonio de una muerte bendecida, esto suena embarazosamente adolescente.

Y ¿qué tal este Viernes Santo en medio de esta pandemia en que tanta gente ha muerto y que se llevará a muchos otros antes de que termine? Si hemos estado siguiendo la Cuaresma  – y vaya cuaresma esta de 2020 – deberíamos estar más preparados para mirar a la muerte directamente y enfrentar nuestros miedos más profundos. Cuando enfrentamos al miedo, este se desmorona. Solamente cuando huimos es que nuestros miedos se vuelven monstruos que desbaratan nuestra vida y nuestra capacidad de amar.

Aun la muerte del acusado injustamente, de niños, de víctimas de genocidio o desigualdad social (como lo vemos en los datos de las víctimas del Covid 19), aun las muertes más desgarradoras nos enseñan sobre la vida. Yama, el mítico dios de la muerte en el Katha Upanishad, es un maestro de humanidad. Y así lo es también Jesús, totalmente humano e histórico, no solamente en lo que predicó, sino en cómo vivió y murió fiel a su enseñanza, volviéndose lo que enseñaba. Si morimos como vivimos, nuestra muerte se vuelve un regalo, una enseñanza auténtica por sí misma, para aquellos de quienes nos despedimos. Aun en el desconsuelo podemos sentir la gracia de la muerte bendecida y su alegre y expansivo renacimiento y liberación. Cada muerte, nos muestra Jesús, puede redimirnos.

No se rebeló contra la luz menguante. Más bien vio la luz naciente. Desde su despertar incomunicable, sus últimas palabras nos iluminan: Tengo sed. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Todo está consumado.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Enrique Lavín, WCCM México.

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