P. Laurence Freeman OSB

Domingo de Pascua 2020

C5FB8D7C-B035-4D97-B74D-DFC1E03E9F01

Conforme escribo esto, sigo sorprendido por el sentimiento de percibir la luz de la luna en las primeras horas de esta mañana. La luz de luna siempre se siente como si gentilmente inundara tu cuerpo, acariciando tu mente después.

Me distrae, sin embargo, el pensar acerca de la fiesta lunar de Pascua, el vínculo con el estrógeno, el vínculo entre el estrógeno y las fases por siempre cambiantes de la luna. La distracción proviene de un ruido continuo y estridente, como de aficionados al futbol celebrando una victoria, y entra por mi ventana abierta enfrente del escritorio, desde donde veo el lago, aquí en Bonnevaux. Ranas en completa desarmonía. Como se menciona en el libro que consulté, los niños rana despiertan de la hibernación con una sola cosa en mente y las niñas rana, se encuentran llenas de óvulos listos para ser fecundados antes de que puedas parpadear.

Me levanté de entre los muertos, tirando del aguijón de la muerte y liberando las  cadenas del infierno… admirémonos, pues el invierno ya pasó, la lluvia terminó y se ha ido. La tierra comienza a florecer. Me he levantado de entre los muertos, he llevado paz. (Orígenes, Homilías del Cantar de los Cantares)

Primavera. El tranquilo, lleno de paz e influyente ciclo de la luna que da forma al calendario tanto religioso como agrícola y a nuestros humores. La fijación desesperada e impaciente de los rituales de apareo. Energía que trasciende al cuerpo y estalla en espíritu.

La Resurrección sucede tanto en la naturaleza como en nuestra psique que lo refleja. El confundir los pasos de la danza entre los ritmos interiores y exteriores descompensa todo. Muchos han entendido esto a través del rudo encuentro con el virus, una cara de la naturaleza en estas últimas semanas. La diferencia entre la Resurrección de Jesús y el ciclo biológico de la naturaleza es que en El, el ciclo de morir y renacer no se repite, sino que trasciende. Ciertamente seguimos experimentando muchas muertes y renacimientos; como siempre, mientras más profunda la muerte, mayor altura tendrá el renacimiento. Pero a través de cada ciclo en nuestra vida personal y colectiva, podemos inhalar la luz de Jesús resucitado, que nunca morirá jamás y entonces, perdernos a la vez que nos encontramos en El.

La crisis del corona virus ha significado la muerte para muchos individuos, una gran multiplicidad de formas para morir y posiblemente la muerte de una forma de vida. Hemos sabido desde hace mucho que nuestro modelo actual era insostenible. El crecimiento fuera de control es un cáncer. La Pascua nos recuerda que no necesitamos temer a la muerte o al cambio una vez que estamos comprometidos con la vida real. Nuestro camino espiritual, cualquiera que sea la forma que tome, es ese compromiso.

Conforme entramos en el ciclo de muerte y resurrección más profundamente, nos volvemos más conscientes de su verdad universal, de que es el modelo de toda la creación. Comenzamos a apreciar lo que es el Misterio… ese ciclo en que cada media hora de meditación se basa: morir a la trivialidad y a los apegos que ocupan nuestro ego y resucitar a la libertad que surge de encontrarnos mirando al Otro plenamente… estamos muriendo y resucitando a una vida nueva cada día…’Y a la vez, también es cierto que solamente hay una muerte y una resurrección y que Jesús ya lo hizo por toda la creación’.  (John Main: De la Palabra al Silencio)

 

Laurence Freeman OSB

Traducción: Enrique Lavín WCCM México

P. Laurence Freeman OSB

Sábado Santo 2020

CA47A6E0-212C-49D0-9A35-AA94175644A2

Los familiares o los seres queridos que están alrededor de alguien que está conectado a un respirador o – como en la crisis del coronavirus – sin poder estar juntos pero esperando noticias a cierta distancia, saben que mientras haya respiración hay esperanza. No importa lo cercano del desenlace, siempre parece muy lejos, mundos aparte.

Pero cuando finalmente se acerca y el último aliento se exhala, cuando no continúa la respiración, entramos al summum silentium de la muerte. El gran silencio.

En los monasterios, esto se refiere al silencio que los monjes deben supuestamente observar estrictamente después de la oración nocturna. Aunque no es poco común que los monjes se conecten por Zoom para platicar con alguien después del gran silencio. Con la muerte, sin embargo, no se puede. El silencio sólo se puede observar. No podemos engañar a la muerte. Y es impresionante lo incapaces y desprotegidos que somos. Como niños que piensan que lograrán lo que quieren siendo insistentes, encantadores, llorando, amenazando, finalmente nos rendimos y aceptamos la derrota. Lo que se fue, se fue.

Por más que repitamos las conversaciones con los muertos, ya no los veremos ni los escucharemos como alguna vez lo hicimos. Las fotos, objetos personales, cartas viejas son objetos que atesoramos pero son una flaca consolación y después de un rato nos estorban para la nueva relación que se está formando en la tumba que lentamente va evolucionando hasta convertirse en una matriz.

Este inflexible e intransigente silencio de la no-comunicación, este fracaso de hacer contacto, de no saber qué está sintiendo o viendo – si acaso – la persona que falta, este silencio de preguntarnos si es que se preocupan, si existe algún tipo de existencia en que podrían preocuparse de aquellos que los extrañan, a través de un proceso de duelo da paso eventualmente a que aceptemos lo obvio e inevitable. Aunque con gran peso en el corazón, los deudos siguen adelante. Cuando morimos, la muerte nos introduce al summum silentium que entonces muestra señales de vida. Brotes verdes surgen de un terreno muerto.

Esto no significa que los mensajes de los muertos estén en una plataforma de comunicación, sino que el silencio se vuelve más profundo. Nos volvemos mejores para escuchar el silencio sin llenarlo de nuestros deseos, miedos e imaginaciones. Se vuelve presencia simplemente.  Simple pero más intensamente presente que ninguna otra cosa que pensáramos antes que era real.

Entre las líneas de esta pandemia y el doloroso significado del desorden que causa, deberíamos ser capaces de escuchar este gran silencio. Si no tenemos una práctica espiritual o si la hemos descuidado, este es el momento de reiniciarla. Es tiempo de ver lo necesario que es para sobrevivir este silencio de las cosas.

El silencio que empodera la vida a través de la muerte.

Aquí en Bonnevaux he notado que en mis caminatas reconozco más presentes y amigables a los pájaros y otros animales. Supongo que esto es mi proyección. Soy yo el que ha cambiado, no ellos. Pero ¿quién sabe? Tal vez al final, todo es relación, no solamente observar o ser observado. Es tiempo de iniciar Cuaresma de nuevo.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Enrique Lavín, WCCM México

P. Laurence Freeman OSB

Viernes Santo 2020

CA47A6E0-212C-49D0-9A35-AA94175644A2

El cómo morimos es importante. Y cómo morimos depende de cómo nos acercamos a la muerte. Y eso es consecuencia directa de la manera en que hemos vivido. La manera en que hemos vivido, dependerá de cuánto hemos aprendido a amar.

En muchas tradiciones de sabiduría, la muerte está asociada con una crisis – la palabra crisis significa juicio. Un ajuste de cuentas debe hacerse y así como las declaraciones de impuestos, nadie busca hacerlo hasta que una vez que lo hemos decidido, no parece ser tan malo. Mientras más complicados los asuntos de nuestra vida, más tiempo tardaremos. Pero al contrario de las declaraciones de impuestos, no le podemos pagar a nadie para que lo haga en vez de nosotros. Al morir, todos nos volvemos ermitaños y si no hemos aprendido a entender la soledad antes, lo entenderemos en esta última crisis de nuestra vida.

Los egipcios veían el último juicio como el pesar al corazón humano en una balanza contra la pluma de la verdad. Si el corazón del difunto estaba demasiado pesado o impuro, la diosa de la verdad lo devoraría y el alma desafortunada se vería detenida en su viaje a la inmortalidad, atorada en algún limbo o inframundo.

De modo que asustados por lo desconocido, la gente solía orar por una muerte bendecida. Eso significaba dejar ir la vida y los apegos de los seres queridos pacíficamente. Aun cuando hubiera dolor presente uno podía adoptar una ecuanimidad dignificada, sin dar de tumbos quejándonos de la ‘noche obscura’ a donde el poeta romántico Dylan Thomas advirtió que no deberíamos entrar ligeramente. Más bien, comentó, deberíamos rebelarnos contra ‘la disminución de la luz’. Pero aparte del testimonio de una muerte bendecida, esto suena embarazosamente adolescente.

Y ¿qué tal este Viernes Santo en medio de esta pandemia en que tanta gente ha muerto y que se llevará a muchos otros antes de que termine? Si hemos estado siguiendo la Cuaresma  – y vaya cuaresma esta de 2020 – deberíamos estar más preparados para mirar a la muerte directamente y enfrentar nuestros miedos más profundos. Cuando enfrentamos al miedo, este se desmorona. Solamente cuando huimos es que nuestros miedos se vuelven monstruos que desbaratan nuestra vida y nuestra capacidad de amar.

Aun la muerte del acusado injustamente, de niños, de víctimas de genocidio o desigualdad social (como lo vemos en los datos de las víctimas del Covid 19), aun las muertes más desgarradoras nos enseñan sobre la vida. Yama, el mítico dios de la muerte en el Katha Upanishad, es un maestro de humanidad. Y así lo es también Jesús, totalmente humano e histórico, no solamente en lo que predicó, sino en cómo vivió y murió fiel a su enseñanza, volviéndose lo que enseñaba. Si morimos como vivimos, nuestra muerte se vuelve un regalo, una enseñanza auténtica por sí misma, para aquellos de quienes nos despedimos. Aun en el desconsuelo podemos sentir la gracia de la muerte bendecida y su alegre y expansivo renacimiento y liberación. Cada muerte, nos muestra Jesús, puede redimirnos.

No se rebeló contra la luz menguante. Más bien vio la luz naciente. Desde su despertar incomunicable, sus últimas palabras nos iluminan: Tengo sed. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Todo está consumado.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Enrique Lavín, WCCM México.

P. Laurence Freeman OSB

Jueves Santo 2020

CA47A6E0-212C-49D0-9A35-AA94175644A2

‘Hagan esto en memoria mía’, dice Jesús en la Última Cena, que evolucionó – y sigue evolucionando en la vida cristiana – en la Eucaristía. Lo ‘recordamos’ como miembros de su cuerpo místico y este recuerdo nos nutre y nos permite crecer.

Es alimento para el camino, una sanación de la condición humana, una celebración de la vida tal como se puede vivir con los poderes del perdón, la igualdad y el compartir. Por supuesto es simbólico. Pero los símbolos son fuerza de transformación.

Hacemos memoria de diferentes maneras. Hay un recuerdo del enojo y resentimiento que llamamos venganza. Hay nostalgia del arrepentimiento y tristeza por lo que se ha perdido en el tiempo. Esta clase de memorias nos mantiene mirando hacia atrás. Fallan al no incorporar el pasado al presente. No nos pueden preparar para lo que sigue en el flujo del tiempo, el futuro desconocido. Estas maneras de recordar no nos llevan al momento presente. No es la manera de tener presente aquello de lo que se trata la Eucaristía.

En una Eucaristía contemplativa, tal como la que celebramos en línea todos los domingos en Bonnevaux, es más fácil sentir la presencia de Cristo en el eterno presente, el momento presente donde el pasado se ve sanado y nos renovamos para construir el futuro.

Muchos de los lectores de estas reflexiones diarias se han visto forzados a estar más solitarios y aun aislados desde el inicio de Cuaresma. Hablaba el otro día con un meditador que lleva dos semanas en cuarentena en un cuarto de hotel. Está bien, me dice. No ha prendido el televisor para nada. Algunos días añade una tercera meditación a su práctica regular de dos veces al día. Se mantiene en contacto con sus amigos cercanos en línea e inició un proyecto de trabajo creativo que lo está absorbiendo. Inició este camino de soledad forzada y desaceleración dramática con la ventaja de un camino espiritual previamente establecido. Está contento de irse a casa pronto y ha aprendido mucho de la experiencia y se siente agradecido por esto. Cree que vivirá la vida de una manera diferente ahora, más simple y más agradecido.

Para otros, la desaceleración o la soledad no han sido fáciles. El tiempo se ha recargado fuertemente en ellos. Se han sentido inquietos, solos, aislados, olvidados, abandonados. Cuando algo nos duele, es natural buscar distracciones, «pensar en otra cosa». Pero la distracción puede volverse un problema en sí misma, otorgando solamente un alivio momentáneo. Al volverse más adictiva, necesitamos dosis mayores para obtener el mismo resultado.

Muchos de nosotros ya estamos adictos a algunas formas de distracción. Encontrándonos en encierro voluntario significa que podemos aumentar la dosis o buscar instintivamente otras formas de arreglar el problema – pero ellas no lo hacen. Por otro lado puede ser una oportunidad también de descubrir lo que un camino y una práctica espirituales significan.

La meditación no resuelve el problema del Covid-19. Si el virus es contagioso antes de la meditación, lo seguirá siendo después. Pero una simple práctica diaria de meditación, representará sin duda un cambio en la manera que enfrentamos y tratamos con la crisis.

Laurence Freeman OSB

Traducción: Enrique Lavín  WCCM México

P. Laurence Freeman OSB

Miércoles de Semana Santa 2020

CA47A6E0-212C-49D0-9A35-AA94175644A2


El virus puede haber estado presente físicamente en los humanos desde hace mucho. Pero una serie de circunstancias se juntaron para lograr la terrible mutación que estamos experimentando. Eventualmente entenderemos la ciencia del virus y encontraremos una vacuna.

No podemos culpar al virus en sí por el daño que está haciendo de la misma manera que no podemos culpar las condiciones meteorológicas por los desastres naturales. Sin embargo pecaríamos de ingenuos si no hiciéramos un recuento del elemento humano – falta de respeto por el medio ambiente, injusticia social, explotación del más débil – presente en el origen de estas desastrosas circunstancias. Pues todo efecto tiene una causa.

Sin embargo, al nivel humano – ayer reflexionaba en el carácter de Judas y nuestra capacidad para traicionar – no podemos evitar la responsabilidad personal. Siempre señalamos culpables. El marido de una amiga mía, un año le dio un regalo de Navidad poco bienvenido, al confesarle que llevaba una década siéndole infiel con su mejor amiga. En un instante (el mismo tiempo que llevó a Satanás entrar en Judas) le transmitió el virus de la infidelidad que resquebrajó su mundo interior y exterior. No tarda mucho el matar a alguien. Más tarde, cuando su vida se había comenzado a enderezar, me dijo que seguía enojada con él, pero que entendía cómo había pasado y su propia culpa en el desarrollo de las circunstancias que hicieron posible el colapso de su relación. Él había tenido un período lleno de estrés en el trabajo, se había distanciado emocionalmente y ella le había permitido que se separara, convenciéndose que ese era el mejor modo de seguirlo amando.

Esta semana estamos viviendo el relato de los últimos días de Jesús. Es un relato enraizado en la memoria colectiva de la humanidad. Nos permite interpretar la historia de nuestras vidas y ver sentido en lo que no lo tiene, ver la luz en la obscuridad. Ver la obscuridad es el inicio de la mirada espiritual. Lo que el relato no nos permitirá hacer, sin embargo, es evadir la verdad o negar la realidad. A no ser que podamos intuir el significado de nuestra propia historia, estaremos condenados a repetir los mismos trabajos de obscuridad hasta el fin de nuestra vida. No sabemos por qué Judas se convirtió en el arquetipo del traidor, pues si lo supiéramos, el relato se volvería demasiado personal, previniendo que fuera parte del relato de la humanidad.

Todo lo que podemos decir es que nuestros actos obscuros están ligados a aquella obscuridad que previamente nos afectó y nos traumó. ¿Quién traicionó a Judas?, ¿Por qué no podía soportar la luz? Cualquiera que haya sido la causa, su traición desembocó en el clímax del triunfo de las fuerzas obscuras en la Pasión de Cristo. A partir de este momento de obscuridad, Jesús se vuelve el Cristo y su sufrimiento se vuelve universal.

Leemos el relato permitiendo que el relato nos lea. Vemos como nuestro sufrimiento y obscuridad están ya contenidos en él. Simplemente aceptamos lo que no podemos evitar. Con esta sabiduría penetramos la obscuridad. Solamente nos hace falta un sendero para guiarnos a ella y a través de ella.

Este sendero se vuelve nuestra guía a través de la obscuridad. ‘Ya no hablaré más con ustedes, porque viene el príncipe de este mundo. Él no tiene ningún dominio sobre mí, pero el mundo tiene que saber que  amo al Padre, y que hago exactamente lo que él me ha ordenado que haga. ¡Levántense, vámonos de aquí!’ (Jn 14:30-31)

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Enrique Lavín, WCCM México