P. Laurence Freeman OSB

Segunda semana de Adviento 2018. Reflexión del P. Laurence.

Lucas 3, 1-6

El llamado de Juan el Bautista

“Era el año quince del reinado del emperador Tiberio. Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en Iturea y Traconítide, y Lisanias en Abilene; Anás y Caifás eran los jefes de los sacerdotes. En este tiempo la palabra de Dios le fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Juan empezó a recorrer toda la región del río Jordán, predicando bautismo y conversión, para obtener el perdón de los pecados. Esto ya estaba escrito en el libro del profeta Isaías:

Oigan ese grito en el desierto:

Preparen el camino del Señor,

enderecen sus senderos.

Las quebradas serán rellenadas

y los montes y cerros allanados.

Lo torcido será enderezado,

y serán suavizadas las asperezas de los caminos.

Todo mortal entonces verá la salvación de Dios.”

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Puede no parecer demasiado importante saber que Lisanias era tetrarca de Abilene cuando Juan el Bautista comenzó a predicar el arrepentimiento. Pero puede que sí nos ayude a recordar la historicidad de nuestra tradición y la necesidad universal de profetas. El profeta salvaje del desierto del Jordán es un arquetipo de todos aquellos que nos llaman a entrar en razón, desafiando el statu quo social, denunciando las negaciones y evasivas oficiales, simplemente diciendo las cosas como son aun cuando sean condenados por las autoridades como enemigos del pueblo y sean asesinados como chivos expiatorios.

Juan es una figura del Adviento, preparando el camino para la aparición de Jesús en el escenario público. Adviento significa literalmente un “venir hacia”. El viene hacia nosotros y, a medida que percibimos ese acercamiento, quizás comenzamos a salir a su encuentro. Esta es una imagen espacial usada para describir un evento espiritual no limitado por espacio ni el tiempo, sino que aún está sucediendo en la geografía humana y en tiempo real.

¿Qué hay en el corazón del mensaje del profeta?  Un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. Para muchos hoy, estos términos tienen tanto significado como el lenguaje de programación de computadoras.  Pero evocan una necesidad humana, importante y atemporal de sentido, ritual y transformación.   El pecado es endémico. El mundo está devastado por el pecado, personal y colectivo, en familias, en directorios corporativos, en la polución del planeta o contra las mentes de los jóvenes.

Podríamos usar culpa, vergüenza, tristeza, o remordimiento como sinónimos de ‘arrepentimiento’. No son malas reacciones, al menos por un tiempo, cuando reconocemos nuestros pecados y el daño que hemos hecho a otros. Sin embargo, deberíamos hacer más que encogernos de hombros y decir ‘sigamos adelante’. El significado esencial del arrepentimiento (metanoia) no es solo lo que hacemos sino un cambio de la mente, literalmente ‘más allá de la mente’. Frente al horror del miedo y al estar atrapados en patrones destructivos de comportamiento, solamente un cambio en el propio sistema operativo de nuestra atención podrá funcionar. No es un cambio de creencias lo que necesitamos sino un cambio de percepción, no de ideología sino de cómo y qué vemos.

Esto inicia el proceso de perdón dentro y hacia nosotros mismos. Nunca es fácil ver qué tan perdidos, engañados o auto-centrados estábamos. Reconocer esto requiere la reconciliación con el ser verdadero que habíamos rechazado. No podemos perdonar a otros el daño que nos hicieron hasta haber entendido lo que significa perdonarnos a nosotros mismos. “¿Porqué habría de perdonarme a mí mismo? ¡Es el quien me ha lastimado!” Quizás – y ciertamente debe hacerse justicia. Pero si hemos de volvernos completos, no alcanza con ser una víctima. Necesitamos ser sanados por un cambio de perspectiva, por una nueva forma de ver toda la situación.

Arrepentimiento va con ‘bautismo’, un signo visible de lo que sucede dentro de la conciencia.  Esto puede tener un significado religioso explícito como una iniciación en una nueva comunidad, lo que ayuda a mantener en movimiento el cambio de mentalidad. Pero la meditación también es un bautismo, una inmersión en la corriente de la conciencia. Y tiene una forma externa, signos visibles. Como nos sentamos, manifestamos quietud y silencio exterior, nuestro ritmo diario de mañana y tarde, son rituales que expresan y fortalecen el proceso de cambiar nuestra mente, expandiendo nuestra conciencia. La meditación también expresa el suavizar y rellenar que describía Isaías, mostrándonos que somos librados del horror a un nuevo estado de salud y florecimiento.

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