P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: jueves después del miércoles de ceniza. Lucas 9, 22-25

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En el evangelio de hoy, Jesús nos llama, como llamó a los pescadores por el mar de Galilea, a seguirlo mediante la auto renunciación. Él sabiamente no nos dice cómo hacer esto. Es para cada uno de nosotros decidir: i) ¿Debo escuchar esta llamada? ii) ¿Se aloja en mí de alguna manera y no desaparece? iii) ¿Cómo puedo “perder mi vida” para poder cumplirla?

Su pregunta final pone a cada persona en cada generación en este lugar: iv) ¿Qué sentido tiene ganar el mundo entero al costo de arruinar mi verdadero ser?

En la Cuaresma se trata de escuchar estas preguntas con tanta atención que no tenemos que responderlas: el poder de la atención en sí hace que la respuesta resulte evidente. Por supuesto, puede ser una respuesta ligeramente diferente en días diferentes, pero esto no se debe a que la verdad cambie, sino que cada día es diferente y, por lo tanto, reclama la verdad de manera diferente.

Visto así, nuestra vida estos próximos cuarenta días se convierte en un peregrinaje en una tierra santa. Cuando estuve en Israel, pensé que era una pequeña propiedad de bienes raíces, sin petróleo ni recursos naturales, y con grandes pretensiones. Tiene el lugar más bajo de la tierra: el Mar Muerto. Y durante sus cuarenta días en el desierto de Judea, Jesús fue arrastrado hasta la parte superior del parapeto del templo para ver y ser tentado por todos los reinos de la tierra. Las tres religiones que intentan coexistir entre sí mientras libran sus propios conflictos internos tienen historias y mitos que aún impulsan la política global. Aquí los detalles importan para la vida y la muerte. Cada guijarro y gota de agua reclaman importancia y, de hecho, son significativos.

Cuando realmente estamos en el lugar, santificando la tierra porque la tocamos aquí y ahora y no en nuestra fantasía o a través de la ideología, sucede algo asombroso. Vemos cómo todo, por pequeño o insignificante que sea, está conectado a todo lo demás a través de todas las dimensiones de la realidad. Los más pequeños y los más grandes se respetan. Por supuesto, hay una jerarquía (algunas cosas requieren más atención que otras), pero no existe un juego de poder, ninguna opresión de los pequeños y vulnerables por parte de los grandes y poderosos. Esta es una visión contemplativa de la realidad, y si suficientes personas en el mundo pudieran compartirla por un momento, el mundo comenzaría a cambiar sin la necesidad de fuerza.

Durante la Cuaresma, cuando intentamos armonizarnos (interna y externa, mental, emocional y físicamente), debemos tratar cada día de observar nuestro papel en las estructuras de poder del mundo, en el trabajo, la familia y en los espacios públicos. La armonía con nosotros mismos produce integridad y por lo tanto paz mental. Pero la consecuencia es una mayor integridad en el mundo en el que vivimos y trabajamos: ya sea en política, negocios, educación, medicina, ciencia o finanzas. En todo esto escuchamos las palabras de Isaías que nos advierten que no permitamos que nuestra espiritualidad se vuelva egocéntrica y dominada por el ego. Si puede mantenerse alejada de esto (es difícil en nuestra era de materialismo espiritual y falsas ideas de integridad), la calidad de la acción cambia. No oprimas a tus trabajadores ni golpees a los pobres con tu puño. En cambio, rompe las injusticias y deja que los oprimidos salgan libres, comparte tu pan con los hambrientos y protege a los pobres sin hogar. Construye puentes, no muros.

Luego, afirma Isaías, sentirás que la guía del Señor te brinda alivio en lugares desérticos. Recuerda, para la Cuaresma nos centramos en el microcosmos para comprender mejor el cosmos. Estas cosas son verdaderas y se demuestran a sí mismas en la experiencia de la tierra santa de nuestras vidas diarias. Si nos tomamos un tiempo cada noche, después de la meditación, para examinar cómo fue el día, generalmente nos sorprenderá el significado que surge. Es infinitamente sorprendente cómo la auto renunciación nos restaura a nosotros mismos y a nuestro lugar en la totalidad de las cosas.

Laurence Freeman OSB

Traducción: WCCM Argentina

 

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