P. Laurence Freeman OSB

Miércoles de la primera semana de Cuaresma: Lucas 11, 29-32

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La gente de este tiempo es gente mala. Pide una señal…

 

Anhelar señales es como exigir que una respuesta resuelva todos los aspectos de una pregunta. Nos encierra en la dimensión más superficial de la realidad. Perdemos el más profundo e importante significado de la vida y la verdad tangible de la experiencia plena. Supéralo, le dice Jesús a los supersticiosos y a sus aliados cercanos, los fundamentalistas.

 

A través de la experiencia directa, la meditación nos enseña lo que el pensamiento y el habla no pueden. La comunicación sin esta dimensión de silencio se vuelve un parloteo y conduce al conflicto que surge de la confusión. Decimos «sentémonos y aclaremos las cosas» en situaciones personales difíciles. Eso es precisamente lo que hacemos en la meditación. No parece que sea esto hasta que lo experimentas.

 

¿Por qué ir al desierto (al eremos) nos ayuda a vivir mejor en el mundo de la ciudad? El desierto es más real de lo que imaginamos. La ciudad es más ilusoria de lo que llegamos a admitir. En el desierto no hay nada real para contemplar excepto la naturaleza misma en su simplicidad y sobriedad. ¿Cuál es la señal, cómo sabemos que lo que estamos haciendo es real? Quizás es la experiencia de la belleza, el significado de la penetración instantánea del todo misteriosamente presente que roza una parte de nuestro ser y nos cambia. No pensamos en la belleza o decidimos sentir que algo es bello. No podemos negar la belleza o explicarla. Nos rendimos a ella. La imitación de la belleza nos seduce pero su falsedad es pronto revelada. Lo verdadero, como la belleza del desierto, pone en evidencia el glamour del centro comercial. Una vez que lo falso ha sido visto necesitamos soltarlo rápidamente. Si no, la ilusión se adhiere y se impone.

 

Es por esto que necesitamos eremos, sentarnos y ser. Los niños, para la sorpresa de profesores y padres, pueden captar y aman el desierto interior. Para nosotros, esto involucra un re-aprendizaje. A menos que te vuelvas como los niños. El aprendizaje empieza con la postura física. El cuerpo es la mayor de todas las señales, el primer sacramento, la belleza que es verdadera (incluso después de haber empezado a decaer de su desempeño máximo). Un cuerpo demacrado, atrofiado, no es menos sagrado o esencialmente bello que un cuerpo fuerte y firme porque el cuerpo nunca miente. Incluso más que ser una señal, el cuerpo es nuestro símbolo primordial. Una señal simplemente indica. Un símbolo encarna. No la imagen corporal, sino el cuerpo que tú encarnas.

 

La forma en que te sientas al meditar expresa tu actitud mental hacia la sesión que estás comenzando. Te revela de manera honesta la verdad de tu mente y tus expectativas. Si está encorvado o desplomado es allí donde está tu mente y hará más difícil la rectitud interior de la meditación. Así que siéntate erguido. Esto también te ayudará a respirar mejor, lo que te ayudará a estar más tranquilo y más despierto. Si estás en una silla, puedes moverte hacia adelante, hacia el borde de la silla para mantener la espalda recta. Tal vez puedes colocar un pequeño cojín detrás de ti. Si eres alto siéntate sobre un cojín. Si eres bajo, coloca algo debajo de tus pies y deja que estos formen un ángulo de 90 grados con las rodillas. Si estás sentado en el suelo, es probable que necesites un cojín para que tu espalda quede recta y tus rodillas toquen el suelo. Si te arrodillas con un banco de oración, mantén la espalda recta, las manos sobre el regazo o las rodillas. Los hombros relajados, la mandíbula suelta, la respiración normal, la barbilla ligeramente flexionada para enderezar la parte posterior del cuello.

 

¿Qué podría ser más hermoso? Qué más señal para ti y para quienes te rodean que cuando estamos sentamos y somos quienes somos; no necesitamos buscar señales.

 

firma Laurence

Laurence Freeman OSB


Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

 

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