P. Laurence Freeman OSB

Miércoles de la tercera semana de Cuaresma: Mateo 5,17-19.

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No crean que he venido a suprimir la Ley o los Profetas. No he venido a suprimirlos sino a completarlos. 

Es difícil dejar ir al pasado. Aun cuando éste fue defectuoso, tendemos a blanquearlo para evitar admitir nuestros errores. Es difícil cambiar nuestra mente (metanoia) y cuanto más la gente nos alza la voz para hacerlo, más nos atrincheramos. Sigue leyendo.

Pero las circunstancias cambian. Lo que fue bueno ayer podría no ser lo mejor hoy. Siempre podemos decir “lo siento” y dejarlo ir, pero nuestro hemisferio izquierdo de la mente encuentra esto difícil de hacer, porque ha construido sus buenas razones para las opiniones previamente vertidas. Éste goza con la “fijación” (no haré una comparación con el Brexit). Pero aun cuando nosotros admitimos que se requiere una nueva aproximación, no nos estamos condenando por los errores pasados: hicimos lo mejor que podíamos con la información a la mano en ese tiempo. El hemisferio derecho está con el fluir de la realidad y encuentra más fácil aceptar el cambio. Solamente entonces podemos hacer la paz con el pasado y ver lo mejor de él, la ley y los profetas, y traerlos a lo nuevo.

Hasta los mismos dioses, como las culturas lo respaldaban alguna vez, cambian y mueren. Hoy día vivimos en el crepúsculo de los antiguos dioses. Ellos dependen de sus devotos para mantenerlos vivos con las ofrendas de peticiones y sacrificios. Cuando los devotos dejan de creer, los dioses se marchitan en la vid. Hasta los todopoderosos dioses del Olimpo fueron degradados. Antes de morir, ellos se volvieron locales, vestigios de nostalgia u objetos de entretenimiento para las nuevas generaciones.

Pero no podemos vivir sin dioses. (Hasta los ateos tienen que lidiar con ellos). Necesitamos los símbolos y el encanto que nos proveen para expresar esperanzas y necesidades que no podemos poner en palabras. El cambio del panteón de los dioses, sin embargo, es un tiempo de pérdida y crisis tal como la estamos atravesando hoy en la cristiandad y en otras religiones. Los nuevos dioses son adorados en las pantallas desde Hollywood hasta Bollywood, en los templos de los shoppings, las rondas de negocios y los cuartos de noticias. Hay dioses de la mal-información y de las  divisiones (y algunas buenas noticias). Algunos antiguos dioses tratan de re-inventarse y llegan a ser relevantes mientras otros simplemente se apagan y desaparecen. El Consenso – la certeza que nos dan los viejos dioses – está erosionado y reemplazado por conflictos y controversias hasta que aparezca algo nuevo.

Esta es la razón por la que el desierto y nuestros cuarenta días en él, o nuestros veinte minutos allí dos veces al día, son tan liberadores. No hay dioses, muertos o vivos, en el desierto, no hay templos, excepto el corazón, no hay sacrificios excepto nuestra atención. Existen, por cierto, nuestros demonios interiores y algunos ángeles necesarios. Sin dioses, todo lo que queda es el Dios que es, que no tiene nombre: ¿“La cristiandad sin religión” de Dietrich Bonhoeffer capta una mirada a través de la fractura del antiguo orden?

Laurence Freeman OSB

Traducción: Marta Geymayr, WCCM Paraguay

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