P. Laurence Freeman OSB

Martes de la tercera semana de Cuaresma: Lucas 18, 21-35

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¿Cuántas veces tengo que perdonar a mis hermanos si me hacen daño? ¿Tanto como siete veces?  Jesús contestó: ‘No siete, te lo digo, sino setenta veces siete’

Como la mayoría de nosotros, a veces yo mismo he sabido lo penoso que es no ser perdonado. Tal vez yo esté engañado, pero no encuentro tan difícil perdonar (dándome cierto tiempo) como el hecho de sentir que yo estoy privado de esta maravillosa gracia que cambia no solo el relacionamiento sino el mundo y los avances del reino de Dios.

Cuando parecieras haber resuelto en ti un error o una amistad fracturada, cuando ha pasado suficiente tiempo y cada uno sigue con su vida, continuando, puede ser que te sientas listo para salir y tratar de reconciliarte. Hasta que suceda el perdón, el sentimiento contrariado de algo bloqueado y sin acabar detiene desde el comienzo la sanación profunda. Porque la paz y la justicia no son suficientes para que los sentimientos lastimados disminuyan. El perdón es ontológico, más profundo que el sentimiento. No hay vuelta al pasado: algunas relaciones se quedan allí, en la historia personal. Pero nuestra natural sed y hambre de justicia no es sobre olvidar o prorratear la culpa. Es sobre la restauración consciente y el re-equilibrio.

Cuando Jesús dice no solo 7 sino 77, muestra al oyente atento que no hay justicia sin perdón.  No existe esperanza de justicia restaurando nuestra humanidad a no ser que estemos realmente abiertos al perdón. Cuando escucho a la gente confesar que “no puedo perdonar por esto, aquello y lo otro”,  a menudo detecto un sentido de vergüenza y autojustificación. Por detrás está el sentido de ‘no es mi culpa y lo haría si pudiera’. Desde luego que necesitamos perdonar a aquellos que no pueden hacerlo. Para estos casos, tenemos que perdonarnos a nosotros mismos por no perdonar. También necesitamos no confundir el perdón con un agregado auto justificado a un resentimiento o victimización (por parte de la parte ofendida primero y por la ofensora después). ¿Cómo expresamos la diferencia? Tal vez viendo cómo nos sentiríamos si la parte que nos ofendió sigue adelante y florece.

El perdón es una sanación interior, no el otorgamiento del perdón. Un día comprenderemos que está ya sucediendo aunque no lo estemos observando. Recibimos la gracia del perdón sutilmente (y luego lo podemos compartir activamente) luego de que hayamos pasado por las 77 preguntas que penetran en los rincones oscuros del corazón. ¿Qué es lo que yo realmente siento? ¿Por qué X actuó de esa manera? ¿Estoy buscando la integridad o apegado a la retribución?  “Amo a mi enemigo” significa que el otro ya no es mi enemigo (aunque yo no elija ir de vacaciones con él).

Esta interiorización hacia el perdón viene del que pudo decir en la Cruz ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’. Para Él esta fue la última llave que le abrió las puertas del paraíso.

firma Laurence

Laurence Freeman OSB

Traducción Marta Geymayr – WCCM Paraguay

1 comentario en “Martes de la tercera semana de Cuaresma: Lucas 18, 21-35”

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