P. Laurence Freeman OSB

Viernes de la tercera semana de Cuaresma: Marcos 12, 28-34

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Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo mandamiento es: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamientos mayores que éstos. Sigue leyendo.

Cuando Buda estaba moribundo, sus discípulos estaban discutiendo cómo harían para guardar todas las 227 reglas monásticas que él les había dejado. Pidieron a su discípulo más cercano que le pregunte la forma de priorizarlas a un número más accesible. Cuando retornó, el discípulo les comunicó que infortunadamente el Buda había fallecido antes de poder contestar la pregunta. Así fue como ellos quedaron con una enorme cantidad de reglas.

Cuando Jesús fue preguntado sobre cuál era el mandamiento más importante, Él les contestó lo que está escrito más arriba – las tres dimensiones del amor a Dios, a uno mismo y a los demás. Tres en uno. Teológicamente tiene sentido poner el amor de Dios en primer lugar. Psicológicamente, tenemos que comenzar con el amor a uno mismo. La persona devota religiosa, quien está enfocada en amar a Dios obedeciendo todos los mandamientos y ganando la aprobación divina, puede ser fácilmente un individuo conflictuado y dividido que nunca integró su sombra ni tiene la humildad de aceptar sus imperfecciones. La persona que ha hecho su trabajo en el desierto y aprendió a amarse humildemente, puede aparecer poco religiosa, con respecto al mayor  mandamiento. Los que no aman siempre dan mala fama a la religión. Pero aquél que obedece al  ‘primero y mayor’  mandamiento de la vida – amar con todo el corazón – no tiene que preocuparse por las pequeñas reglas. ‘Ama y haz lo que quieras’ dice San Agustín.

Amar a mullidos gatitos, a niños, a ancianos de buen carácter, a aquellos que hacen lo que dicen, a quienes hacen tu vida más fácil, a  grandes cocineros, a los que te aprecian adecuadamente, gente en todos los tipos de pedestales en  que los hayas colocado tú mismo – estos son los amigos – fáciles de amar. Otra cosa son tus enemigos. Gente que te disminuye, que entorpece una decisión que está en marcha complicando innecesariamente los temas, los deshonestos, los infieles, los manipuladores y animales como ratas y cucarachas: estos son los que realmente nos ayudan a obedecer el mandamiento. La dificultad para amar expone nuestras condiciones escondidas y nuestra agenda. Ello revela el grado inadecuado de nuestro auto-conocimiento y auto-aceptación – nuestro amor a nosotros mismos. Por lo tanto, ‘nuestros enemigos son nuestros mejores maestros espirituales’, así como los fracasos nos entrenan mejor que los éxitos.

Algunas veces, es difícil ver lo que una persona ve en otra a quien ama profundamente y sin egoísmos. Es difícil ver el amor que San Francisco sintió por el leproso a quien abrazó o por los moribundos que la Madre Teresa rescató de las calles de Calcuta y los atendió como si fueran Cristo. Algún periodista moderno se preguntaría si lo hacían para aparecer ante las cámaras. Pero amar con todo el corazón es ver lo que no pueden ver aquellos que solo pueden amar a quienes les aman.

Podemos decir que los que aman de verdad ven a Dios o a Cristo en aquellos que no merecen ser amados. Sería una verdad decir que ellos se ven a sí mismos en el otro y a los otros en sí mismos. Este involucrar de personas es Dios. Cuando una persona ama al otro siempre hay tres personas involucradas.

Laurence Freeman OSB

Traducción Marta Geymayr – WWCM Paraguay

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