P. Laurence Freeman OSB

Sábado Santo: tomado de una homilía del siglo II.

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Algo extraño está sucediendo – hay un gran silencio en la tierra hoy, un gran silencio y quietud. Toda la tierra se mantiene en silencio.

La muerte es un maestro duro. Pero un buen maestro. Al principio parece ser el gran enemigo – como los grandes maestros pueden parecer también. Pero, ya que hemos aprendido, se vuelven nuestros amigos. En el Katha Upanishad, el niño Nachiketas está resuelto a encontrar el significado de la verdad y sabe que debe enfrentar y cuestionar a la muerte si quiere tener éxito. Dejando su casa y su familia se embarca en una búsqueda a través del umbral del mundo conocido. Cada tradición de sabiduría reconoce la importancia de recordar que debemos morir y nos previene que resistir la tentación – por más lógico que pudiera parecer – es negar la realidad.

Hoy, Sábado Santo, es el día después. Ya no podemos negar el hecho. Enfrentándonos a esto, aprendemos también el significado del silencio. No hay nada más silente que la muerte. No sólo eso, sino que llegar al silencio es morir a nuestro yo. La única manera que hay de acercarnos a la dimensión de lo divino es a través del silencio de nuestras facultades. No hay plataforma de observación en la que se pueda refugiar nuestro ego, para decir ‘cuánto silencio hay aquí’. Qué es estar muerto, los vivos no podemos saber.  Atisbamos, con cierto grado de miedo, que nuestro cuerpo no es propiedad privada.

Vivir con esta incertidumbre hace que la contemplación se vuelva inevitable. De otro modo construimos falsas certezas y seguridades que le roban a la vida su dignidad y alegría. En la meditación, el trabajo del silencio, todas nuestras ideas sobre Dios se vuelven obsoletas. Dios muere – como la sociedad secular moderna bien sabe. Y sin embargo Dios sobrevive su propia muerte, pues no es Dios el que muere sino nuestras más preciosas imágenes sobre Dios.

Por más doloroso que sea el abismo de la ausencia en la muerte, si acogemos al silencio, aprendemos que ni la muerte ni el silencio son una negación o un vaciamiento del sentido de la vida. Es un vacío que al mismo tiempo produce plenitud: la pobreza de espíritu que nos hace ciudadanos totales del reino de Dios.

El silencio no dice nada. No tiene mensaje excepto él mismo. El silencio crece a través de todas las dimensiones de la realidad. El silencio del cuerpo sucede no a través de la opresión o la humillación sino por la disciplina y el amor. El cuerpo tiene un millón de procesos operando al mismo tiempo. A no ser que estemos enfermos, no estamos conscientes de estarlo de todos ellos. Pero es más difícil meditar o hacer el trabajo del silencio con una nariz que fluye o que está tapada o con un dolor de muelas. El silencio de la mente también se logra no a través de la fuerza sino por la dulzura de la repetición de entrenar nuestra atención – poner nuestra mente en el Reino de Dios. No en la idea o imagen del reino, sino en el reino que está en silencio. Más aun, que es silencio.

Todo, incluyendo el lenguaje y la imaginación, procede del silencio. Para vivir y buscar de verdad, necesitamos regresar con frecuencia al trabajo del silencio, hasta que se vuelve, como nuestras operaciones biológicas, un ritmo bendecido y natural sobre el que ya no necesitamos pensar.

Jesús se introduce en lo más profundo del cosmos y explora cada rincón de la naturaleza humana y de la historia. Toca el punto singular de origen y simplicidad, el mismo en que la ciencia cree pero no puede encontrar. El Sábado Santo es la celebración de la quietud universal en el corazón de la realidad. Cuando nuestra mente se abre a aprender esto, no se vuelve silente. Se vuelve silencio: más allá de todo pensamiento, palabra e imaginación. Es la gran liberación.

Como silencio, en silencio esperamos que suceda el gran evento que manifiesta la vida del amor del que todo procede y al que todo regresa.

 

Laurence Freeman OSB

Traducción: Enrique Lavín, WCCM México

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