Enseñanzas Semanales

Enseñanza 20, ciclo 5



La Regla de San Benito
Es fácilmente comprensible la satisfacción que le produjo a John Main descubrir en los escritos de Casiano y Evagrio tanto el camino de la oración utilizando una “fórmula como la teología que resuena en ellos, tan afín a la suya. Las raíces celtas de John Main influyeron en su teología. Quizá ésta fuera también la razón por la que se identificó y se sintió tan cómodo entre los benedictinos cuando decidió convertirse en monje. San Benito consideró que su “pequeña Regla es sólo el comienzo” y recomienda que “Cualquiera … que desee avanzar hacia los más altos estándares de vida monástica puede recurrir a la enseñanza de los santos Padres, las Sagradas Escrituras, las obras de Casiano – “Conferencias”, “Los Institutos” y “La Vida de los Padres” – y la Regla de nuestro santo padre Basilio” (Capítulo 73). El comienzo del bello y poético Prólogo de la Regla de San Benito describe los requisitos previos para la vida espiritual: “Escucha atentamente, hijo mío, mis instrucciones y atiéndelas con el oído del corazón”. Estas son las dos cualidades esenciales para comenzar el viaje hacia nuestro verdadero yo, el Cristo interior: prestar una atención cuidadosa y una escucha intuitiva profunda. De hecho, los temas que inician el Prólogo y siguen apareciendo a lo largo de la propia Regla son los que ya conocemos de los Padres y Madres del Desierto: obediencia, escucha atenta, oración y trabajo, pobreza, castidad y humildad, con paz y justicia como resultado: “Que la paz sea tu búsqueda y tu objetivo” (Prólogo). La regla de San Benito – obediencia, conversión y estabilidad – fue en gran medida fruto de la época en la que vivió con el gran caos que le rodeaba debido a las invasiones bárbaras y a la desintegración del Imperio Romano Occidental. No había seguridad ni física ni moral fuera de los muros del monasterio. Así, debían permanecer encerrados y ser autosuficientes siendo por tanto el “labora” tan esencial como el “ora”. Cuando terminaron las “etapas oscuras” y la civilización se volvió a establecer en el siglo XII, las órdenes monásticas pudieron regresar a los votos originales de pobreza, castidad y obediencia. Durante las últimas lecturas, hemos estado analizando la importancia de los votos en la vida espiritual. San Benito, como hicieron Casiano y Evagrio antes que él, enfatizó desde el inicio que nuestra principal tarea en el viaje espiritual es dejar ir nuestra propia voluntad y nuestros deseos egocéntricos y despertar a la realidad de que ya estamos “en Dios”. Esta comprensión hace que sea imposible no rendirse a la voluntad y al plan Divino para nosotros. La conciencia de estar envueltos por lo Divino nos hace darnos cuenta de nuestra conexión con la humanidad común a todos.  Entonces, experimentamos compasión y mostramos respeto por los demás y no nos resulta tan difícil seguir el consejo de San Benito de “mantener su lengua libre de conversaciones viciosas y sus labios, de todo engaño” (Prólogo). Sólo cuando estemos en silencio y nos hayamos alejado de criticarnos a nosotros mismos a través de nuestras proyecciones sobre los demás, podremos escuchar “esta voz del Santo llamándonos”. Estas palabras recuerdan a las de Casiano cuando dice: “El objetivo final de nuestra misión es el Reino de Dios o el Reino de los Cielos pero la meta intermedia es alcanzar la pureza de corazón”. Toda la guía de San Benito se basa en las Sagradas Escrituras, mostrando su propia humildad: “con el Evangelio como guía… podemos merecer la visión de Dios que nos ha llamado a la presencia eterna”. San Benito subrayó, además de las virtudes habituales, las de la paz y la justicia: “Los que caminan sin tacha y son justos en todas sus relaciones; los que hablan desde la verdad del corazón y no practican el engaño; quienes no han hecho mal a otro en ninguna de sus formas y no han escuchado calumnias contra un vecino” han sido agraciados con las virtudes de paz y justicia. Estas virtudes están estrechamente relacionadas con la virtud de la humildad: “No a nosotros, Señor, no nos des la gloria sino solo a tu nombre” (Prólogo). La humildad es tan importante para San Benito que dedica todo el Capítulo 7 a los doce pasos de la humildad. La humildad es fruto del verdadero autoconocimiento, al que llegamos estando alerta a las artimañas de los demonios, es decir, a nuestras propias energías negativas que intentan controlarnos. La humildad es dejar ir nuestros propios deseos y la voluntad egocéntrica y entregarnos a la voluntad de Dios, aceptando que simplemente desconocemos qué es lo mejor. Al mismo tiempo, es saber que no estamos solos en esta lucha, ya que siempre somos abrazados por la presencia y protección de Dios.
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España