Enseñanzas Semanales

Enseñanza 15, Ciclo 1.

Introducción a la Meditación para un Grupo Cristiano

Recojo algunas sugerencias sobre las charlas que pueden tenerse durante una sesión inicial con un grupo de meditación semanal.

La introducción no excederá de 15 minutos. Nos presentaremos al grupo personalmente como parte de la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana. Explicaremos brevemente cómo nos introdujimos en la meditación. Haremos hincapié en la tradición universal de la meditación, no sólo dentro de la tradición oriental sino también como una práctica de oración arraigada en nuestra propia tradición cristiana.

Tras un breve silencio, comenzaremos la lectura de un pasaje del Evangelio y lo comentaremos como un camino de oración, profundamente arraigado en la tradición cristiana. Estos son algunos ejemplos: Mateo 6,6, “interioridad, pocas palabras”; Mateo 6,8, “la confianza”; Mateo 6,25, “abandono de las preocupaciones, la atención”.

Podemos resaltar que actualmente hay un exceso de interés en “hacer”, en desarrollar actividades. Y debemos establecer una clara distinción entre lo que es “ser” y “hacer”. Todos podemos “caer” en “hacer” demasiadas cosas. Recordaremos la historia de “Marta y María” (Lc. 10, 38-42) y que debemos ser ambas en diferentes momentos, pero que la calidad de nuestro “hacer” depende de nuestro “ser”: estando en paz con nosotros mismos y en silencio interior, seremos capaces de escuchar y ayudar a los demás.

A continuación, haremos una introducción a la figura de John Main y al descubrimiento que hizo sobre la Meditación en la tradición cristiana de Juan Casiano. Este Padre del Desierto es un maestro para todos los cristianos. Él vivió mucho antes de que se produjera la división de las diferentes vertientes del cristianismo. Por ello, la meditación es muy importante en el ecumenismo.

La meditación es una forma natural por la que los cristianos rezamos juntos, a diferencia de las palabras y el ritual que pueden llegar a separarnos. La oración profunda nos muestra que ya somos “uno en Cristo”. “Porque donde están congregados dos o tres en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mateo 18:20). La meditación no juzga las diferencias, las acepta de una forma amorosa y comprensiva.

La meditación también actúa como un antídoto del fundamentalismo, respetando las diferencias y aprendiendo a perdonar al otro, desde el “corazón”. Tanto la diversidad como la unidad son necesarias. En el Evangelio de Marcos 9, 38-41, Jesús muestra tolerancia y respeto por las diferencias de los seres humanos. La meditación es un camino de vuelta a casa, de vuelta a la propia relación con Cristo y con la unidad original en Cristo.

La meditación representa el eslabón perdido en nuestra cadena de la oración. Complementa y mejora pero no sustituye otras formas de oración. Enriquece de forma especial la oración de las escrituras. Debemos recordar que la meditación es una dimensión de la oración que nos conduce al silencio. No se trata de hablar con Dios, ni pensar en Él, sino de “estar con Dios”, de permanecer en comunión con la presencia de Cristo en nuestros corazones. El Silencio es la “adoración desde el espíritu y la verdad”.

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España

Enseñanzas Semanales

Enseñanza 12 Ciclo 1


La importancia del grupo de meditación semanal

Los miles de pequeños grupos que se reúnen en casas, parroquias, escuelas, prisiones u hospitales, en al menos 100 países de todo el mundo, constituyen los cimientos de la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana. Reunirse en grupo es una parte importante del camino de la meditación. En primer lugar, el grupo es un lugar de aprendizaje donde se enseñan los principios fundamentales de la Meditación Cristiana transmitidos por John Main y Laurence Freeman y donde se refuerza su auténtica naturaleza cristiana. Además, el grupo constituye un espacio acogedor y propicio para recibir a los recién llegados.

En segundo lugar, es importante estar con personas afines cuando uno se embarca en un viaje espiritual. Si se está solo, no resulta una travesía fácil; el respaldo y el aliento de otros que recorren la misma senda resulta muy valioso. John Main insistió en la importancia de las reuniones semanales de Meditación. Además, él creía en que “la meditación crea comunidad”. Los seres humanos somos criaturas constitutivamente sociales y experimentamos, de modo muy sutil, la influencia de aquellos con quienes nos reunimos. Pero también se refería al efecto de la oración: “Porque donde se reúnen dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, dice Jesús en el evangelio de Mateo. Su presencia establece un lazo creciente entre las personas que rezan juntas. A partir de ese lazo, surge un sentido de comunión, un deseo de animar y alentar a los demás.

Este sentimiento de comunidad surge especialmente con la oración del silencio. El silencio constituye la esencia de cada encuentro de un grupo de Meditación. Repetir fielmente nuestra palabra sagrada nos conduce a un silencio profundo en el centro de nuestro ser, donde habita Cristo. En ese silencio descubrimos nuestro propio y auténtico “yo” y al hacerlo tomamos conciencia de que no somos seres aislados e individuales sino que estamos interconectados con todos, con la Creación y con la Divinidad. Por tanto, se trata de un silencio que no es solitario, sino compartido; es el silencio que verdaderamente nos une. Es más, el recuerdo de este silencio compartido nos sostiene y nos mantiene fieles a nuestra práctica individual, dos veces al día, en nuestras casas, o nos ayuda a comenzar de nuevo cuando hemos flaqueado.

La persona que ha sentido la llamada de guiar un grupo tiene un importante papel de apoyo. Él o ella puede contribuir a crear el ambiente apropiado para que el silencio eche raíces; además, su constancia al estar presente cada semana sirve de ejemplo para los demás.

En muchos sentidos, la meditación cristiana nos conecta con la vida de los primeros cristianos en los primeros siglos de nuestra era. No se trata sólo de que John Main redescubriera en los escritos de esos tiempos la oración del silencio que utiliza una única palabra de oración. También el ambiente en el que los primeros cristianos se reunían para orar era semejante: se reunían igualmente en pequeños grupos, en las casas o en lugares de reunión.

En nuestra página web, en el epígrafe “Grupos de Meditación Cristiana”, puedes encontrar material de apoyo en relación con la constitución y acompañamiento de grupos. Este material ha sido extraído del libro Una perla de gran valor, de Laurence Freeman, que también puedes descargarte en pdf.

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España
Enseñanzas Semanales

Enseñanza 11, Ciclo 1


La Meditación Cristiana puede ser practicada por cualquier persona, en cualquier lugar

El sello característico de la Meditación Cristiana es su simplicidad. La práctica es simple. No hay que aprender técnicas complejas. No requiere de un extenso conocimiento previo o vestimenta especial; es decir, cualquiera puede meditar en cualquier lugar.

Recordemos cuál es la práctica: Busca un lugar silencioso. Siéntate, cierra suavemente los ojos y permanece quieto, relajado pero alerta. En silencio, en tu interior, comienza a decir una única palabra, tu mantra. Recomendamos la oración: “ma-ra-na-tá”. Escucha la palabra mientras las pronuncias amorosamente y de forma incesante. No pienses ni imagines nada espiritual, ni de otro tipo. Si surgen los pensamientos o las imágenes, que son distracciones, regresa al mantra, y continúa pronunciando la palabra durante todo el tiempo de la meditación. Medita cada mañana y cada tarde, entre veinte y treinta minutos.

La simplicidad de la práctica permite integrarla en cualquier circunstancia. Existen grupos de meditación por todo el mundo, que se reúnen en casas, en oficinas, en iglesias, en colegios, en centros comunitarios, en gimnasios, en cárceles y en hospitales.

Cualquier lugar, razonablemente tranquilo, puede ser apropiado. Si no es posible, podemos crear un espacio sagrado, con algún tipo de música suave, una vela, flores y algún icono aunque todo esto no es necesario. La esencia es mantener la simplicidad.

Es aconsejable dedicar un tiempo fijo semanal, en el mismo lugar, para las reuniones de los grupos. El libro de Laurence Freeman “Una perla de gran valor” tiene información muy valiosa sobre cómo crear un grupo de meditación.

Sin embargo, no siempre es fácil crear o mantener un grupo de meditación. Muchas personas ya se reúnen para otro tipo de actividades como clases de Yoga o de Tai-Chi, o grupos de oración de otro tipo. Aquellos que desean practicar la meditación en grupo, les gustaría poder integrarla en su tiempo, pero salir de casa dos veces a la semana a veces resulta complicado.

No hay ninguna razón por la que la meditación no pueda ser incorporada en cualquiera de estas actividades. Lo único que hay que acordar es permanecer 20 o 30 minutos en silencio, rezar una oración al principio o al final de la sesión y que alguna persona se encargue de indicar el principio y el final del periodo de la meditación.

La esencia de la Meditación Cristiana es poner toda nuestra atención en el mantra, de forma amorosa y entregada, durante todo el tiempo de la meditación. ¡Tan solo hay que pronunciar la palabra! Esto puede realizarse en cualquier lugar en el que haya un ambiente tranquilo y un contexto apropiado. Recuerda siempre que la Meditación Cristiana es una forma de oración, no sólo un modo de relajarse. Como cristiano, soy guiado por mi fe, en la creencia de que, repitiendo esta antigua oración cristiana, entraré en el silencio, en el centro de mi ser, donde habita Cristo. Allí me uniré a la oración de Cristo y entraré con Él en la corriente de amor que fluye entre el Creador y su creación.

Kim Nataraja
Traducido por WCCM España
Enseñanzas Semanales

Enseñanza 10, ciclo 1

El Camino del Mantra

Cuando empezamos a recorrer el sendero de la meditación nos parece inverosímil, prácticamente increíble, que la mera disciplina de decir esta palabra, nuestro mantra, pueda ser un camino espiritual profundo que paulatinamente vaya transformando nuestra vida, en lo más hondo. Y sin embargo es así. Pensad en el grano de mostaza al que se refiere Jesús en el Evangelio, que crece hasta convertirse en un gigantesco árbol, al que acuden las aves del cielo para descansar en sus ramas. Lo mismo ocurre con el mantra.

Es una pequeña palabra, una diminuta semilla de fe, pero nos enraíza más allá de lo efímero, más allá de lo pasajero. Nos arraiga en esa realidad eterna a la que llamamos Dios.

El mantra es expresión de nuestra fe y nuestro amor. Se podría decir que es un sacramento, en el sentido de que es una manifestación externa de nuestra fe en la presencia de Dios en nuestros corazones. Todos nuestros sentimientos de fe, amor, entrega, alabanza, y acción de gracias están contenidos en la pronunciación fiel e incondicional de la palabra de oración.

Pronunciar el mantra es el modo de oración que nos conduce al estado de silencio y quietud, de simplicidad, de pobreza de espíritu, de atención plena y entregada a la presencia del Espíritu Santo que habita en nuestro interior. Es el camino del silencio, de la quietud, de la simplicidad, del compromiso, de la disciplina, de la pobreza de espíritu, del abandono del yo, de la fe, del sacrificio, de la generosidad, y, por tanto, del amor.

El camino “de” es también el camino “hacia”. Por tanto, el camino hacia el silencio es el camino del silencio. No es de extrañar que la fidelidad a la pronunciación del mantra conduzca al desarrollo de esas cualidades espirituales, en nuestras vidas.

El mantra nos permite trascender a las distracciones y maquinaciones de nuestro ego, durante la meditación.

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España

Enseñanzas Semanales

Enseñanza 4, Ciclo 1

¿Por qué Comenzamos a Meditar?

El impulso o deseo que nos lleva a comenzar a meditar es, a menudo, el momento en el que nos enfrentamos a alguna situación extraordinaria que nos arranca de nuestra cotidiana percepción de la realidad. Puede ser un momento de crisis o un importante acontecimiento en nuestras vidas, en los que la aparente seguridad y la inmutable realidad en la que vivimos se transforman de manera desconcertante – nos sentimos despreciados o nos enfrentamos a un fracaso o a la pérdida de un valioso trabajo o caemos enfermos de forma repentina.

Puede suceder que nos neguemos a aceptar este cambio y caigamos en el pesimismo, en la desconfianza o en la desesperación. Sin embargo, también puede ocurrir que, al ser conscientes de que nuestra realidad no es inmutable, comencemos a considerar el reto de vernos a nosotros mismos, a nuestro entorno, nuestras opiniones y valores, con diferentes ojos.

Algunas veces, puede ser un momento de extrema belleza el que nos permite darnos cuenta de la existencia de un mundo diferente al que ven nuestros ojos. Bede Griffiths, el sabio monje benedictino, describe como su despertar a la verdadera Realidad no surgió de un momento de crisis sino de la contemplación de la Naturaleza.

Él describe en “The Golden String” cómo fue llevado por la belleza del canto de los pájaros, en los arbustos de espino blanco en su máxima floración, hacia “un profundo sentimiento de fascinación al contemplar la puesta de sol, mientras una alondra me deleitaba con su canto”. Sintió que un mundo nuevo de belleza y misterio le había sido revelado. Volvió a sentirlo en otras muchas ocasiones, al atardecer. Percibía entonces la “presencia de un misterio inconmensurable”.

Este momento no siempre es tan dramático. Nuestra conciencia perceptiva varía enormemente de una persona a otra y de un momento a otro. Algunos de nosotros podemos haber percibido estos momentos de trascendencia, la conciencia de una realidad diferente, o la liberación de la prisión del ego al escuchar música, al leer una poesía o cuando nos quedamos ensimismados contemplando una obra de arte. Puede que otros nunca hayan percibido estos momentos de forma consciente pero, en algún nivel de su conciencia, han sabido de la existencia de esta realidad elevada y, aun sin saberlo, van sintonizando gradualmente con esta realidad.

Ya en los comienzos de la meditación entramos en contacto con la experiencia de una paz real e incluso de un gozo que burbujea en nosotros. Estos momentos en que nos liberamos de nuestras propias preocupaciones son regalos divinos.

No obstante, estos momentos de fugaces destellos no son el objetivo. Son sólo el comienzo. Generan el fuerte anhelo de seguir creciendo. El deseo de conocer más esta realidad que intuimos se hace cada vez más fuerte. Buscamos a nuestro alrededor quien puede ayudarnos a acercarnos a ella. Es en este momento cuando, de una forma o de otra, solemos descubrir la meditación. Es el comienzo del trabajo de clarificación e integración de la experiencia que permite el ascenso al despertar espiritual, la autenticidad personal y la verdad transpersonal

El hecho de que una intuición, una percepción de otra realidad, sea el comienzo de nuestro camino hacia la oración más profunda también significa que no podemos llevar a la meditación a nadie que no sienta ese ”deseo de algo más” dentro de su propio ser. Cuando nos sentimos llamados a comenzar un grupo, lo único que podemos hacer es invitar a otras personas pero no está en nuestras manos ser escuchados. El anhelo es un don divino. No podemos “llevar” a los demás hacia la meditación. Solo podemos darles la bienvenida y animarlos a continuar. Será su libre elección el tomar o no nuestro ofrecimiento.

Nota: El libro del Padre Laurence Freeman “Una perla de gran valor” es de mucha utilidad si deseas comenzar un grupo de meditación. Puedes descargarlo de la web de España aquí. Traducido por WCCM España

TRADUCIDO POR WCCM ESPAÑA.