P. Laurence Freeman OSB

Carta del P. Laurence

Integrando al Yo Dividido
Laurence Freeman describe la sanación que viene del autoconocimiento y la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana anuncia la ‘salud integral’ como el tema fundamental para el nuevo año  
Mis queridos amigos,

Entre los constantes confinamientos y medidas de aislamiento, pude escaparme un par de días para visitar los orígenes de la Humanidad. Hace tiempo que tenía ganas de visitar las cuevas de Lascaux, a sólo un par de horas desde Bonnevaux, en la hermosa región de la Dordoña. El 23 de septiembre de 1940 fueron descubiertas por tres chicos que jugaban al fútbol. Su perro llamado Robot cayó en un hoyo. Al tratar de rescatarlo, se deslizaron por una pendiente y se encontraron una enorme cámara subterránea. Entonces se dieron cuenta de la poderosa presencia de las silenciosas imágenes de animales -bisontes, caballos, toros, ciervos y un oso-  en las paredes de la caverna. Los chicos fueron los primeros en verlos en 20.000 años. Fueron corriendo a contárselo al maestro de la escuela. Como no cabía por la entrada de la cavidad, les pidió a los chicos que dibujasen las imágenes que habían visto para poder mostrárselas a los expertos.

Este evento no sólo abrió nuevos horizontes para los investigadores del arte paleolítico sino también para el autoconocimiento de la Humanidad en sí misma. No podríamos volver a imaginarnos ya a nuestros ancestros, de incluso hace 40.000 años, como estúpidos o lo que entendemos habitualmente por “primitivo”. Sus mentes eran mucho más complejas y sensibles de lo que imaginábamos.
El estudio de este arte primigenio y enigmático ha convencido a los investigadores de que las imágenes no son aleatorias. Fueron compuestas de forma inteligente y bella, y no meramente mágicas sino conscientemente simbólicas. Este descubrimiento cambió la forma en que pensamos acerca de lo que significa “ser humano”, mientras que nos intriga con un misterio íntimo y extrañamente familiar que nunca podremos resolver o comprobar.

Seis años después de este descubrimiento, tres pastores beduinos entraron en una cueva en el desierto de Judea y descubrieron unos antiguos rollos judíos que databan del siglo III a. C. Los rollos del Mar Muerto, que es como fueron denominados, cambiaron nuestra comprensión de la tradición bíblica y del cristianismo primitivo, aunque llegaron a convertirse en el centro de una vergonzosa competición académica y financiera durante años. En la Dordoña y en las cuevas de Qumrán se hicieron descubrimientos que desvelaron nuestra ignorancia y nuestra autocomplacencia con aquello que creemos saber y nos liberaron de esta ignorancia para alcanzar un mayor autoconocimiento.

Siempre me he sentido atraído por las cuevas aunque también me asustan en cierta medida. Son profundas, oscuras, misteriosas y, a la vez, parece como si nos ofrecieran un tesoro. Como la cueva del corazón, debemos sentir la atracción – o dejarnos sorprender por los descubrimientos accidentales – que nos introduce en estos espacios sagrados. Para entrar, debemos ser jóvenes de corazón, más curiosos que asustados, y arriesgar en el viaje interior, deslizándonos por la pendiente que conduce a las cámaras interiores llenas de la presencia primordial en la que nos encontramos. Y en esta soledad, necesitamos compañeros.

La cueva es el símbolo del viaje del autoconocimiento. En la famosa alegoría de Platón, la Humanidad está encadenada en la ignorancia viendo sombras parpadeantes en la pared, proyectadas por un fuego detrás de ellos que no pueden ver. Una persona alcanza a liberarse y comienza el largo camino hacia arriba, para salir de la cueva y llegar a la luz. Al salir, se encuentra maravillado por los colores y la belleza del mundo. Mira más alto aún hasta que ve el sol, la fuente de la luz.

Regresa luego a la cueva y proclama su descubrimiento, urgiendo a los otros a seguirle hacia la libertad. Pero los otros tienen miedo de dejar la caverna y furiosos  rechazan creerle. El descenso a la cueva es el comienzo del viaje hacia arriba y más allá de la cueva. Como los grandes maestros de sabiduría dicen a menudo – ellos necesitaban y amaban la paradoja para comunicar lo que habían encontrado. El camino hacia abajo es el camino hacia arriba, el camino para ir más allá es el camino de regreso y el camino hacia dentro es el camino hacia fuera.

Me complació descubrir, ciertamente, que la parte de Francia donde se sitúa Bonnevaux contiene un gran número de cavernas prehistóricas cuyas pinturas han ayudado a inspirar una nueva corriente en el autoconocimiento de la Humanidad. Recogidos como estamos en la cueva del corazón, Bonnevaux también, está relacionado con el camino del autoconocimiento. En una época de escepticismo como la nuestra, desconectada en su mayoría de los símbolos religiosos comunes y la fe, que desconfía de toda autoridad e institución y que busca sobre todo experiencia personal y autenticidad, el autoconocimiento parece el objetivo más auténtico al que poder aspirar. Pero ¿cómo priorizar un autoconocimiento como éste sin que termine degenerando en narcisismo, auto fijación y el aburrimiento mortal de la interminable auto referencialidad: la generación “yo-yo-mío”? La auto fijación es el fracaso del autoconocimiento.

Pero cuando descubrimos que el autoconocimiento paradójicamente crece a través del “ser-centrado-en-el-otro” – lo cual todas las tradiciones de sabiduría enseñan –, entonces estaremos haciendo progresos reales. Poco después aprenderemos que el autoconocimiento conduce a la cueva del corazón. La presencia que allí reside nos dará la bienvenida con una efusión de alegría. Sea cual fuere el nivel de autoconocimiento que alcancemos – es un camino sin meta – ése es el nivel en el cual conocemos a Dios. Y de hecho todo supuesto conocimiento de Dios es en el fondo nuestra experiencia de ser conocidos por Dios.

La Humanidad está continuamente redescubriéndose a sí misma. En cada persona, y también, en la experiencia colectiva de la Humanidad, el autoconocimiento crece a través de un entramado de alegrías y sufrimientos. Y, deberíamos también añadir, a través de algunos momentos de aburrimiento. Si bien manejar el aburrimiento no es algo que nosotros hoy en día en general, con nuestra ansia de estimulación constante, experiencia máxima y novedad, hagamos bien, el aburrimiento tiene su valor. Uno de nuestros jóvenes invitados, el cual pasa mucho tiempo con nosotros, me dijo una vez lo extrañamente feliz que se sintió al descubrir que el elemento aburrimiento, una vez aceptado en el ritmo normal de la vida, le estaba introduciendo en una sensación de renovación y de paz que él nunca había sentido antes. Me recordó la primera atracción que sentí hacia la vida monástica al pregustar un aparente aburrimiento que de alguna manera no era aburrido.

El autoconocimiento hace que todos se sientan extraños al principio. Incluso podríamos sentirnos desorientados por un tiempo al sentir que somos extraños a nosotros mismos. De hecho, nos volvemos a encontrar por primera vez. Volvemos a casa y reconocemos el lugar que habíamos olvidado. Nos sentimos diferentes y vemos el mundo igualmente diferente. Dos experiencias nos dan el mismo sentimiento al mismo nivel de intensa claridad: enamorarse y morir. Generalmente, ambos nos asustan mientras que al mismo tiempo nos sentimos atraídos hacia ellos contra nuestra voluntad, con más fuerza que nuestros miedos. Cuando se supera la resistencia, nos sentimos libres de elevarnos. El amor y la muerte son mensajeros del verdadero yo, ángeles de lo divino, que no reconocemos al principio porque aún no nos conocemos a nosotros mismos. Ambas experiencias expresan la fuerza impulsora fundamental del autoconocimiento, que es el centrarse en el otro. …el autoconocimiento nos lleva a la cueva del corazón.

Incluso si nos enamoramos, y terminamos complicándonos cayendo en la trampa del apego y la posesividad, al menos la lección que estamos aprendiendo es la de prestar atención a lo que es simplemente distinto a nosotros mismos y encontrarnos en la otra persona. Estamos aprendiendo a aceptar el poder transformador de la muerte. A medida que quitamos la atención de nosotros mismos, aprendemos el dolor de desapegarnos de quién o de lo qué amamos. La posesividad es reemplazada por el altruismo y el espíritu de servicio. El dejar ir que nos permite recibir el regalo que nos ha encontrado es la muerte del ego. Cuanto más profundo es el morir, y más lo aceptamos, más plena es la siguiente etapa de la vida a la que pasamos. Si no aprendemos la lección, habrá otras posibilidades hasta que lo hagamos.

La gente de hoy a menudo entiende mejor el significado de la plenitud que la idea de Dios. Lo más importante, después de todo, es la experiencia en sí y no el nombre que le damos. La plenitud surge a través del proceso que llamamos crecimiento. Sentir que estamos creciendo incluso a través de una experiencia dolorosa nos ayuda a soportar un alto grado de incertidumbre e incomodidad. Nos da un horizonte de significado, de estar conectados a algún tipo de proceso, incluso si no podemos definir qué significa o para qué sirve dicho proceso. Quizás sea por ello por lo que el autoconocimiento está relacionado con nuestra preocupación por la salud. Sin duda, nuestros antepasados que pintaban esas asombrosas imágenes en las cuevas de Lascaux también estaban preocupados por su salud cuando sintieran un nuevo tipo de dolor o vieran que uno de los miembros del grupo al cual se sentían más cercanos se estaba muriendo.

Muchos milenios después, los tratamientos médicos que se ofrecían a las personas para curar sus dolencias no servían para nada en muchos casos y, a menudo, empeoraban las cosas, como la práctica de la sangría con sanguijuelas. Hoy, como dice el Dr. Barry White, vivimos en la “edad de oro de la medicina”. Curamos muchas más cosas y alargamos la vida significativamente. Y gracias a esta medicina tecnocientífica estamos a la espera de las nuevas vacunas Covid. Pero la asistencia sanitaria moderna se enfrenta a enormes problemas para los cuidadores y los pacientes. Las personas sienten que se les brinda salud, mientras que su responsabilidad para vivir de manera saludable está condicionada al estilo de vida de la sociedad moderna. La pregunta “qué es la salud”, por lo tanto, no es solo una preocupación financiera o política sino, más bien, una clave importante para abrir un nuevo y urgente nivel de autoconocimiento humano.

El Consejo Rector de la Comunidad ha elegido el tema de la “salud integral” para la reflexión común de la comunidad durante el próximo año. A partir de enero, Barry White y yo ofreceremos un seminario mensual online que explorará el significado y los diversos aspectos de la salud, incluidos los prácticos como el sueño y la nutrición, relacionándolo con la tradición espiritual. Esperamos que estos seminarios contribuyan a un enfoque contemplativo no sólo de esta crisis sanitaria global sino también de lo que está más allá de la crisis sanitaria.

Creo que la mayoría de nosotros sentimos que la verdadera crisis que enfrenta el mundo es algo más profundo que el propio Covid. Es esencialmente una crisis espiritual que el Covid también, a su modo, ha contribuido a traer a la luz. La pandemia nos ha hecho muy conscientes de lo frágil y preciosa que es cada vida humana … como la de los más vulnerables, como los mayores, en las residencias de ancianos; la de los trabajadores de la salud que atienden a cualquier enfermo; o la de los trabajadores migrantes de la India o de las grandes ciudades del mundo. La capacidad de infectar del virus no hace distinción de personas y nos muestra cuán iguales e interdependientes son tanto los ricos como los pobres. Durante el último año, la fragilidad, la impermanencia y la imprevisibilidad se han revelado ineludiblemente como elementos esenciales de la condición humana común.

La cuestión de la salud, lo que realmente significa y cómo mantenerla nos ayuda a ver el significado completo de la crisis subyacente. El Covid ha sido uno de los muchos puntos de inflexión a lo largo de la Historia. Vendrán otros en el futuro. Por ejemplo, podríamos pensar en nuestra relación enfermiza con el medio ambiente planetario, que está enfermo y muestra cada vez más puntos de ruptura. O la emergencia social que ha minado la confianza en las instituciones y la propia democracia. Más allá del Covid hallaremos una gran crisis financiera que exigiría un enfoque radicalmente nuevo de la economía y de la justicia social. ¿Qué significa “volver a la normalidad” en un momento como éste? ¿Recordaremos lo que hemos aprendido?

Alcanzar el autoconocimiento que necesitamos a escala global parece una montaña demasiado empinada para escalarla. Pero recordemos la mente expresada en las pinturas rupestres de hace milenios, en diferentes continentes por artistas que no tenían contacto entre sí. El pintor del bisonte de Lascaux o de los hermosos caballos de las cuevas de Chauvet no se tomó un selfie frente a ellos y la envió a su grupo de WhatsApp. Sin embargo, se pueden percibir grandes similitudes entre ellos, una mente común. Lo que pensaban, nunca lo sabremos con certeza. Pero lo que vieron todavía resuena en nosotros hoy.

La misteriosa unidad de la autoconciencia humana nos ofrece una esperanza al afrontar la complejidad de nuestra crisis actual. Reconocer los errores que hemos cometido es doloroso y desalentador: el daño que le hemos hecho a la belleza de la naturaleza que nos salva de la desesperación; la crueldad con los animales que son también nuestros antepasados y nuestros compañeros en la vida; las negligencias, o algo peor, respecto a los más pobres y vulnerables de los miembros de nuestra familia humana; el daño que hemos permitido que los multimillonarios se inflijan a sí mismos y a los demás, porque los adulamos y animamos en lugar de llamarlos a enfrentar la realidad de nuestra interdependencia; el abuso de los jóvenes a quienes les negamos el conocimiento espiritual y la formación en una educación impulsada por el materialismo; el daño que hemos hecho a nuestra propia inteligencia cuando nos hemos vuelto adictos a la tecnología que creamos. Pero por dolorosa que sea esta primera etapa del autoconocimiento, generará esperanza y abrirá nuevos futuros.

Si podemos entender lo que significa la salud, -lo que Barry White articula de manera poderosa como meditador y como médico-, tal vez no perdamos la que podría ser nuestra última oportunidad de autorrenovación a través del autoconocimiento. Es responsabilidad del contemplativo poner de relieve e insistir en esta esperanza frente al pesimismo respecto de la Humanidad misma que tanto está aumentando hoy. En este trabajo, la tradición contemplativa cristiana tiene una inmensa sabiduría que aportar.

Clemente de Alejandría, un maestro de la fe cristiana del siglo II, lo vio como una forma de vida y una forma natural de crecimiento humano más que como una mera pertenencia institucional u ortodoxia doctrinal. Para él, su vida cristiana comenzó al convertirse desde el paganismo. Con este término nos referiríamos ante todo a una visión fragmentada de la divinidad desprovista de la experiencia de la unidad de Dios y del amor centrado en la persona, lo que daría como resultado el esparcirse entre muchos dioses. El paganismo se manifiesta en todas las culturas, y hoy lo hace en el consumismo moderno. Entonces, habiendo comenzado esta transición, necesitamos apoyarnos en la disciplina básica y en la atención a nuestra forma de vida para que pueda comenzar una curación de la división entre el yo interno y el externo. Finalmente, en la tercera etapa se profundiza la madurez espiritual a través del conocimiento interior y se forma un ser humano contemplativo.

¿Qué tiene esto de específicamente cristiano? Cristo, cuya venida completa todas las fuentes de sabiduría y a su vez, no compite con ninguna de ellas, guía cada etapa de la Historia como Maestro y como “Médico Divino”. Clemente ve a Jesús como Jesús se ve a sí mismo: como un sanador, no como un juez. “No son los sanos los que necesitan un médico”, dijo. Lo que sana directamente en cada persona, y en la familia humana en su conjunto, es toda clase de enfermedad del alma. Para los primeros maestros de la fe, esta enfermedad se identificaba con el pecado. A Clemente (como a otros teólogos cristianos místicos) le gustaba contar la historia del pecado original describiendo a Adán como una nueva criatura que sería enviada en misión por Dios. Con un entusiasmo juvenil se apresuraría a cumplir la misión encargada pero rápidamente caería en un pozo del que no puede salir. Dios no lo culparía ni lo castigaría por ello sino que enviaría a su Hijo para liberarlo y restaurar a la Humanidad a su misión original.

Muchas personas, cuando piensan en la curación mediante la fe religiosa, se lanzan directamente a la idea de las sanaciones milagrosas. Mientras seamos mortales, ésta será una respuesta comprensible al dolor y al sufrimiento. Pero, aunque muchos de estos milagros ahora estén disponibles con receta médica, siempre habrá una enfermedad de la que no podremos recuperarnos. Sin embargo, un enfoque contemplativo de la salud une la sanación y el cuidado. Las sanaciones son deseables y a menudo misteriosas. Muchos factores, además de la medicación o el tratamiento, parecen estar involucrados en el éxito de la sanación. Pero la curación es un misterio aún más profundo.

Podemos morir curados. Podemos vivir con discapacidades o enfermedades crónicas curadas. La curación es la restauración de la persona completa a un nuevo nivel de integridad, uno que no hubieran alcanzado sin la enfermedad. Si la sanación también ocurre, eso será motivo de celebración; pero incluso cuando no es así, la curación en sí misma expresa el propósito esencial de la medicina. Como Barry White explorará en sus sesiones mensuales online a partir de enero, para comprender qué significa ser humanos debemos comprender qué significa una salud integral. ¿A qué aspiramos realmente cuando queremos estar bien y sentirnos mejor? En el centro del misterio de la curación y la verdadera salud se encuentra el maravilloso poder de la atención simple y pura. La distracción, la fragmentación, la división interior y exterior son todas formas de enfermedad que necesitan atención para curarse y restaurarse.

El viaje de la Humanidad significa crecer hacia una mente y unidad comunes.

La meditación es la sabiduría universal que nos introduce a esta verdad de manera más simple e inmediata. La atención nos lleva a la quietud y en la quietud, emerge el conocimiento salvador. Si perseveramos, el camino de la atención se vuelve cada vez más simple hasta que no haya ningún trabajo que hacer, ningún objetivo que alcanzar, ningún observador que vigilar:
Sé quietud y conoce que Yo soy Dios
Sé quietud y conoce que Yo soy
Sé quietud y conoce
Sé quietud


Una vez conocí a un estudiante de posgrado que había estado tomando medicamentos para el síndrome de déficit de atención desde el quinto grado. Me dijo lo imposible que le resultaba estar sentado y físicamente quieto en cualquier lugar durante más de uno o dos minutos. Un poco más de tiempo y comenzaba a sentir como si un ejército de hormigas se arrastrase sobre él. Si lograba llegar a los diez minutos en una sesión de meditación estaba encantado. Solo podemos medir la salud y la integridad según los criterios únicos de cada persona. Pero la salud es reconocible en cualquier lugar donde la encontremos.

Estar sano y disfrutar de la libertad de la plenitud es esencialmente igual para todos. Es parte de nuestra humanidad común. A su manera, los pintores de Lascaux deben haber sentido esencialmente lo que sentimos nosotros. Somos uno con los demás en el estado de salud integral porque entonces nuestras divisiones personales se han curado. Si somos uno con nosotros mismos, encontramos la unidad con todos. El viaje de la Humanidad significa crecer hacia una mente y unidad comunes.

John Main entendió que todo crecimiento se da desde el centro y hacia afuera. En el centro está la inocencia original que nunca podemos perder, nuestra integridad en la infinita sencillez de Dios. Regresar a este centro paso a paso, día a día, es sanar incluso a medida que crecemos. Todo crecimiento necesita arraigo. Nuestra necesidad de raíces es fundamental para la salud y, por lo tanto, debemos aprender a tratar el desarraigo del mundo moderno. La contemplación sana al mundo, devolviendo la salud allí donde nos ha herido la brutalidad, la crueldad, la codicia y el egoísmo. Y nuestro destino está incluso más allá de esto, como revela el misterio de la Encarnación a los ojos del corazón.

Nuestro destino común, nuestro destino personal es la unidad, donde sabemos porque somos conocidos, amamos porque somos amados y donde nuestro trabajo, sea el que sea, es el servicio.

Con mucho amor,