P. Laurence Freeman OSB

Primer Domingo de Cuaresma

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Lucas 4, 1-13

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días

 

El río Jordán no es el Mississipi o ni siquiera el Nilo. No es más grande que el pequeño arroyo de Beaune que fluye a través de Bonnevaux. Grande o pequeño, nunca seguimos el mismo curso del río dos veces. Al igual que nuestra propia identidad en varias décadas, fluye constantemente y siempre la reconocemos. Recientemente, en una mañana fresca, renovamos nuestros bautismos en el Jordán, fue un momento muy emocionante. La dimensión del tiempo separándonos del bautismo de Jesús se volvió menos importante que la dimensión espiritual que la mente escéptica puede desestimar simplemente como imaginación. Nos abrió a la presencia que se extiende a través de todas las cuatro dimensiones y trascendió espacio y tiempo. Ese espacio particular, sin embargo, estuvo cargado de significado. Y el tiempo es siempre precioso: lo desaprovechamos cuando no lo entrelazamos con lo atemporal.

 

Después de su bautismo Jesús estuvo «lleno del Espíritu»: su capacidad espiritual se había expandido. No lo impulsó al centro comercial o a su taller de carpintería sino al desierto de Judea por cuarenta días. (Cuarenta es una forma sucinta para referirse a un periodo de tiempo que separa dos épocas. Capturamos algo de esto en la manera en que decimos que estamos en «transición»). La palabra griega para desierto donde él estuvo todo este tiempo — o sea nuestra Cuaresma — es eremos.  Nos proporciona la palabra ermitaño; la vida en solitario. Esto es más relevante para nosotros de lo que muchos piensan, por muy ocupados que estemos con la familia, los amigos, la diversión y el trabajo. Somos más solitarios de lo que llegamos a admitir. Pero si lo ignoramos o lo negamos, nos encogemos en lugar de expandirnos, evadimos en lugar de conocer nuestro completo y verdadero ser. La meditación es una manera de respetar al mismo tiempo la aceptación y el reconocimiento de nuestra soledad, por lo que nos ayuda a entender el significado interno de la Cuaresma. Como parte de cada día, nos regresa despejados, purificados, recargados y energizados a la vida, al trabajo, o a las relaciones — como le pasó a Jesús. Pero también nos despierta a la dimensión interior del eremos.

 

Eremos puede ser traducido con palabras poco agradables: tierra salvaje, desierto, región solitaria, desolada, deshabitada, desprovista. Sin embargo, podemos preguntarnos ¿por qué nos sentimos atraídos al desierto cuando estamos, o cuando necesitamos, estar llenos del Espíritu? Qué hay en este tipo de espacio — el eremosfísico o mental — que nos promete algo que no conseguimos en otros lugares y actividades.

 

Tuve que pasar tres horas en un centro comercial recientemente para que me repararan el teléfono. Luego de veinte minutos de sobreestimulación sentí que el «desierto» o el «lugar solitario» describe esto muy bien. Pero esto es un tipo diferente de desierto que aquel donde Jesús fue «conducido». La Cuaresma refleja esta diferencia.

 

En el desierto él fue tentado por las fuerzas del ego que la mayoría de nosotros pasamos enfrentando al menos cuarenta años: deseo, poder, orgullo. El tiempo que pasamos en nuestros eremos no es fácil, al igual que la meditación no es fácil. Los centros comerciales son fáciles. Si la meditación parece fácil, quizás estés solo comprando o mirando vitrinas, no meditando. No es fácil pero es simple y empoderadora. Cada período de meditación, en el que tratamos de ser simples y elegimos estar libres del ego, dura «cuarenta días».

 

Finalmente, después de haber «agotado todas estas formas de tentarlo, el diablo lo abandonó, para regresar a la hora señalada». Para proteger el corazón, hasta la próxima vez, el meditador entiende por qué necesitamos eremos todos los días.

 

 

Laurence Freeman OSB

 

 

Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

 

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