P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: sábado después del miércoles de ceniza

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Lucas 5, 27-32

En el evangelio de hoy, se critica a Jesús por estar cerca de lo que no se respeta, los “pecadores”. Él responde que son los enfermos quienes necesitan al médico, no aquellos que están bien.

Somos inconscientemente selectivos sobre dónde ponemos nuestra atención, a quién seguimos. Y muy a menudo estamos secretamente manipulados por el glamour del éxito, la aprobación y la buena apariencia. Nos inclinamos hacia aquellos que parecen tener estos atributos y nos deleitamos en su gloria incluso cuando los envidiamos. Es simplemente el camino del mundo. La ceremonia de los Oscar no presta atención a aquellos cuyo nombre no estaba en el sobre mágico de la fama, sino solo a aquellos en quienes el reflector está enfocado de manera breve pero intensa.

Tal vez el secreto de la felicidad se encuentre en esta dimensión de la realidad que carece de glamour y no encubre los signos de la debilidad y la mortalidad humanas. Es la dimensión que Jesús prioriza e invierte con su presencia. (Estamos presentes donde ponemos nuestra atención). Deberíamos prestar atención a su ejemplo y a nuestro pequeño intento de imitarlo.

Sus seguidores más influyentes han descubierto esta dimensión secreta de lo mundano y ordinario. Hoy es la fiesta de la santa patrona de los oblatos benedictinos (Santa Francisca de Roma). Los oblatos, como los de la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana que ayudarán a dirigir Bonnevaux, son hombres y mujeres que, sin tomar los votos monásticos, viven en el espíritu de la Regla de San Benito – en obediencia, estabilidad y conversión de la vida diaria. Al igual que la Regla en sí, no es un camino glamoroso, sino uno en el que las puertas de la percepción se limpian gradualmente, mostrando cada vez con más fuerza la presencia luminosa que se encuentra en cada detalle y momento de cada dimensión de la realidad. No se basa en la santidad heroica del individuo, sino en la contribución que cada uno hace y recibe dentro de la familia espiritual. No está impulsado ideológicamente, sino que está motivado por la obediencia mutua y la compasión por las debilidades de los demás, ya sea, como dice San Benito, “de cuerpo o mente”. A diferencia del breve resplandor del glamour, es sostenible y abre cada vez más dimensiones de la realidad: las “riquezas infinitas de Cristo” en lugares inesperados y sorprendentes. Perdemos el glamour pero ganamos la gloria de la dimensión divina.

Jean Vanier encontró esto en su vida con los discapacitados intelectuales, la Madre Teresa con la gente de la calle. Francisca de Roma provenía de un entorno privilegiado y glamoroso en el que se casó y crió a sus hijos. Pero convirtió su hogar en hospital para enfermos y usó sus recursos para ayudar a los necesitados. Cuando estaba libre de responsabilidades familiares, fundó un nuevo tipo de comunidad espiritual para compartir e implementar estas mismas cualidades de cuidado y compasión dentro de una vida contemplativa de oración y meditación.

El secreto al parecer no es mirar hacia dónde apunta el foco de la atención de los demás, sino hacia las sombras donde la realidad está iluminada por la luz pura de nuestra propia atención. Nuestro ritmo diario de meditación ayuda a fortalecer, como un hábito, nuestra capacidad para poner la atención donde debería estar y para ver realmente lo que es. El hábito de esta atención es lo que llamamos sabiduría.

Laurence Freeman OSB

Traducción WCCM Argentina

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