P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Viernes de la tercera semana de Cuaresma 2021

Evangelio No estás lejos del reino de Dios Mc 12, 28-34.

Cuando, siendo estudiante universitario, John Main me introdujo por primera vez en la meditación, supe que estaba siendo tocado y estaba despertando a una  sabiduría totalmente auténtica. Era un atisbo, un saboreo de cierta verdad tan simple y profunda que estaba del otro lado de toda duda. Al mismo tiempo, se despertó un nuevo apetito – quizá podría llamarse amor a Dios – que era el deseo más puro que jamás había sentido. En resumen, tenía muchas ganas de meditar. Intenté comenzar una práctica regular y fracasé, aunque nunca se debilitó la claridad de que un día haría clic. Unos años más tarde, se concretó. El tiempo lo es todo.

He hablado con muchas personas que se encuentran en la misma situación en que yo estuve al oír hablar por primera vez de la meditación. A menudo han deseado realmente iniciar el viaje durante algún tiempo. Cuando terminamos de hablar, pueden decir que lo tienen claro y están decididos – y tienen la disciplina -, así que ahora, por fin, van a empezar. Algún tiempo después, cuando volvemos a hablar, todavía no se ha concretado. Es posible que lo hagan un par de veces a la semana, también que dejen de hacerlo por algún periodo, o que se sientan atascados en el pantanoso terreno intermedio entre el comienzo y el abandono. 

Este es otro ejemplo del éxito del fracaso. Por supuesto, es vergonzoso para la propia vanidad no ser capaz de hacer lo que se quiere hacer, al igual que lo es cuando no se puede dejar de hacer algo que se quiere dejar. El fracaso, no obstante, se funde con el éxito (sin el ego) a medida que se aprende que lo que importa en el ámbito espiritual es la fidelidad, no los logros. Todos los años la Cuaresma es un recordatorio de que lo que importa es la ascensión a la cima, y no plantar la bandera en la cumbre en señal de triunfo.

Nada se desperdicia, sobre todo si no se alcanza el objetivo. Los fracasos repetidos desgastan más aun el ego, tan pronto volvemos a empezar. La humildad es la flor que perfuma este proceso; evidentemente, no como una virtud de la que te sientes orgulloso de haberla adquirido, sino como una disposición de la que te sientes sorprendido y agradecido al ver que toma forma en ti. Uno se quiere mejor a sí mismo cuando ve aparecer los primeros brotes de humildad como las flores de la primavera en medio de todos los restos del pasado. 

La meditación no es un fin en sí mismo. Es un camino. Mientras estés en el camino, con la fidelidad de la que seas capaz, se van produciendo semillas de contemplación que caen a tu alrededor. En pequeñas formas, sin saberlo te estás convirtiendo en un contemplativo. Pero cuando hayas alcanzado el grado adecuado de autoconocimiento y veas que tus fracasos son menos significativos que tu fidelidad, no tardarás en poder hacer lo que quieras.

Traducción: WCCM Argentina

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Jueves de la tercera semana de Cuaresma 2021


(Evangelio: …entonces sabed que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Lc 11,14-23.)

Una de mis disciplinas para la Cuaresma es mantener estas reflexiones diarias en menos de una página. A veces, o tal vez demasiado a menudo, esto significa omitir las conexiones entre las ideas que podrían hacer el punto más claro. Lo siento. 

Ayer pasé de decir lo difícil que es la verdad, a querer hacer todo explícito y medible, lo que nos hace perder el objetivo. (‘Errar el blanco’ es el significado literal de la palabra ‘pecado’ en griego). El resultado es que nos quedamos abrazados a una abstracción, a un puñado de polvo. Como el héroe de la película «Bladerunner 2049», cuya novia era un programa informático que quedó anulado al romperse el chip.

Terminé ayer hablando de la conexión de John Main entre lo que hacemos en la meditación – que es dejar de intentar ser explícitos – y el despertar a la visión implícita y revolucionaria de la enseñanza sobre el reino de los cielos. No es fácil, pero funciona. Justo cuando renuncias a lo que creías que era la mejor manera de llegar a algún sitio o de alcanzar un objetivo, de repente ves de qué se trata realmente. El objetivo está ahí todo el tiempo. «Tonto, ¿por qué no lo vi antes?» Esto es lo que quiero decir con el éxito del fracaso. 

En ninguna parte es esto más dolorosamente obvio que en la meta de la felicidad. Hoy en día, se nos dice sin cesar que todo el mundo debería buscar ser feliz como su primera prioridad. Esto significa que los políticos y otros se preocupan demasiado por ser populares haciendo que la gente sea feliz a corto plazo. En realidad, lo que todo el mundo quiere es no tener dolor, lo cual es perfectamente comprensible. Querer sufrir dolor o disfrutar infligiéndolo, es antinatural y si da placer no es felicidad.

Por supuesto, todos queremos ser felices, así como tener placer y estar libres de dolor. Esto es mucho pedir y a veces somos afortunados. Pero si perseguimos la felicidad como una meta, de forma específica, inevitablemente no la encontraremos. No alcanzarla nos hace sentir descontentos e infelices. Esto no significa que Dios o el universo no quieran que seamos felices. Sugiere, en cambio, que la felicidad se encuentra en que tengamos la disposición correcta hacia la forma en que son las cosas (agradables o dolorosas como pueden ser en cualquier situación).

La disposición correcta significa un enfoque realista y de aceptación. Esto depende de la disposición de nuestros mecanismos mentales y emocionales y de la manera en que abordamos las circunstancias. “Por el gozo que tenía por delante, soportó la cruz» (Heb 12:2). Esto no significa que quisiera sufrir o que lo disfrutara. Pero entendió que el sufrimiento era un puente. Estaba preparado. Tenemos que estar preparados para ser felices.

Hay conexiones – entre la felicidad, la alegría, el sufrimiento, la paz y las demás cualidades de la experiencia del reino de los cielos que llenan las páginas de los evangelios. Conocerlas en nuestra propia experiencia es lo que hace que su verdad implícita salte de la página y del cerebro directamente al corazón.

Traducción WCCM Argentina

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Martes de la tercer semana de Cuaresma

Evangelio ¿No estabais obligados a compadeceros como yo me compadecí de vosotros? Mt 18,21-35.

De vez en cuando, las personas cuentan un sueño en el que encuentran felizmente lo que buscan en el nivel más profundo y completo. Dicen que es como si estuvieran trabajando en un problema complejo y de repente se resolviera, con sencillez, elegancia y belleza total. Los científicos suelen utilizar estos términos para describir sus mayores descubrimientos. Cuando el soñador se despierta, le sigue resonando esta experiencia de pura verdad. Pero cuando intentan recordar cuál fue la solución que les proporcionó ese momento de plenitud y alegría, el resplandor se desvanece rápidamente; y pronto, al volver a la conciencia ordinaria, se encuentran a gran distancia de este descubrimiento. De hecho, incluso han olvidado qué era lo que buscaban. Todo lo que queda es un resplandor a base de buscar y encontrar – pero para qué o cómo se ha perdido ya -, como ocurre con gran parte de nuestra vida en los sueños. No es de extrañar que la gente se pregunte qué recordará de esta vida en la siguiente. Tal vez esta sea la verdadera pregunta sobre nuestra «supervivencia»: no habrá memoria porque todo será ahora.

Hay cosas que no podemos pretender explicar en este nivel mundano de conciencia. Cuanto más lo intentamos, más se aleja la realidad. Si por ejemplo, sigues intentando resolver el «problema de Dios», te quedarás con muchas ideas y contradicciones. Puede que te conviertas en un experto mundial en la teoría, pero sentirás que el sabor de Dios ha desaparecido y se ha vuelto seco y envejecido.

Lo esquivo de la verdad es un eterno desafío para nuestro hemisferio izquierdo. Incluso el Camino y la Verdad son un reto. Podemos sentir que «seguimos a Jesús» con un sentido de unión cada vez más fuerte a lo largo de los años. A veces, si pensamos en dejar esta relación, nos repetimos a nosotros mismos las palabras de San Pedro: «Señor, ¿a quién iremos?» No obstante, a pesar de esto y de todas las teologías expuestas durante milenios sobre Jesús y su significado para la humanidad, no hemos encontrado ninguna explicación. Las preguntas «¿quién es?» o «¿qué hizo?» nos conducen hacia un horizonte lejano. Esto es un poco incómodo cuando tienes que explicar tu fe a alguien que no lo sigue. Por otro lado, puede ser la mejor prueba de que el discipulado no es ilusorio. Más extraño aún, es que cuanto más aceptas este estado de desconocimiento irreductible, más paz sientes al respecto.

Otro ejemplo de esta situación peculiar es la experiencia de la meditación, cuando perdemos la conciencia de nosotros mismos hasta el punto de entrar en la plenitud de la conciencia. “El monje que sabe que está rezando, no está rezando de verdad», dicen los padres y las madres del desierto. Esta es una afirmación más elevada sobre la naturaleza de la experiencia  de la que somos capaces en esta vida. Puede sonar a algo absurdo – como las paradojas – e inexplicable. Sin embargo, también tiene una autoridad en la que nos sentimos inclinados a confiar. Tal vez el mismo hecho de que sea tan imposible de explicar demuestre que podemos creer que es verdad.

Traducción: WCCM Argentina

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Tercer domingo de Cuaresma


Evangelio: Hablaba del santuario que era su cuerpo. Jn 2, 13-25.

Juan sitúa la expulsión de los vendedores del Templo al principio de la breve carrera de Jesús, mientras que los otros evangelios la sitúan al final y la sugieren como motivo inmediato de su prematuro y trágico final. Juan no nos deja ninguna duda de que Jesús se enfrentó a la corrupción institucional desde el principio tan abiertamente como expuso la condición de pecado de los individuos. No era un «espiritualizador» y, a diferencia de la mayoría de los religiosos, no actuaba de acuerdo a un doble standard. 

En “Jesús de Montreal”, la gran alegoría cinematográfica contemporánea quebequense del Evangelio, se evoca esta escena cuando Jesús, líder de un grupo de teatro aficionado, destroza fríamente las cámaras y el estudio de una publicidad televisiva que sexualiza la cerveza y degrada a la actriz (María Magdalena). Es llamativo como muestra la intensa ira que se expresa con cierta violencia, aunque controlada por una pasión más profunda y pacífica por la justicia. En la versión de Juan, hace un látigo y echa a los comerciantes deshonestos y sus mercancías fuera del recinto sagrado.

En uno de los innumerables niveles en los que podemos entender a Jesús, fue un reformador religioso, un purificador de la corrupción y la hipocresía. Impulsado por una ira ante la injusticia más fuerte que el miedo a enfrentarse al poder sobre el que descansan las instituciones sociales, pagó el precio que muchos han sufrido antes y después. Por mucho que utilice la apariencia para parecer mejor, el poder corrupto muestra su lado más despiadado y vengativo cuanto más se siente expuesto por los profetas de la época, los periodistas o sus víctimas. Puede empezar por destruir la reputación de quienes dicen la verdad al poderoso, pero, si no logra ponerle freno, no duda en acabar también con sus vidas.

Uno de los efectos de la pandemia ha sido sacar a la luz la corrupción y las mentiras con las que se esconde,  junto con las injusticias institucionalizadas ocultas en los sistemas económicos nacionales y mundiales. Lo que esta escena central de la vida de Jesús muestra sobre él es el vínculo que vio entre el pecado individual y el social. Por eso es tan inquietante y peligrosa. 

El cristianismo institucionalizado se defendió de ello interpretando a la iglesia como una sociedad perfecta e incorruptible. Sus líderes fueron entrenados para encubrir cualquier evidencia de lo contrario. Hasta los tiempos contemporáneos, los «pérfidos judíos» (como se les seguía llamando en el misal romano hasta que Juan XXIII puso fin a esta práctica en 1962) eran chivos expiatorios que se utilizaban fácilmente para mantener la fachada de impecabilidad del cristianismo. 

Sabemos cómo justificarnos y evitar asumir la culpa de nuestros errores. Es un reflejo ante cualquier cosa que amenace nuestro lugar en el sistema de poder de nuestros mundos privados. Los tiempos en el desierto – como la Cuaresma diaria de nuestra meditación – son necesarios para enseñarnos a afrontar la verdad sobre nosotros mismos. El mantra sirve, de forma más suave pero igual de eficaz, al propósito del látigo. Sabemos que está funcionando cuando podemos dar gracias al Espíritu por expulsar a esos falsos comerciantes del templo de Dios que somos cada uno de nosotros.

Traducción: WCCM Argentina

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Sábado de la segunda semana de Cuaresma

Evangelio: Cuando aún estaba lejos su padre lo vio y se compadeció. Lucas 15:1-32.

Temporalmente varado en Londres de regreso a Bonnevaux, entré a un supermercado a comprar algo de comer. Portaba la coraza de mi mascarilla y manipulaba la espada de la sana distancia como cualquier otro soldado de a pie que pasa por el desierto de Covid. Conforme entré, una mujer con tres niños siguiéndola y empujando un carrito pasó caminando junto a mi con un aire desafiante sin máscara y, bien, ¿Qué es distancia social con tres niños en una pandemia?

Me llamó la atención no porque ella estuviera violando las reglas sino porque sentí que su desafío era una señal, no la causa de su desobediencia. En su mirada y actitud, sentí que tenía miedo, un temor más profundo que el de una transmisión de un virus. Tal vez estaba, como tantos en los grupos de bajos ingresos, atrapada por el miedo de no poder enfrentar la pandemia y fracasar en la más importante responsabilidad. Desafío puede ser una forma de evitar que el miedo se convierta en pánico. 

Las madres y padres del desierto entendieron que fueron al desierto de forma voluntaria – o “fueron guiados” al desierto como Jesús – sabiendo muy bien que se iban a enfrentar a animales salvajes. Estas fuerzas poderosas podían rodear y atacar, retirarse y volver a atacar. Fuerzas más poderosas llegarían a apoyarlos a enfrentar la lucha con ellos mismos; pero les advertían a los recién llegados que no deberían esperar una victoria fácil o rápida. La paz que buscaban podría ser probada. Era una fuerza poderosa en si misma y no un espejismo. Pero permanecer en ella permanentemente no era fácil. 

El miedo es natural, una conciencia de cualquier cosa que nos pueda hacer daño a nosotros o a nuestros seres queridos. La ansiedad es un miedo continuo y sordo que busca razones específicas para existir. Sin importar si es específico o genérico, el temor es un animal salvaje que destruye la paz y detiene nuestra capacidad para dar o recibir amor. Nombrarlo es necesario. Empero, es difícil conseguir que la raza humana o cualquier individuo que sea su miembro se libere de la paranoia, por ejemplo, solo al nombrarla. No es de extrañar que el mandato de “no temas” es un mantra repetido 365 veces en la Biblia. No hay un solo día que no sintamos algún miedo. 

¿Cuál es la cura? ¿Debería haberle dicho a la mujer sin mascarilla “Dios te ama”? Tal vez. Pero el remedio tradicional es el temor de Dios. Hay una gran diferencia entre el temor cotidiano involuntario y el temor de Dios. “Vengan hijos míos, escúchenme y les enseñaré el temor de Dios”. Como dijo el gran San Hilario de Poiters, se aprende por obediencia, santidad, y conocimiento de la verdad. Y por lo tanto, el temor de Dios consiste totalmente en amor y solo el amor perfecto definitivamente ahuyenta el temor y doma al animal salvaje. 

Traducción: WCCM México