P. Laurence Freeman OSB

Mensaje del P. Laurence

Nuestra comunidad está de duelo junto al pueblo de Reino Unido y de la Commonwealth -indudablemente en todo el mundo- ante el fallecimiento de una mujer tal que ha sido una inspiración global.

Su sentido del deber ante el rol heredado tuvo un sentido profundamente religioso. Hizo que muchos sintiéramos que fue un verdadero sacrificio silencioso del yo, arraigado en su concepción cristiana del servicio. Su resiliencia y alegría fueron cualidades alimentadas por su vida espiritual.

A pesar de su seriedad respecto de esto, al encontrarse con personas de todos los niveles de la sociedad, ella comunicaba una franqueza humana, cálidamente inclusiva y un gran sentido del humor. Aún siendo un símbolo de jerarquía, representaba la unidad.

Más allá de la política, tal como le correspondía, y fuertemente reservada al expresar sus visiones personales, también logró transmitir sus valores y creencias fundamentales de la manera más auténtica y silenciosa.  

En una era en que el liderazgo es limitado y frecuentemente disfuncional, ella representa sus mejores cualidades: fidelidad, interioridad y equilibrio. De este modo, ella permitió que su fe personal y su espíritu de oración brillaran a través de sus palabras y su estilo al desempeñar sus deberes. Por ello, su posición y lo que representaba no se sentían como una imposición sobre los demás.

No sorprende que personas de todo el mundo, independientemente de su relación con la institución, lloren su desaparición del escenario internacional y vayan a extrañar su manera de personificar el servicio con esa gracia tan natural.

Isabel II ascendió al trono cuando yo tenía un año de edad. (Nació en el mismo año que John Main). La muerte de la Reina es el fin de una era histórica. Su presencia simbólica se había tornado global, y así su pérdida es sentida muy ampliamente.

Este no es un tiempo de nostalgia solamente. Una respuesta contemplativa sería tomar la ocasión para reflexionar sobre la preocupante dirección que colectivamente estamos tomando hoy en dirección al futuro. Esta pausa en nuestro trajín cotidiano debe inspirarse en su ejemplo personal de servicio altruista que vivió durante sus setenta años de reinado.

Que descanse en paz. Y que su sucesor, el Rey Carlos III sea fortalecido por su inspiración y ocupe este rol único en consonancia con sus propios mejores valores espirituales y globales.

Laurence Freeman
8 de setiembre, 2022

Lecturas Semanales

Lectura 9, ciclo 2

Extracto de “Mis queridos Amigos” de Laurence Freeman, OSB. Newsletter de la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana (18 de Junio de 1999).
La oración profunda nos enseña lo mismo que el ángel de la muerte: cuando el meditador encuentra la pobreza de espíritu, su experiencia es semejante a la experiencia de la muerte. La pobreza significa mirar fijamente un vacío cuyo significado, al principio, se nos escapa. Es la dolorosa conciencia de que todo aquello que soñábamos y esperábamos que durase para siempre, lleva una fecha de caducidad oculta. La pobreza de espíritu significa reconocer que no somos autosuficientes y que dependemos para nuestra propia existencia de una realidad que no podemos ni nombrar.
Pero a medida que luchamos contra el terrible ángel, descubrimos que no se trata de un enemigo sino de un amigo. Un mensajero del Dios de la vida, no de la muerte. A medida que nuestras complejas reacciones hacia el mensajero se despliegan, encontramos momentos de elevada alegría en el vacío del espacio que es el Espíritu. Es entonces cuando vemos el vacío lleno de potencialidad, una abundancia de vida que comienza a ser, un vacío al que no evitar.
Esto puede verse en ocasiones en la mirada de una persona muy enferma o moribunda. En la profundidad de su alma está siendo testigo de la multitud de sentimientos que le golpean y se retiran para volver a golpearle y retirarse de nuevo. Pero hay momentos en los que sus ojos se llenan de una paz y una sabiduría que son una bendición para quien los contempla. Aquellos a quienes viniste a consolar te consuelan a ti. Aquellos que pensaste que serían objeto de tu compasión cambian las tornas y pasan a ser ellos quienes aligeran las cargas de tu vida.
Hay una manera de acompañar a una persona moribunda sin tener que sentirse incómodo e inútil. Y es simplemente siendo un compañero. Estar en contacto con nuestra propia mortalidad. Recordar que nosotros mismos también estamos muriendo. Aprender de aquellos a quienes sirves. Al margen de lo reacia que pueda estar la persona, valorará nuestra compañía. Ser un compañero fiel y sincero, no abandonar al otro cuando nos sintamos retraídos, es la esencia de la compasión. Es el fruto de sentirse uno mismo en casa. Acompañar es vivir la verdad de que la soledad no es el aislamiento que inicialmente tememos. Es la condición de sencillamente ser la persona que Dios nos llama a ser: una persona que en su naturaleza profunda es amada y es capaz de devolver amor.
El arte de acompañar a otra persona se desarrolla en la oración profunda. Meditar con otra persona es encontrar una intimidad y una amistad espiritual en el silencio que es inexplicable en otros niveles de relación. Las barreras del temor o del formalismo se desvanecen cuando se comparte el trabajo del silencio interior. El estar genuinamente presente (con el moribundo) depende de haber superado nuestra autoconciencia y nuestro egocentrismo. Esta superación significa buscar esa ausencia de control que instintivamente evitamos y de la que huimos. Nos puede gustar observar desde una distancia segura esta “pobreza de espíritu” y posponer nuestro encuentro con ella. Nos gusta leer sobre ella y escuchar a otros describirla.
Pero todo depende de cuándo decidimos cruzar en persona la frontera de la pobreza desde la tierra de la ilusión al reino de la realidad. Cuando hacemos esto, podemos saborear las alegrías del reino de Dios en esta vida.

Carla Cooper
Traducido por WCCM España  
Enseñanzas Semanales

Enseñanzas semanales: semana 8, ciclo 2.

Metanoia

La metanoia es un estado relacionado con el don de las lágrimas y con el arrepentimiento y fluye de estas virtudes. Las dos palabras griegas de las que se origina son “meta” y “nous”. El prefijo “meta” significa ir más allá e implica también un cambio. Y la palabra “nous” se refiere al intelecto, no a la inteligencia racional, sino a la inteligencia intuitiva.

Es la forma de conocer intuitivamente la verdad de algo. El Maestro Eckhart, místico alemán del siglo XIV, describe este conocimiento intuitivo como la visión con “el ojo del corazón”, como igualmente hicieron muchos de los primeros Padres de la Iglesia. Eckhart habla de “el conocimiento puramente espiritual: en el que el alma es arrebatada de todas las cosas corporales. Allí escuchamos sin sonidos y vemos sin materia…”.

Es una manera de conocimiento que está más allá de nuestra forma habitual de comprender; es una transformación de la consciencia, un trascender hacia la Realidad más profunda, incluso un encuentro con la Realidad Última; es la forma “de poder ver a Dios” (Maestro Eckhart). Los primeros cristianos, en particular Clemente y Orígenes, en el siglo II, equiparaban la idea platónica del “nous” con la “imagen de Dios” del Génesis. De hecho, ellos lo veían como nuestro punto de contacto con Dios; era considerada la parte más elevada del alma, la esencia de la humanidad, nuestro “órgano” de oración. Los primeros Padres de la Iglesia estuvieron de acuerdo en que esta “imagen” está contenida en cada uno de nosotros sin excepción. Esto añadió a la teoría griega  que sólo “el cómo puede saber del cómo”, lo cual era totalmente respaldado por los pensadores cristianos incluido Tomás de Aquino y el Maestro Eckhart, y que implica por tanto, que podemos llegar a conocer a Dios intuitivamente puesto que ya somos “como Él” en nuestra esencia; tenemos algo esencial en común con lo Divino, lo que el Maestro Eckhart llama “la chispa”, “el castillo” o a veces “la tierra” de nuestro ser.

Alcanzar el nous e ir más allá nos permite, por tanto, darnos cuenta de quiénes somos verdaderamente: hijos de Dios. “A todos los que le reciben, Dios los hace hijos suyos” (Juan 1,12).

Sin embargo, para llegar a ser consciente de esta “semejanza” esencial, necesitamos purificarnos de nuestras emociones desordenadas y egocéntricas y sólo entonces podremos ver la verdadera realidad. Lo que esto significa está claramente explicado por la experiencia de María Magdalena. (Juan 20, 10-19). Después de la crucifixión de Jesús, ella se acerca al sepulcro y lo encuentra vacío. Está angustiada y sumida en su profundo dolor. Incluso cuando Jesús se le aparece, ella continua tan abatida por su pena que no puede ver con claridad. Ella no reconoce a Jesús y piensa que es el jardinero. En el momento en que Jesús la llama por su nombre, ella rompe su visión de la realidad, nublada por sus propias emociones y necesidades, y entonces puede ver a Jesús en su verdadera realidad.

La palabra metanoia fue también utilizada por los Padres y Madres del Desierto y puesta en relación con otros modos de orar – como hacer reverencias o postraciones- que incorporan el movimiento del cuerpo. Esto nos habla de actitudes necesarias para alcanzar la metanoia, para recibir la gracia: la humildad y el arrepentimiento. Metanoia significa, por tanto, descubrir quién eres verdaderamente y quién es Dios/Cristo, la fuente del gozo infinito.

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España

Lecturas Semanales

Lecturas Semanales: semana 8, ciclo 2.

“El Espíritu”
Extracto de “Una Palabra hecha Silencio” de John Main OSB (New York: Paulist Press, 1981) págs. 37-39.

El primer paso hacia el desarrollo de la persona es permitirnos ser amados. Y para facilitar esto fue enviado el Espíritu Santo al corazón del hombre, para tocarlo, para despertarlo, para atraer nuestra mente hacia su luz redentora. La llegada del Espíritu Santo fue un acontecimiento de la Resurrección y continúa hoy estando tan actual como “a última hora de aquel domingo”, según nos dice San Juan, cuando los discípulos se encerraron todos juntos y Jesús se les apareció y soplando sobre ellos les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”.
Nuestro letargo y evasión natural, nuestra reticencia a permitirnos ser amados, igual que las puertas cerradas, no son ningún impedimento para el Espíritu Santo. El Espíritu ha sido enviado al corazón humano donde vive el misterio divino, mientras Dios nos acoge en su ser. Incluso en el corazón del hombre más malvado, el Espíritu Santo seguirá implorando sin cesar: “Padre, Padre”.
Al principio tenemos una débil conciencia del movimiento del Espíritu Santo en nuestro corazón, de la presencia de aquello que nos permitirá conocernos a nosotros mismos. Cuando despertamos a su plena realidad, escuchando nuestro corazón, despertamos a la prueba viviente de nuestra fe que justifica esa primera conciencia débil, esa primera esperanza.
Y como dijo San Pablo a los Romanos: “Esta prueba es el fundamento de la esperanza. Dicha esperanza no es falsa, puesto que el amor de Dios ha inundado nuestro corazón más profundo a través del Espíritu Santo que Él nos ha dado”.
La embriaguez del lenguaje de San Pablo es la embriaguez de su propio despertar a la Realidad del Espíritu, a la experiencia del gozo liberado y derramado que Jesús predicó y transmitió a través de Su Espíritu. Es la embriaguez de la oración.

Carla Cooper
Traducido por WCCM España
Meditación con Niños, P. Laurence Freeman OSB

Webinario Meditatio. Emergiendo del Trauma: enseñar meditación a los niños. 24/6/22, 9:00 a 11:30 hora de Uruguay.

Inscripciones y más info: https://wccm.org/events/emergingfromtraumawebinar/