Lecturas Semanales

Lectura 10, Ciclo 1.

“Centrarse en lo real” Extracto del libro de John Main, OSB, El corazón de la creación (Norwich: Canterbury, 2007), págs. 83-84.

La meditación, esta búsqueda de la sabiduría y el amor, debe suceder de una forma totalmente normal y natural. La meditación debe estar entretejida en la trama normal de la vida cotidiana. Debemos aprender a ver la totalidad de la vida impregnada de lo divino, en armonía con lo divino. Debemos entender que nuestro destino es entrar en la armonía divina, estar en armonía con Dios. No se trata de intentar encajar un poquito de espiritualidad en nuestras vidas.

La búsqueda espiritual, la constante invitación espiritual, consiste en enfocar nuestras vidas, en centrarnos de modo permanente, hacia el bien y la verdad últimos. No de forma ostentosa, ni buscando provecho, sino con sencillez, con ingenuidad infantil.

Tratamos de permanecer en quietud, de poner toda nuestra atención y consciencia en quien nos ama. Si queremos estar preparados para las grandes tareas de la vida, debemos aprender a ser fieles a las más humildes. La meditación es una peregrinación muy sencilla y muy humilde, que nos prepara para esta concentración de nuestra existencia en el centro divino. Nuestras vidas se nutren de savia espiritual, de la energía que emerge de la raíz de todo ser. La invitación que cada uno de nosotros hemos recibido estriba en descubrir quiénes somos…, en ir más allá de los límites de nuestros “yos” separados y unirnos con el Uno, que es todo en todo. Es así, en este ir más allá de nosotros mismos, como nos encontramos y donde descubrimos nuestra capacidad ilimitada para el desarrollo, para la libertad y para el amor.

¡Debemos tener cuidado con los superlativos! Debemos tener cuidado con nuestro entusiasmo, porque si utilizamos demasiados superlativos podemos olvidar la humildad de la tarea, la naturalidad de este camino. Esta normalidad consiste, sencillamente,  en que cada mañana y cada atardecer de nuestras vidas, hacemos un alto para recogernos.

Tomando conciencia, nos dirigimos hacia el centro divino y nos concentramos. Lo hacemos por el simple procedimiento de decir nuestra palabra. Apartamos todas las imágenes que pueden levantar un muro entre nosotros y la realidad, superando todos los símbolos. Dejamos que la pura y radiante luz de la realidad, la clara luz del Espíritu de Dios que resplandece —como dice san Pablo— en nuestros corazones, llegue a ser la realidad suprema. Esta tarea no es excesivamente dura para nosotros. No tenemos que viajar allende los mares para encontrarla. No tenemos que pedir a otros que lo hagan por nosotros. Esta realidad está muy próxima. Está en nuestros corazones, basta con que nos tomemos la molestia de buscar en primer lugar, el Reino de Dios, el Reino que está en nuestros corazones.

Carla Cooper Traducido por WCCM España
Noticias de la Comunidad, P. Laurence Freeman OSB

Charla para Jóvenes Adultos con Laurence Freeman – 17 de julio

ACTIVIDAD SIN COSTO PARA PERSONAS DE 18 A 40 AÑOS.

REGISTRO GRATUITO:  https://wccm.org/la-vida-sabia-y-la-alegria-de-la-conexion-registro-gratuito/

Para unirse al grupo de jóvenes meditadores del WCCM (de 18 a 40 años) en Whatsapp: https://chat.whatsapp.com/CC41lVgBeZVGBcOyAkd2LW

Lecturas Semanales

Lectura 50, ciclo 5.


“Muerte y Resurrección”
extracto del libro de John Main OSB “Momento de Cristo” (Nueva York: Continuum, 1998), págs. 68-70.

La meditación nos permite comprender nuestra propia mortalidad. Es la forma de enfocar nuestra propia muerte. Puede ayudarnos porque es el camino que nos conduce más allá de nuestra propia mortalidad. Es el camino que nos lleva a la resurrección, a una vida nueva y eterna, la vida que surge de nuestra unión con Dios. La esencia del Evangelio cristiano es que estamos invitados a esta experiencia ahora, hoy. Todos estamos invitados a la muerte, a morir en nuestra propia importancia, nuestro propio egoísmo, y nuestra propia limitación. Estamos invitados a morir en nuestra propia exclusividad.

Cada vez que nos sentamos a meditar entramos en el eje de la muerte y la resurrección. Lo hacemos porque en nuestra meditación vamos más allá de nuestra propia vida, y de todas sus limitaciones, hacia el misterio de Dios. Descubrimos cada uno de nosotros, por experiencia propia, que el misterio de Dios es el misterio del amor, el amor infinito, el amor que elimina todo temor. Esta es nuestra resurrección. Ascendemos a la plena libertad cuando descubrimos que nuestra propia vida, muerte y resurrección están adecuadamente enfocadas.

La meditación es la gran manera de enfocar nuestra vida en la realidad eterna que es Dios, la realidad eterna que se encuentra en nuestros propios corazones. La disciplina de repetir el mantra, la disciplina del regreso diario por la mañana y por la noche a la meditación tiene este único objetivo supremo: enfocarnos totalmente en Cristo con una agudeza de visión que nos hace vernos a nosotros mismos y a toda la realidad, tal como es. San Pablo dijo dirigiéndose a los romanos:
“Ninguno de nosotros vive, y tampoco ninguno de nosotros muere, solo por sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos por el Señor. Por tanto, ya sea que vivamos o muramos, del Señor somos”.  

Después de la meditación:
de Theodore Roethke, «The Far Field», COLLECTED POEMS
(Nueva York: Doubleday, 1961), pág. 200.  

Aprendí a no temer al infinito.
El campo lejano, los acantilados ventosos de la eternidad,
la muerte del tiempo en la luz blanca del mañana,
la rueda girando lejos de sí misma,
la expansión de la ola,
el agua que viene.  

Carla Cooper

Traducido por WCCM España
Enseñanzas Semanales

Enseñanza 50, ciclo 5



El mensaje Único del Evangelio de Tomás

En muchas ocasiones he mencionado que la perseverancia fiel en nuestra disciplina de la meditación conduce a una transformación total de nuestra visión de la realidad y, en consecuencia, modifica nuestro comportamiento, que pasa de estar centrado en el ego a estar centrado en los demás.

De todos los Evangelios, el Evangelio de Tomás es el que más habla sobre esta transformación. Originalmente se consideró como un evangelio «gnóstico», ya que se descubrió este texto en Nag Hammadi, en 1945 en Egipto, junto con otros escritos «gnósticos» conocidos. De hecho, estaba fusionado con el Evangelio de Felipe, que todavía se sigue considerando «gnóstico». Por esta razón, los cristianos ortodoxos rechazaron el Evangelio de Tomás, calificándolo de «herético», pero los eruditos ahora consideran que es más «apostólico» de lo que al principio asumieron.

Elaine Pagels, historiadora de religiones y, quien amablemente me ha facilitado mucha de la información histórica que incluyo en este texto, ya no considera el Evangelio de Tomás como «gnóstico», como se explora en su libro “Beyond Belief”, ni tampoco lo considera así el ex arzobispo de Canterbury, Rowan Williams.

El Evangelio de Tomás narra frases y dichos de Jesús que formaban parte de la tradición oral vigente en ese momento. Algunos estudiosos creen, por tanto, que no hubo un solo autor (o autores) sino un coleccionista y compilador de los dichos más importantes. La mitad de ellos también se encuentran en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas. No se da ningún detalle sobre la vida de Jesús, ni menciona su crucifixión y resurrección. No hace mención alguna acerca de la naturaleza de Dios. Por ello, se asemeja a la enseñanza del Buda, quien también se centró en lo que deberíamos hacer más que en lo que deberíamos creer. El enfoque del Evangelio de Tomás está puramente orientado a lo que es necesario para volverse completo y consciente de que «el reino de Dios está dentro de ti» y que eres un «hijo de Dios». Es la ignorancia y nuestra obsesión con la dimensión material con sus necesidades y deseos lo que nos oculta esta verdad.

No se conoce con exactitud la fecha en la que estos dichos fueron escritos. Algunos de ellos pueden ser anteriores a los evangelios sinópticos. “Aunque no sabemos dónde se escribió el Evangelio de Tomás, muchos eruditos, al identificar nombres asociados con Siria, piensan que se originó allí” y quizá fuera escrito hacia los años 50 – 100 EC.

El Evangelio de Juan fue considerado «gnóstico» en su época. Aunque el Evangelio de Tomás era más conocido, se incluyó a Juan y se excluyó a Tomás. Elaine Pagels trata de explicar este hecho comparando y contrastando los evangelios de Juan y Tomás: “Es probable que Juan supiera lo que enseñaba el evangelio de Tomás y, quizá, su texto real. Lo que impresionó a los eruditos que compararon estos evangelios es precisamente las muchas similitudes que hay entre ambos.

Tanto Juan como Tomás, por ejemplo, aparentemente asumen que el lector ya conoce la historia básica que Marcos y los demás han narrado. Los dos afirman ir más allá de esa historia y que su propósito es revelar lo que Jesús enseñó a sus discípulos en privado. Juan y Tomás relatan de forma muy similar las enseñanzas de Jesús y ambos identifican a Jesús con la luz divina que nació “en el principio”. Ambos dicen que esta luz primordial conecta a Jesús con todo el universo. Tanto Juan como Tomás caracterizan a Jesús como la propia luz de Dios en forma humana».

La verdadera diferencia entre ambos evangelios es que Juan sugiere que Jesús es único, Dios mismo se reveló en forma humana, el «hijo unigénito» de Dios. Sin embargo, el Evangelio de Tomás afirma que la Luz de Dios no solo brilla en Jesús sino que brilla en todos como una chispa ya que todos fuimos hechos a imagen de Dios. El Evangelio de Tomás nos anima a llegar a «conocer» a Dios intuitivamente al escuchar atentamente los 114 dichos de guía que Jesús da en este Evangelio. Para que crezcamos espiritualmente, Jesús nos anima a dejar ir nuestro apego al plano material y, al hacerlo, a silenciar nuestra atareada mente racional. Solo en ese silencio podemos escuchar la «voz suave y apacible de la calma» que, a través de nuestra inteligencia intuitiva, nuestro corazón y la gracia puede entrar y guiar nuestra transformación.

La razón por la que el evangelio de Tomás “perdió” frente al de Juan sea probablemente debido a este énfasis en el esfuerzo personal, que conduce mediante la gracia a la experiencia real de Dios, en lugar de limitarse a creer. Sin embargo, los místicos cristianos a lo largo de los siglos han recorrido el camino indicado por Tomás y han subrayado que «la imagen de Dios» está dentro de cada uno de nosotros y nos han animado a tomar conciencia de su presencia a través de la oración silenciosa. El hecho de que el Evangelio de Tomás fuera excluido del Canon bien puede explicar por qué la meditación y la contemplación se convirtió en el secreto mejor guardado del cristianismo.

Kim Nataraja
(Adaptado del libro «Viaje al corazón – Capítulo sobre «El Evangelio de Tomás»)

Traducido por WCCM España