P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Martes de la quinta semana de Cuaresma


Evangelio Lo que el Padre me enseñó es lo que predico. Jn 8, 21-30. 

Antes del gran confinamiento, muchas personas se encontraban estresadas por el trabajo, los viajes, las reuniones y las prisas de la vida moderna. Su energía personal se invertía tan sólo en sobrevivir en las grandes ciudades que hicimos para nuestro placer pero que para muchos se convirtieron en una prisión. Desde el confinamiento y las nuevas olas del virus, para muchas personas el estrés ha llegado de diferentes fuentes: la soledad, las preocupaciones económicas, el cuidado infantil exigente, la falta de contacto físico. El estrés es el resultado de una tensión excesiva, que a veces conduce a un ataque de nervios y colapso. Bajo una presión tan estresante, es comprensible que busquemos relajar la tensión. Algunos lo intentan con la meditación y una vida más saludable; pero otros juegan con el alcohol, las drogas, el exceso de comida o los atracones de otro tipo. 

La relajación es natural y necesaria tanto para la salud física como para el equilibrio mental. El problema comienza cuando las formas de relajarse se vuelven antinaturales y excesivas. Necesitamos estar relajados cuando meditamos, así como también meditar para relajarnos. No hay realización del Ser si nos esforzamos demasiado o si nuestra expectativa de resultados supera la necesidad de hacerlo como un fin en sí mismo. 

Si nos relajamos de forma natural y saludable, y abordamos la meditación de la misma manera que cuidamos nuestros estados físicos y emocionales, encontraremos el grado justo de tensión. La tensión no es el enemigo sino el amigo. La vida sin tensión es invivible: o colapsó o se terminó. Incluso caminar de forma natural por la habitación o escribir en el teclado emplean tensión en un grado adecuado. 

Demasiada tensión o muy poca es un problema con graves consecuencias. Entonces, ¿cómo sabemos si vamos en la dirección adecuada? Porque nosotros y los demás a quienes servimos sabremos que estamos prestando más atención a medida que nos entregamos a las personas y las tareas. El grado perfecto de tensión es pura atención. 

La atención debe ser dirigida y luego sostenida con suavidad y constancia. Independientemente de aquello a lo que estemos prestando nuestra atención (y nuestro yo), entonces se convierte en la mirada del amor o la contemplación. La atención pura al otro es la atención al Otro, a Dios, que es la base del ser en todas las cosas buenas y malas. Al prestar atención a algo bueno, esto puede sentirse como un placer o una energía. En el caso de algo no deseado u hostil, se siente como perdón o compasión. 

Dado que se le está prestando atención a Dios en todo y porque la atención es amor, cuando verdaderamente prestamos atención (aunque sea imperfectamente) sentimos reciprocidad. El grado perfecto de tensión es la atención pura al otro, que está en continuo intercambio con la atención que recibimos de Dios. A medida que nuestra atención se desvía de nosotros mismos y se mueve hacia el otro, el intercambio de yoes es cada vez más profundo, desde la reciprocidad y mutualidad a la unidad. Cuando está fija en nosotros mismos, nos sentimos aislados y no amados. El intercambio de amor recíproco es la creación. Es el nacimiento y la muerte, y la resurrección que trasciende a ambos. Es la quietud y la danza del enamoramiento, a lo que llamamos, por conveniencia, “Dios”. 

Traducción: WCCM España

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