Blog

P. Laurence Freeman OSB

Viernes de la primera semana de Cuaresma: Mateo 5, 20-26

2DDA5FDF-CCC7-4ED1-985F-068E56122876

Si no son ustedes algo mejor que los Fariseos, o los maestros de la Ley, ustedes no entrarán en el Reino de los Cielos…

 

En defensa de los hipócritas, debemos recordar que gran parte de la hipocresía se deriva de la falta de conciencia, incluso cuando casi elegimos permanecer inconscientes. Despertarse, especialmente si has estado dormido mucho tiempo, siempre es difícil. Nos resistimos a la transición hacia una dimensión más grande y menos pasiva de la realidad. Alejamos la mano sacudiéndonos para despertarnos o presionamos el botón del despertador y nos damos vuelta. Esta resistencia a estar despiertos también es perceptible en la forma en que votamos y pasamos nuestro tiempo libre.

 

El valor de cualquier cosa puede entenderse mejor en referencia a su opuesto. Valoramos el sueño porque nos ayuda a estar más despiertos durante el día. Valoramos el silencio para poder comunicarnos mejor. Valoramos la riqueza para poder regalarla. La relación entre los opuestos produce el equilibrio, la vida sana y la gente buena que es amable y equitativa con aquellos que lo necesitan. Aferrarse a un lado de la ecuación: ya sea permanecer en la cama todo el día, hablar sin parar, aferrarse a las posesiones, nos adentra más en el mundo unidimensional e ilusorio de la autoabsorción, donde no somos conscientes de las muchas otras dimensiones en que vivimos, nos movemos y somos. En tal mundo, la vida se convierte en una selfi continua. En lugar de eso, «permaneced despiertos», nos dice el Evangelio. El Buda iba caminando un día cuando un transeúnte fue impactado por su resplandor y presencia poderosa y le preguntó «¿Eres un dios?» «No». «Entonces, ¿eres un mago?» «No». «¿Quién eres entonces?» «Estoy despierto», respondió el Buda.

 

La vigilia es parte de la sabiduría universal que se encuentra en toda verdadera enseñanza. Estar verdaderamente despierto va más allá de lo que pensamos como moralidad o, digamos, es la base fundamental del juicio moral. El hipócrita en nosotros condena rápidamente a los demás instalándose en el terreno moral desde el cual puede actuar con una crueldad asombrosa. Excepto que está en la dimensión onírica y no en el mundo real. Vemos el efecto de la vigilia en la diferencia entre un buen trabajo que saca lo mejor de nosotros, produce beneficios para los demás y el trabajo que conlleva al agotamiento y la división. En otro sentido, la vigilia muestra la diferencia entre una hermosa representación artística de la forma humana y una imagen obscena.

 

Es difícil entender cómo en la velocidad y la sobrecarga de información de la vida moderna podemos permanecer despiertos sin una práctica contemplativa integrada en la vida diaria. Al carecer de esto, ¿cómo podemos evitar ser arrastrados al sopor de la actividad excesiva, a ese estado de sueño del medio despierto (incluso con las mejores intenciones que suele comenzar el hipócrita en nosotros)?

 

El mismo equilibrio que nos mantiene despiertos también reduce nuestra hipocresía. La clave es aceptar nuestras limitaciones. La Cuaresma no se trata de rebajarnos o negar el regalo de los placeres simples. Se trata de aceptar que nuestras limitaciones son la manera en que nos mantenemos firmes entre los extremos. Físicamente estamos restringidos por los límites biológicos que debemos cumplir adecuadamente, por ejemplo el descanso o la alimentación. Intelectualmente, estamos limitados por la cantidad de datos que podemos recibir y también por la necesidad de contenido saludable en lugar de entretenimiento interminable. Sólo en la dimensión espiritual no hay límites.

 

Laurence Freeman OSB
Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

P. Laurence Freeman OSB

Jueves de la primera semana de Cuaresma: Mateo 7,7-12

2DDA5FDF-CCC7-4ED1-985F-068E56122876

 

Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta…

La confianza en estas palabras es convincente. Pero podríamos sentir que  describen un mundo irreal de hospitalidad fantástica, un mundo de finales siempre felices. El universo no es tan acogedor y complaciente como eso. Cada día los niños lloran por comida y perecen de hambre, los inocentes rezan por la justicia y son maltratados.

Aun así, su autoridad nos obliga a cavar debajo de nuestro escepticismo para encontrar un significado más profundo. Sondeamos más profundamente y pronto parecerá que estamos en caída libre, en un terreno sin fondo. Desde este punto, el viaje hacia el silencio del desierto se vuelve más exigente y más gratificante a medida que experimentamos un despertar que no esperábamos.

 

Hasta ahora, acabamos de aprender a sentarnos quietos en las cuatro dimensiones familiares de espacio y tiempo, con una postura erguida pero cómoda. En la meditación de la mañana los pensamientos vuelan a nuestro alrededor como vendavales; por la noche, como mosquitos y picazones. Pero pronto vemos que la quietud en sí está revelando otra dimensión: un viaje hacia un significado más profundo, extraño, más familiar, más auto-verificable y más valioso de lo que podríamos haber imaginado. Nos sentimos bienvenidos en este viaje: una sensación de reencuentro, a pesar de la extrañeza, una hospitalidad genuina, en lugar de un falso consuelo.

 

Cada paso en este camino avanza la transformación que está obrando en nosotros. Nuestra mente misma se vuelve más lúcida y más amorosa. Para sostener este viaje paso a paso, decimos el mantra: una palabra que repetimos primero en la mente de manera superficial y, finalmente, en el corazón de manera resonante. Con la práctica evolucionamos de decirlo a escucharlo. Esta evolución interior se refleja en los cambios profundos en la forma en que interactuamos con las personas, el trabajo y el tiempo. Vemos el significado en aquello que antes nos parecían simplemente contradicciones o absurdos. Desde el interior de la aparente incoherencia de decir que siempre recibiremos lo que pedimos, surge una sabiduría de alas ligeras.

 

La palabra que recomendamos es maranata: un término sagrado en la tradición del evangelio, en el idioma arameo que el Jesús histórico habló. La palabra significa «Ven Señor». Como el mantra aparta todos los pensamientos, incluso el pensamiento del significado de la propia palabra y del por qué decir el mantra, entonces decirlo) es la obra del silencio, no pensamos en su significado cuando lo recitamos. Para la mente balbuceante esto es agradablemente desafiante. Puedes elegir otra palabra, aunque los mismos principios se aplican a cualquier término utilizado como mantra. Es conveniente que tu mantra no sea en tu propio idioma y es preferible decirlo continuamente en cada período de meditación de un día a otro. Esto siembra la semilla en profundidad y permite que ocurra el crecimiento, «cómo, no lo sabemos» como dice el evangelio.

 

La meditación nos conduce a través de la selva espesa de todos nuestros pensamientos, imaginación y sentimientos. Es un camino estrecho, sin embargo es más conveniente un camino estrecho en una jungla que no tener ningún camino. El mantra es a la vez un paso corto y un gigantesco salto de fe. Cada vez que volvemos a él, damos un paso más en el camino. Por mucho tiempo que deambulemos en la maleza de los miedos y los deseos, estamos afortunadamente a un paso de reincorporarnos al camino: simplemente comenzamos a repetir el mantra otra vez. Esta inmediatez nos introduce en la dimensión del momento presente. Aquí, pedir y recibir se vuelven uno.

firma Laurence

Laurence Freeman OSB
Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

 

 

P. Laurence Freeman OSB

Miércoles de la primera semana de Cuaresma: Lucas 11, 29-32

2DDA5FDF-CCC7-4ED1-985F-068E56122876

 

La gente de este tiempo es gente mala. Pide una señal…

 

Anhelar señales es como exigir que una respuesta resuelva todos los aspectos de una pregunta. Nos encierra en la dimensión más superficial de la realidad. Perdemos el más profundo e importante significado de la vida y la verdad tangible de la experiencia plena. Supéralo, le dice Jesús a los supersticiosos y a sus aliados cercanos, los fundamentalistas.

 

A través de la experiencia directa, la meditación nos enseña lo que el pensamiento y el habla no pueden. La comunicación sin esta dimensión de silencio se vuelve un parloteo y conduce al conflicto que surge de la confusión. Decimos «sentémonos y aclaremos las cosas» en situaciones personales difíciles. Eso es precisamente lo que hacemos en la meditación. No parece que sea esto hasta que lo experimentas.

 

¿Por qué ir al desierto (al eremos) nos ayuda a vivir mejor en el mundo de la ciudad? El desierto es más real de lo que imaginamos. La ciudad es más ilusoria de lo que llegamos a admitir. En el desierto no hay nada real para contemplar excepto la naturaleza misma en su simplicidad y sobriedad. ¿Cuál es la señal, cómo sabemos que lo que estamos haciendo es real? Quizás es la experiencia de la belleza, el significado de la penetración instantánea del todo misteriosamente presente que roza una parte de nuestro ser y nos cambia. No pensamos en la belleza o decidimos sentir que algo es bello. No podemos negar la belleza o explicarla. Nos rendimos a ella. La imitación de la belleza nos seduce pero su falsedad es pronto revelada. Lo verdadero, como la belleza del desierto, pone en evidencia el glamour del centro comercial. Una vez que lo falso ha sido visto necesitamos soltarlo rápidamente. Si no, la ilusión se adhiere y se impone.

 

Es por esto que necesitamos eremos, sentarnos y ser. Los niños, para la sorpresa de profesores y padres, pueden captar y aman el desierto interior. Para nosotros, esto involucra un re-aprendizaje. A menos que te vuelvas como los niños. El aprendizaje empieza con la postura física. El cuerpo es la mayor de todas las señales, el primer sacramento, la belleza que es verdadera (incluso después de haber empezado a decaer de su desempeño máximo). Un cuerpo demacrado, atrofiado, no es menos sagrado o esencialmente bello que un cuerpo fuerte y firme porque el cuerpo nunca miente. Incluso más que ser una señal, el cuerpo es nuestro símbolo primordial. Una señal simplemente indica. Un símbolo encarna. No la imagen corporal, sino el cuerpo que tú encarnas.

 

La forma en que te sientas al meditar expresa tu actitud mental hacia la sesión que estás comenzando. Te revela de manera honesta la verdad de tu mente y tus expectativas. Si está encorvado o desplomado es allí donde está tu mente y hará más difícil la rectitud interior de la meditación. Así que siéntate erguido. Esto también te ayudará a respirar mejor, lo que te ayudará a estar más tranquilo y más despierto. Si estás en una silla, puedes moverte hacia adelante, hacia el borde de la silla para mantener la espalda recta. Tal vez puedes colocar un pequeño cojín detrás de ti. Si eres alto siéntate sobre un cojín. Si eres bajo, coloca algo debajo de tus pies y deja que estos formen un ángulo de 90 grados con las rodillas. Si estás sentado en el suelo, es probable que necesites un cojín para que tu espalda quede recta y tus rodillas toquen el suelo. Si te arrodillas con un banco de oración, mantén la espalda recta, las manos sobre el regazo o las rodillas. Los hombros relajados, la mandíbula suelta, la respiración normal, la barbilla ligeramente flexionada para enderezar la parte posterior del cuello.

 

¿Qué podría ser más hermoso? Qué más señal para ti y para quienes te rodean que cuando estamos sentamos y somos quienes somos; no necesitamos buscar señales.

 

firma Laurence

Laurence Freeman OSB


Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

 

P. Laurence Freeman OSB

Martes de la primera semana de Cuaresma: Mateo 6, 7-15

2DDA5FDF-CCC7-4ED1-985F-068E56122876

 

Concebimos un sinnúmero de razones para justificar este fracaso que nos lleva a rechazar como falso aquello mismo que habíamos intentando hacer. Esta traición de confianza explica por qué las relaciones pueden pasar de repente de la dicha a la miseria. La barrera de cristal es reforzada por el ruido, frecuentemente por el balbuceo malintencionado, hasta desanimarnos. Cualquiera que esté escuchando el debate del Brexit conoce esta sensación.  Nos quedamos con la experiencia desagradable de vergüenza y desconexión que surge de toda división y conflicto violento. Divididos contra nosotros mismos, omitiendo lo que queremos hacer, experimentamos el significado de «pecado». Lejos de ser un simple incumplimiento de una norma, humana o divina, el «pecado» es sólo entendido cuando confesamos lo impotentes que hemos sido creados por nuestras propias divisiones internas y auto-rechazo.

Lo que hagamos en este estado colapsado del egoísmo no trae nada bueno ni para nosotros ni para otros. Muchas manos se extenderán hacia nosotros cuando solicitamos ayuda para escapar. Algunas de ellas pedirán un precio acordado antes de que nos ayuden a salir. Felices somos aquellos que tomamos una mano que no pide nada, excepto el honor de ayudarnos. Nuestro sentido de valor ya está restaurado. Estos son los elementos que se encuentran en ese movimiento interior de conciencia llamado metanoia (cambio de mente), a menudo mal traducido como «arrepentimiento». No significa culpa, sino un cambio de conciencia.

Esto es lo que Jesús comienza a decir luego que deja el desierto, empoderado por todo lo que él había trascendido. Empezamos el proceso de cambio no al construir una voluntad de acero, sino simplemente cambiando la dirección de nuestra atención — prestando atención a otro lugar. La realidad es donde colocamos nuestra atención. Atraviesa la retahíla de la mente y disuelve la barrera de cristal de la inacción.

Laurence Freeman OSB

firma Laurence
Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

P. Laurence Freeman OSB

Lunes de la primera semana de Cuaresma: Mateo 25, 31-46

 

 

2DDA5FDF-CCC7-4ED1-985F-068E56122876Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer. Estaba de paso, y me alojaron… ; preso y me visitaron.

 

Luego de esta experiencia de desierto, no solo «lleno» pero rebosante con el Espíritu, Jesús se propuso hacer su obra. Somos felices si hemos encontrado nuestra obra en la vida y si vemos que nuestra verdadera labor no es recibir un pago o ser elogiados. Los Upanishads muestran como reconocer nuestra verdadera obra, al decir que quien «ha encontrado la labor del silencio y conoce que el silencio es labor» es feliz. Esta obra produce todos los frutos duraderos de nuestra vida y esto conlleva tiempo. También penetra lentamente la dimensión completa del tiempo en que vivimos, auxiliando a que  el ego se libere. Entonces, produce de manera natural, el fruto de la sabiduría en las buenas obras inconscientes descritas en la parábola de hoy. La bondad no tiene trazos del ego.

 

El primer instrumento conocido para medir el tiempo es un reloj solar egipcio de 1500 A.C. Los relojes mecánicos aparecieron en el siglo XIII. Hoy medimos el tiempo con precisión subatómica, pero cuanto más precisamente lo medimos, menos tiempo sentimos que tenemos. Se necesita tiempo para revertir este auto-aprisionamiento. «Solo a través del tiempo se conquista el tiempo». Hay un momento en el que sabemos que realmente estamos entendiendo de qué se trata la meditación: cuando vemos lo absurdo que es regatear el mínimo de veinte minutos dos veces al día al afirmar que dependemos del tiempo, que estamos demasiado ocupados y demasiado impacientes para desconectarnos del estrés. El proceso de aprender a meditar es universal, pero cada uno de nosotros tiene una forma única de vivir su patrón. Algunos se sumergen completamente al comenzar con dos períodos diarios desde el primer día, otros miden lentamente el tiempo de meditación en cucharaditas: cinco minutos, unos pocos días a la semana. En última instancia, lo que importa no es cuánto tiempo dedicamos o si tenemos éxito, sino que nos dedicamos  — en la realidad física, no en la ficción mental —; comenzamos a sentarnos, a quedarnos quietos y a hacer la labor del silencio.

 

Sentados. Una posición intermedia entre estar de pie y acostados. Puedes meditar en cualquier postura o actividad, pero será algo muy singular lograr este estado (meditativo) continuo si no has aprendido primero a sentarte. Sentarse quieto en un ambiente tranquilo permite que la mente se calme. Al principio sentimos lo opuesto a la calma: ansiedad, inquietud y confusión frente a la agitación mental y emocional que llega en oleadas. Notamos lo distraídos que estamos, pero buscamos instintivamente la distracción de la distracción por más distracción. Dejar a un lado los pensamientos es la respuesta simple para superar esta reacción. Pero lo podemos confundir con el objetivo de dejar la mente en blanco y sentimos que hemos fallado si, después de cuarenta segundos, todavía estamos distraídos. Entonces, en lugar de eso, decidimos no perder el tiempo, hacer algo útil y posponer la meditación por otros cuarenta días.

 

Para no rendirnos a la distracción, necesitamos dos cosas: la motivación de que podemos confiar, que viene de lo que nos rodea; y  la apertura genuina a algo nuevo e inimaginable. A medida que esto se desarrolla, necesitamos la virtud que los japoneses llaman gamon: la perseverancia, la determinación de continuar a pesar del viento en contra, soportar la derrota con paciencia y dignidad, y transformar el fracaso en sabiduría. Cuando los japoneses-americanos fueron internados durante la guerra, sus encargados de la prisión norteamericana malinterpretaron su gamon como pasividad y falta de iniciativa. De manera similar, hoy podemos ver el buen trabajo de la meditación como poco realista, reemplazándolo con «bienestar» o relajación. Pero entonces extrañamos el verdadero fruto de la labor del silencio: la inconsciencia de la compasión genuina.

firma Laurence

Laurence Freeman OSB

 

Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)