P. Laurence Freeman OSB

Carta del P. Laurence, octubre 2023

Querida Comunidad de Meditadoras y Meditadores:  

Estamos empezando a darnos cuenta de que la pandemia del Covid ha sido un punto de inflexión para nuestro mundo. Nos ha asustado el volver a salir, retirándonos a la zona de confort de la realidad virtual de Zoom, y ha sacudido nuestra confianza en la autoridad auténtica. Para muchos creó una falsa solitud que agravó la epidemia previa de soledad que sólo la interioridad, la verdadera solitud en unidad con los demás, puede curar. Y sin embargo (y cuidado con las explicaciones aisladas), al mismo tiempo, mientras la pandemia mantenía a la gente encerrada en casa, ayudó a muchos a buscar más profundamente el espacio interior de la contemplación.  

El programa online de nuestra comunidad nació durante el Covid específicamente como “un camino contemplativo a través de la crisis”. Durante los primeros meses, observé que una cara familiar estaba presente en casi todos los eventos online. Cuando hablé con esta persona más tarde, me contó que durante el encierro había experimentado una profunda conversión personal. Cada evento online hizo que el proceso fuera más profundo. Mientras escuchaba, pude ver los signos de este cambio personal: una mayor apertura de espíritu y dulzura de modales, un sentido de humildad ante lo que había vivido, una nueva ternura.  

Es el mismo mensaje para todos, pero hay una interpretación diferente para cada uno: como el caso del estudiante de empresariales con el que hablé sobre su aprendizaje de la meditación y que me enseñó que el camino de la verdadera metanoia no siempre es fácil. Había comenzado una práctica diaria de meditación, una vez al día. Le pregunté qué sentía acerca del “trabajo del mantra”. Él dijo: “Bueno, me parece que está bien y me atrae. Pero es difícil”. Entonces le pregunté qué hacía cuando le resultaba difícil: dijo que se ponía los auriculares y escuchaba una meditación guiada o música suave. Pero estaba abierto a discutir esto y al final pareció agradecido de escuchar lo que yo, o cualquier meditador experimentado, hubiese sugerido: permanecer con el mantra, suave y fielmente, y quitarse los auriculares. *

Créeme. Incluso con el mantra, el meditar al aire libre, bajo un sol abrasador, en medio de una multitud de cientos de jóvenes, con los más cercanos a ti cantando ‘Feliz cumpleaños’ en todos los idiomas a máximo volumen, es un desafío. Esta fue una idea de lo más sabia que surgió entre los veintidós jóvenes adultos meditadores (desde Indonesia hasta México) con quienes asistí a la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa el mes pasado. Nos sentamos en círculo en el suelo con la esperanza de ser una señal con nuestro ‘flash mob de meditación’. ¿Con qué significado? Que no es necesario ser solemne ni muy devoto para entrar en la habitación interior de la contemplación; que la meditación es parte de la vida, como las fiestas de cumpleaños, los viajes y conocer gente nueva.  

La unidad de nuestro pequeño grupo conectó con la bulliciosa multitud que nos rodeaba y, eso esperábamos, le sirvió de testimonio. En total, el millón y medio de jóvenes cristianos de un récord de 200 países representaban en toda su riqueza la caótica catolicidad de la Iglesia, con un amplio espectro de individuos, comunidades y tipos de teología. Cualquiera que piense que la Iglesia puede imponer creencias y prácticas homogéneas será mejor que se lea los Hechos de los Apóstoles y que asista a la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Seúl. No estoy diciendo que se tratara ya de la Jerusalén celestial -a menudo se parece más a la terrenal, a escala global. Pero mientras las olas de alegres jóvenes se entremezclaban y fluían por las calles de Lisboa, la pregunta que me rondaba era: “¿cuál es la esencia de esta experiencia de unidad?” Ni un equipo de fútbol ni una estrella de rock. Ni una sola preferencia teológica. La fuente de tal unidad no es fácil de explicar. Está más allá del horizonte de nuestra visión. Pero entonces me acordé de Wittgenstein, el filósofo de lo simple, pero difícil de entender. Dijo que para comprender todas las creencias y comportamientos humanos, debemos tener en cuenta la distinción vital entre “lo que se puede expresar y lo que no se puede expresar, sino sólo mostrar”. A aquellos que tenían ojos para ver y oídos para oír – a veces con ruido y otras en silencio – se les estaba mostrando esta unidad.  

No se me ocurría ningún mitin político o evento deportivo que pudiera unir a tanta gente a tal escala. Si tan sólo la Iglesia pudiera vivir mejor esta unidad inmanente en su vida ordinaria; y si los medios de comunicación fueran más objetivos al informar lo que este tipo único de celebración intercultural muestra sobre el potencial humano. Por supuesto, todo el evento fue una multitud llamativa de más de un millón. Sin embargo, dada su corta semana de super-vitalidad y a pesar de su magnitud, resultó ser a escala humana. Los jóvenes meditadores eran un grupo humano diverso lo suficientemente pequeño como para reconocer y aceptar las grandes diferencias entre nosotros, individual, lingüística y culturalmente, desde un banquero de inversiones hasta un estudiante de teología. También fue lo suficientemente auténtico como para abrir los ojos del corazón a una misteriosa presencia personal, que podía ser mostrada pero no fotografiada y que era la fuente de nuestra unidad más allá de nuestros horizontes interiores, el amigo mutuo de nuestra amistad.  

Nuestro amigo común, Jesús, nos mostró que la unidad no es uniformidad. No puede ser encerrada en una caja que una fuerza externa pueda sofocar o suprimir, controlar o contener. La larga historia de opresión social y personal muestra la resiliencia de la unidad de la humanidad en libertad. Esta fuente de unidad, en última instancia, irreprimible, es siempre enemiga de las fuerzas opresivas. Sin embargo, la oscura fantasía de “1984” de Orwell o la profecía de la “burocracia totalitaria” de Simone Weil parece cada vez más real hoy en día en la vigilancia masiva y la aplicación de un control despiadado en China o en los gusanos algorítmicos secretos de los medios de comunicación. Fuerzas anónimas impulsadas por la codicia de poder sólo pueden degradar nuestra sagrada libertad humana y nuestra catolicidad divina si se lo permitimos. En su aplicación pervertida de la ciencia, la tecnología y los medios de comunicación, el lenguaje de la comunicación de masas se convierte en mentiras y disparates, negaciones absurdas de lo obvio, que pocos se atreven a exponer.  

La verdad se distorsiona en realidades alternativas, la paz se convierte en el resultado de la agresión, la justicia se traiciona en la guerra de intereses especiales, el amor se reduce al deseo, la conversación al ruido de la jungla. Sin la defensa de la realidad, por la cual la mente contemplativa está dispuesta a sacrificarse, los mejores inventos de la mente humana quedan esclavizados al servicio de los dioses de Mammón y el nacionalismo. La imaginación creativa está poseída por el demonio del orgullo y le lleva a idear medios cada más fríos de destrucción masiva; las formas de “comunicación” están diseñadas deliberadamente para oscurecer, crear adicción y polarizar; las ciencias de la tierra capaces de resolver las crisis que nosotros mismos hemos creado se utilizan indebidamente para explotar los recursos finitos que quedan en la biosfera; y la economía, capaz de lograr una distribución más justa de la riqueza, amplía la brecha entre ricos y pobres y nos aleja a todos de nuestro hogar común en este frágil planeta.  

Es fácil hacer listas retóricas de nuestros problemas actuales. Sin embargo, una vez que hayamos visto la clave esencial y estemos listos para hacer preguntas sobre cómo cambiar -nuestras vidas personales o el destino de la humanidad- deberíamos suspender el análisis y formular la pregunta redentora que inicie un verdadero cambio de dirección. El primer paso transformador de la recuperación es preguntar: “¿Qué puedo hacer?” Aquellos que se adentraron en el desierto de Judea para encontrar un profeta le preguntaron a Juan el Bautista: “¿Qué haremos?”. Casiano y Germano le pidieron a su maestro del desierto, “danos un ejercicio”. *

Existen muchas artes dentro del arte de la oración. Practicadas de buena fe, no se excluyen mutuamente. Como diferentes instrumentos en una orquesta, incluso si parecen usar medios muy diferentes, todas conducen a la única oración del Espíritu. Está el arte del trabajo del silencio, la gran pobreza de espíritu, como la llamó Casiano, que ha formado y renueva nuestra comunidad. Esta pobreza, la primera bienaventuranza, la obtenemos mediante la “renuncia a todas las riquezas del pensamiento y de la imaginación”. Es la comprensión central de la oración en toda la tradición del desierto: el “dejar a un lado los pensamientos”. La compartimos con muchos de los jóvenes peregrinos en Lisboa que parecían hambrientos de espacios de silencio y quietud, especialmente en medio de la constante actividad y el ruido. Otro arte de la oración, la lectura de las Escrituras, que por el contrario utiliza palabras e imaginación, se entrelaza de manera enriquecedora con el camino del silencio y la quietud mental. Necesitamos ambas, como un avión necesita dos alas para mantener su rumbo.  

Cuando decir el mantra se vuelve difícil, los meditadores que han aprendido su arte resisten la tentación de ponerse los auriculares. Incluso con un sentimiento de fracaso podemos abrazar y disfrutar la obra de la Palabra, “en la prosperidad y la adversidad”, y aprender lo que significa convertir la vida en una peregrinación siendo un peregrino en todo. Entonces nos beneficiamos de cada paso que damos en nuestro camino diario, incluso de aquellos que son marcha atrás, acogiendo la amistad de los demás y las muchas prácticas enriquecedoras y sorpresas que enriquecen el camino. Una de las prácticas complementarias más nutritivas es el arte de leer textos sapienciales de una manera que les permita a ellos leernos a nosotros, transformar nuestras perspectivas de vida y revelar que lo sagrado está en todas partes. A medida que aprendemos a leer de esta manera, los textos se fusionan sutilmente, a menudo de forma imperceptible, a lo largo del día con nuestros pensamientos, palabras y recuerdos. Como amigos, compañeros, maestros, se convierten en pozos inagotables de sabiduría.  

A finales de este mes comenzamos una serie de sesiones online llamada “Entre líneas: cómo leer la Biblia y otros textos sagrados”. Leer de la manera en que se deben abordar los textos sagrados para que podamos descubrir sus tesoros escondidos es una de esas raras cosas de gran valor: algo que es bueno en sí mismo. Cada vez, de forma fresca, abre nuevas maravillas de la conciencia, siempre refrescando nuestras mentes cansadas o espíritus deprimidos, al mismo tiempo que nos prepara para volver a la meditación y al trabajo esencial de la pobreza. La sabiduría de grandes textos como la Biblia se entrelaza, fusiona y superpone con la de otras tradiciones. La sabiduría es un lenguaje de revelación con muchos dialectos, muchas lenguas. Siguiendo estas huellas con paciencia y atención, comprendemos que ya somos miembros de una gran familia de sabiduría, mayor de lo que podríamos imaginar. Siempre tenemos muchos más parientes de los que pensamos, y cuanto más los descubrimos, más experimentamos el parentesco ilimitado con los vivos y los muertos, con los lejanos y cercanos, con los recordados y los perdidos en la memoria. Toda la humanidad pertenece a la familia de la sabiduría que se expresa en grandes escritos transmitidos a lo largo de los milenios.  

Como en un gran encuentro familiar que reúne a diferentes generaciones y culturas, las diferentes partes del clan, así como cada individuo, sienten un enriquecimiento de identidad al celebrar en unidad todas sus diferencias. Cada vez que leemos un texto sagrado –no tanto comentarios sino el original- celebramos esa unidad. Pero para muchos feligreses y seguidores de otras religiones, las Escrituras sólo se escuchan murmuradas desde el ambón para ser predicadas después, generalmente de manera moralista más que mística, desde un púlpito. Sin una escucha atenta no hay escucha transformadora y, sin escuchar, el músculo de la atención se atrofia como lo está haciendo en nuestra era de distracción. Se trata de un conocimiento básico de los textos y las tradiciones: menos de la mitad de los cristianos estadounidenses que se identifican a sí mismos como tales pueden siquiera nombrar los cuatro evangelios. En las mentes distraídas, las palabras escuchadas a medias y predicadas en exceso se convierten en un revoltijo. Los espacios vacíos entre las líneas, que nos ofrecen espacio para expandirnos y volar, a menudo están llenos de consignas, y lo sagrado rápidamente se convierte en político. Las palabras que creemos saber entran por un oído y salen por el otro sin jamás despertar la mente con la gran sorpresa que surge al reconocer nuevas realidades. Kafka describió la verdadera lectura “como un hacha para el mar helado que llevamos dentro”. *

Para muchos, especialmente la generación más joven, no sólo los textos sagrados, sino también cualquier forma de lectura de una página, resulta terriblemente desconocida. Les hace sentir su soledad. Una estudiante me dijo una vez que prefería estudiar en su ordenador en un café ruidoso porque el silencio de la biblioteca le resultaba escalofriante. Otro me dijo que obtuvo la mayor parte de sus conocimientos de YouTube y que casi nunca leía una página física. Pero después de empezar a meditar, poco a poco se sintió atraído por leer libros por primera vez. Describió de manera reveladora su sentido de la diferencia entre palabra e imagen. YouTube era más fácil, más pasivo, pero no retenía muy bien su contenido. Leer era más difícil, pero proporcionaba la sorpresa de “encontrarse con otra mente”. Lo que leía le entraba en la memoria a largo plazo. Esto sugiere lo que quiso decir San Bernardo cuando habló de la “palabra que se hace carne” cuando la atendemos con amor y le permitimos deslizarse de la conciencia mental a la del corazón. San Benito hizo de la lectura diaria uno de los tres pilares de la vida de los monjes. Prescribió una hora extra durante la Cuaresma. Esto es aún más sorprendente porque las tasas de alfabetización eran bajas en el siglo VI, por lo que muchos habrían aprendido a leer al tiempo que aprendían a vivir la vida monástica. Una parte de su aprendizaje consistía en cómo orar. Sin embargo, parecía creer que todos los monjes podían (de hecho, debían) leer; y, como muchos abades desde entonces, tuvo que exhortarlos a que lo convirtieran en una práctica seria y regular. Hoy en día, muchos de los que se afanan con los correos electrónicos en las comunidades contemplativas luchan por “hacer tiempo para leer”, al igual que sus homólogos en ocupaciones más mundanas. ¿Por qué este énfasis en la lectura en la tradición contemplativa? No para convertirnos en eruditos o ganadores de concursos o aprobar exámenes. Sino porque el proceso de lectura atenta ilumina nuestra interioridad y nos atrae seductoramente hacia la habitación interior. La lectura es beneficiosa para todos porque la atención requerida conduce a la quietud y, por tanto, a una mente más clara y menos egocéntrica. Para el practicante contemplativo es una parte esencial de su vida. Todo niño necesita aprender a leer. Como contemplativos necesitamos aprender a leer de esta manera. Un poco de entrenamiento nos ayuda a involucrarnos con los textos de las Escrituras y de la sabiduría de una manera transformadora. Espero que mi curso ayude a las personas a descubrir esto por sí mismas porque en este, como en cualquier aprendizaje, la experiencia es la maestra. *

El arte de la lectura es la primera etapa del arte de la oración en sí porque, al igual que la oración pura, la ‘lectio’ me ayuda a desviar la atención de mí mismo y ver que la esencia de la oración pura es la atención centrada en el otro. Este tipo de lectura no es para entretenimiento o información. Es para entrenamiento mental y enriquecimiento profundo en el conocimiento de uno mismo. Es un viaje de descubrimiento que se expande para mostrar cómo todas las relaciones de la vida diaria (aquellas con las que disfrutamos, luchamos o simplemente soñamos que pueden suceder algún día) nos conducirán a espacios más amplios e interiores. La lectura nos familiariza con nuestra propia mente y favorece una relación sana con nosotros mismos. Leer bien textos sagrados o bellos es volvernos más transparentes y honestos con nosotros mismos porque ellos nos devuelven la atención leyéndonos a nosotros. La lectura refleja nuestra mente como la mente refleja lo que leemos. Pero los textos más importantes los vemos a través del espejo. Cruzamos la frontera del lenguaje y la imaginación. Nuestra “relación con Dios” se libera de la dualidad a medida que avanzamos hacia la unión con la red de relaciones que componen el mundo. En realidad, esto simplemente describe el viaje humano en sí. La meditación, apoyada en una buena alimentación y en la disciplina de la lectura, con otras prácticas contemplativas y el compromiso del trabajo como servicio, no explica, sino que nos muestra lo que significa ser humano. Estas prácticas sostienen el proceso de metanoia que dura toda la vida, cambiando nuestra mente y sus hábitos desgastados, y ampliando nuestros horizontes de visión. Lo que vemos es en lo que nos convertimos.  

En una cultura tan obsesionada de forma adictiva con las imágenes como la nuestra, volver a aprender el arte de la lectura ofrece un camino de regreso a la capacidad visionaria -más allá de la imaginación- de la mente contemplativa. Ofrécete a él… la adoración ofrecida por la mente y el corazón. No te adaptes más a los esquemas de este mundo actual, sino que deja que tu mente se rehaga y toda tu naturaleza se transforme así. Entonces discernirás lo que es bueno, aceptable y completo. (Rom 12,1-4) ¿Cómo tiene lugar esta gradación en el cambio? La vida consiste en un variado menú de acontecimientos catastróficos, pérdidas insoportables, celebraciones estimulantes y sanaciones profundas. Pero los cambios más profundos se desarrollan silenciosamente, no a simple vista, de manera imparable y con un sentido de significado abrumadoramente gentil y generoso. Los textos sapienciales, como el Tao Te Ching, por ejemplo, nos incitan a comprender por qué “la paz y la tranquilidad gobiernan el mundo”, incluso cuando vemos el mundo inmerso en la agitación. Y en un mundo de agendas abarrotadas se nos recuerda, como en el Salmo 46, por qué debemos “estar quietos y saber que yo soy Dios”. En la próxima serie de charlas también me gustaría mostrar cómo la lectura de estos textos universales necesita un contacto directo, no de segunda mano. Leámoslos con nuestros propios ojos para así liberar una fuente de alegría que a menudo está bloqueada para la gente moderna porque la experiencia personal a menudo es filtrada y exteriorizada. Para aprender a leer de esta manera necesitamos alejarnos de las pantallas. El anzuelo es simplemente lo que nos da alegría, y nos enseña a preferir lo real y sin empaquetar a la imitación.  

La meditación y los lugares, como Bonnevaux, donde ésta se practica a diario, son algo más que rutas de escape a los problemas del mundo. Señalan, aunque sea humanamente, el sacrificio de atención que debemos hacer a lo real. Se trata de algo más que recargar pilas agotadas. Son transformadores. El proceso de metanoia iniciado con la meditación en común continúa en casa y en el trabajo. La experiencia de uno mismo y una nueva forma de ver es libre y liberadora para quienes se arriesgan a la práctica diaria y viven cada día en transformación. El camino es el mayor desafío: confiar en lo más simple que podemos encontrar. La experiencia contemplativa, alimentada por las dos prácticas de meditación y lectura sagrada, lo simplifica todo. Permite que la paradoja de la realidad se abra como una flor y germinen las semillas que se convierten en frutos del espíritu. Maravillosamente, la meditación se fusiona con la vida diaria. Y los lugares como Bonnevaux, donde podemos aprender la peregrinación de la metanoia y regresar para refrescar nuestra práctica, se convierten en un ‘por doquier’.  

Con todo mi cariño, Laurence Freeman OSB