Bonnevaux, P. Laurence Freeman OSB

Fiesta de San Benito 2025 -11 de julio

Claustro de Bonnevaux

La primera vez que entré en un claustro monástico tenía seis años. Acompañaba a mi madre a una entrevista en la escuela benedictina donde recibiría mi educación primaria y secundaria. Sin saberlo, nos habíamos adentrado en el claustro, pero al ser vistos por un viejo monje que bajaba las escaleras, reaccionó como si los bárbaros hubieran incendiado el monasterio. ¡Una mujer en el claustro!

San Benito reconoce en su Regla que hay distintos tipos de monjes. Se centra en los que eligen vivir en comunidad bajo un abad, pero lo ve como preparación para una forma de vida solitaria más madura, que también tiene muchas variantes. Llamó a su Regla “una pequeña regla para principiantes”. Su último capítulo afirma que “la plena observancia de la justicia no se encuentra en esta regla”. A pesar de ello, la Regla benedictina se convirtió en la norma del monacato occidental y contribuyó a dar forma a la iglesia, la educación y las instituciones principales de Europa durante mil años. Los primeros registros de monjes cristianos son tres siglos anteriores a Benito, en Egipto y Siria, y él fue profundamente influenciado por sus enseñanzas a través de los Padres del Desierto y las Conferencias de Juan Casiano.

Pero existía un vínculo directo entre estas formas orientales iniciales del arquetipo monástico y las tierras celtas desde el siglo V. En Irlanda y Escocia, especialmente, floreció una forma muy distinta de cultura monástica y espiritualidad, hasta que finalmente fueron absorbidas por el impulso centralizador de Roma.

El monasterio celta era como una pequeña aldea, con fuertes redes familiares y círculos concéntricos de miembros que vivían juntos. Más cerca del oratorio estaban las celdas de los ascetas. Pero todos los niveles de sus miembros eran llamados “monjes”. Este claustro celta más inclusivo daba menos importancia a la estabilidad física que la Regla de Benito. Los monjes irlandeses se convirtieron, como lo harían más tarde los herederos de Benito, en grandes misioneros y evangelizadores. Los monasterios irlandeses eran centros internacionales de aprendizaje y famosos por sus grandes santos como Columba, fundador de Iona, y Aidan, fundador de Lindisfarne.

Benito fundó catorce comunidades monásticas laicas en vida sin intención aparente de iniciar una “Orden”. De hecho, hasta hoy, los benedictinos no constituyen una orden en el sentido canónico. Benito no era sacerdote y sus monjes rara vez eran clérigos. La clericalización del monacato llegó mucho después. Así que, a pesar de las diferencias entre el monacato benedictino y el celta, compartían más de lo que muestran las instituciones monásticas medievales que ahora conforman nuestra imagen estereotipada.

Todo esto es mucho más que una curiosidad histórica, porque el espíritu monástico intemporal hoy está desarrollando muchas expresiones nuevas. Estas nuevas ramas del mismo “árbol de la vida” —de cómo vivir verdaderamente en búsqueda de Dios— tienen un valor inmenso para una cultura que ha perdido su conexión con las realidades espirituales y que, como consecuencia, se está deshumanizando.

Montreal, 1980. Su Santidad el Dalai Lama sostiene un ejemplar de la Regla de San Benito entregado por el padre John. (nota: a la izquierda del Dalai Lama el P. John Main, a su derecha el joven Laurence Freeman)

John Main fue un monje del siglo XX que vivió y creyó profundamente en la capacidad de la vida monástica para revivir y renovar el cristianismo y la sociedad. Sus raíces estaban en la tradición irlandesa y su formación en la benedictina. Su vida y enseñanza integraron ambas de forma creativa y valiente. Así que, en esta festividad, recordamos lo que ha dado a las futuras generaciones a través de la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana: un “monasterio sin muros”. Hoy lo celebramos aquí en Bonnevaux como el hogar espiritual de este nuevo tipo de claustro —el claustro del corazón— que la transmisión del don de la meditación cristiana por el padre John ha ayudado a muchos de nosotros a redescubrir y encontrar paz.

Solo queda un lado del claustro original del monasterio fundado en Bonnevaux hace 900 años. Los otros tres han sido llevados más allá de nuestra vista hacia el misterio global del Cristo que habita en nosotros.

 ¡Feliz fiesta!

Laurence Freeman OSB

Enseñanzas Semanales

Enseñanza 20, ciclo 5



La Regla de San Benito
Es fácilmente comprensible la satisfacción que le produjo a John Main descubrir en los escritos de Casiano y Evagrio tanto el camino de la oración utilizando una «fórmula como la teología que resuena en ellos, tan afín a la suya. Las raíces celtas de John Main influyeron en su teología. Quizá ésta fuera también la razón por la que se identificó y se sintió tan cómodo entre los benedictinos cuando decidió convertirse en monje. San Benito consideró que su «pequeña Regla es sólo el comienzo» y recomienda que «Cualquiera … que desee avanzar hacia los más altos estándares de vida monástica puede recurrir a la enseñanza de los santos Padres, las Sagradas Escrituras, las obras de Casiano – «Conferencias”, “Los Institutos” y “La Vida de los Padres” – y la Regla de nuestro santo padre Basilio” (Capítulo 73). El comienzo del bello y poético Prólogo de la Regla de San Benito describe los requisitos previos para la vida espiritual: “Escucha atentamente, hijo mío, mis instrucciones y atiéndelas con el oído del corazón”. Estas son las dos cualidades esenciales para comenzar el viaje hacia nuestro verdadero yo, el Cristo interior: prestar una atención cuidadosa y una escucha intuitiva profunda. De hecho, los temas que inician el Prólogo y siguen apareciendo a lo largo de la propia Regla son los que ya conocemos de los Padres y Madres del Desierto: obediencia, escucha atenta, oración y trabajo, pobreza, castidad y humildad, con paz y justicia como resultado: “Que la paz sea tu búsqueda y tu objetivo” (Prólogo). La regla de San Benito – obediencia, conversión y estabilidad – fue en gran medida fruto de la época en la que vivió con el gran caos que le rodeaba debido a las invasiones bárbaras y a la desintegración del Imperio Romano Occidental. No había seguridad ni física ni moral fuera de los muros del monasterio. Así, debían permanecer encerrados y ser autosuficientes siendo por tanto el «labora» tan esencial como el «ora». Cuando terminaron las «etapas oscuras» y la civilización se volvió a establecer en el siglo XII, las órdenes monásticas pudieron regresar a los votos originales de pobreza, castidad y obediencia. Durante las últimas lecturas, hemos estado analizando la importancia de los votos en la vida espiritual. San Benito, como hicieron Casiano y Evagrio antes que él, enfatizó desde el inicio que nuestra principal tarea en el viaje espiritual es dejar ir nuestra propia voluntad y nuestros deseos egocéntricos y despertar a la realidad de que ya estamos “en Dios». Esta comprensión hace que sea imposible no rendirse a la voluntad y al plan Divino para nosotros. La conciencia de estar envueltos por lo Divino nos hace darnos cuenta de nuestra conexión con la humanidad común a todos.  Entonces, experimentamos compasión y mostramos respeto por los demás y no nos resulta tan difícil seguir el consejo de San Benito de «mantener su lengua libre de conversaciones viciosas y sus labios, de todo engaño» (Prólogo). Sólo cuando estemos en silencio y nos hayamos alejado de criticarnos a nosotros mismos a través de nuestras proyecciones sobre los demás, podremos escuchar “esta voz del Santo llamándonos”. Estas palabras recuerdan a las de Casiano cuando dice: «El objetivo final de nuestra misión es el Reino de Dios o el Reino de los Cielos pero la meta intermedia es alcanzar la pureza de corazón». Toda la guía de San Benito se basa en las Sagradas Escrituras, mostrando su propia humildad: «con el Evangelio como guía… podemos merecer la visión de Dios que nos ha llamado a la presencia eterna». San Benito subrayó, además de las virtudes habituales, las de la paz y la justicia: “Los que caminan sin tacha y son justos en todas sus relaciones; los que hablan desde la verdad del corazón y no practican el engaño; quienes no han hecho mal a otro en ninguna de sus formas y no han escuchado calumnias contra un vecino” han sido agraciados con las virtudes de paz y justicia. Estas virtudes están estrechamente relacionadas con la virtud de la humildad: “No a nosotros, Señor, no nos des la gloria sino solo a tu nombre” (Prólogo). La humildad es tan importante para San Benito que dedica todo el Capítulo 7 a los doce pasos de la humildad. La humildad es fruto del verdadero autoconocimiento, al que llegamos estando alerta a las artimañas de los demonios, es decir, a nuestras propias energías negativas que intentan controlarnos. La humildad es dejar ir nuestros propios deseos y la voluntad egocéntrica y entregarnos a la voluntad de Dios, aceptando que simplemente desconocemos qué es lo mejor. Al mismo tiempo, es saber que no estamos solos en esta lucha, ya que siempre somos abrazados por la presencia y protección de Dios.
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España