P. Laurence Freeman OSB

Jueves de la segunda semana de Cuaresma: Lucas 16, 19-31.

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Había un hombre rico que solía vestirse de púrpura y lino fino y festejaba magníficamente cada día. Sigue leyendo.

Y allí en su puerta se ponía un pobre hombre llamado Lázaro, cubierto de llagas, quien ansiaba llenarse con las migajas que caían de la mesa del hombre rico. También los perros venían y le lamían las llagas.

Nuestro  bienestar físico y material es un tema sensible. Lo sentimos cada vez que pasamos a un mendigo  en el metro o en la calle. Conscientes de nuestro privilegio, por un momento, se nos olvidan nuestras quejas y problemas: todo podría ser mucho peor, pensamos. Si mantenemos ese pensamiento por más de unos segundos podríamos considerar el posible escenario en el cual nuestros roles podrían invertirse. Los poderosos algunas veces son derribados de sus tronos. Pero entonces: ¿nosotros damos algo (en una sociedad sin dinero efectivo)? ¿Por qué estamos en verdad haciendo esto? ¿Con quién estamos siendo bondadosos? ¿Estos breves encuentros con el otro lado de la sociedad tienen impactos duraderos en nuestra forma de vida, en nuestros  valores vividos?

Una vez en un hermoso día de verano salí de un edificio a la brillante luz del sol. Todo el mundo se veía feliz. También el joven hombre sentado en el pavimento pidiendo con su mano. Nuestros ojos se encontraron y sin pensar dije, ‘qué día encantador’. El asintió  entusiasmado con la cabeza y dijo, ‘si fantástico… espero que dure’.  Eso fue una momentánea confusión de roles, pero todavía parte del hermoso día.

En la parábola de hoy  del hombre rico y Lázaro escuchamos de ‘un gran abismo que ha sido preparado para detener a cualquiera, si él quisiera cruzar de nuestro lado al de ustedes,  y detener cualquier cruce desde su lado al nuestro’. Esto se refiere a las kármicas consecuencias de auto-aislamiento, estando tan preocupados con mejorar o proteger nuestro propio bienestar que nosotros, en efecto, deliberadamente ignoramos la oportunidad de  mejorar la condición de aquellos en mayor necesidad o aun para relacionarnos con ellos. ‘La gran brecha’ en el Kármico reino (más allá) es visible y tangible cada día a aquellos que tienen un mínimo de sensibilidad. Es una causa mayor de la inestabilidad y agitación del mundo moderno – la protesta de los humillados. ‘Los pobres estarán siempre con ustedes’ Jesús dijo, pero el tamaño de la brecha se ha convertido en nuestro gran problema.

En nuestra práctica de Cuaresma – renunciando a algo y haciendo algo extra – esperamos re-sensibilizarnos a la realidad. Desafortunadamente, tendemos a ser selectivos acerca de los aspectos de realidad que reconocemos y con los que nos relacionamos. Destacamos y disfrutamos pequeñas partes. Otras las negamos o escogemos olvidarlas: ‘embrutecimiento deliberado’ (escoger no ver) es una frase de T. S. Eliot que expone nuestros juegos mentales  y expone la fragilidad de cualquier paz falsa edificada sobre ellos:

Serenidad: solo un deliberado embrutecimiento. Sabiduría: solo el conocimiento de secretos muertos. Inservibles en la oscuridad dentro de la que ellos se asomaron. O de la que ellos voltearon sus ojos.

No podemos ser selectivos acerca de la realidad sin comprometer todo. Esencialmente la ‘santidad’ a que aspiramos en la Cuaresma no es una virtud moral sino un asunto de percepción, es cómo vemos el todo al que pertenecemos. Y salvarnos no se trata de evitar el castigo del eterno fuego del infierno sino ahorrar tiempo ahora.

firma Laurence

Laurence Freeman OSB

Traducción: Jorge Rago (WCCM Venezuela)

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