
Para leer el Boletín en español hagaclick aquí: Boletín Julio 2019 cast

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Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?
Viene a nosotros escondido; la salvación consiste en reconocerlo (Simone Weil) .
Ha sido un largo camino desde el miércoles de Ceniza a la mañana de la Resurrección. No ha terminado aún. Si nos perdimos de algo, lo repasaremos tantas veces como sea necesario hasta reconocerlo. Pero, por ahora, el camino se ve bañado en su luz. Sobre todo, no hay nada más que temer.
Nuestra invitación a morir es también a levantarnos a una nueva vida, en comunidad, en comunión, una vida plena sin miedo. Supongo que es difícil estimar a qué es lo que la gente teme más – a la muerte o a la resurrección. Pero al meditar perdemos todo nuestro miedo, pues caemos en la cuenta que la muerte es muerte al miedo y la resurrección es surgir a una vida nueva. John Main
iFELICES PASCUAS, ALELUYA!

Laurence Freeman OSB
Traducción: Enrique Lavín, WCCM México

Algo extraño está sucediendo – hay un gran silencio en la tierra hoy, un gran silencio y quietud. Toda la tierra se mantiene en silencio.
La muerte es un maestro duro. Pero un buen maestro. Al principio parece ser el gran enemigo – como los grandes maestros pueden parecer también. Pero, ya que hemos aprendido, se vuelven nuestros amigos. En el Katha Upanishad, el niño Nachiketas está resuelto a encontrar el significado de la verdad y sabe que debe enfrentar y cuestionar a la muerte si quiere tener éxito. Dejando su casa y su familia se embarca en una búsqueda a través del umbral del mundo conocido. Cada tradición de sabiduría reconoce la importancia de recordar que debemos morir y nos previene que resistir la tentación – por más lógico que pudiera parecer – es negar la realidad.
Hoy, Sábado Santo, es el día después. Ya no podemos negar el hecho. Enfrentándonos a esto, aprendemos también el significado del silencio. No hay nada más silente que la muerte. No sólo eso, sino que llegar al silencio es morir a nuestro yo. La única manera que hay de acercarnos a la dimensión de lo divino es a través del silencio de nuestras facultades. No hay plataforma de observación en la que se pueda refugiar nuestro ego, para decir ‘cuánto silencio hay aquí’. Qué es estar muerto, los vivos no podemos saber. Atisbamos, con cierto grado de miedo, que nuestro cuerpo no es propiedad privada.
Vivir con esta incertidumbre hace que la contemplación se vuelva inevitable. De otro modo construimos falsas certezas y seguridades que le roban a la vida su dignidad y alegría. En la meditación, el trabajo del silencio, todas nuestras ideas sobre Dios se vuelven obsoletas. Dios muere – como la sociedad secular moderna bien sabe. Y sin embargo Dios sobrevive su propia muerte, pues no es Dios el que muere sino nuestras más preciosas imágenes sobre Dios.
Por más doloroso que sea el abismo de la ausencia en la muerte, si acogemos al silencio, aprendemos que ni la muerte ni el silencio son una negación o un vaciamiento del sentido de la vida. Es un vacío que al mismo tiempo produce plenitud: la pobreza de espíritu que nos hace ciudadanos totales del reino de Dios.
El silencio no dice nada. No tiene mensaje excepto él mismo. El silencio crece a través de todas las dimensiones de la realidad. El silencio del cuerpo sucede no a través de la opresión o la humillación sino por la disciplina y el amor. El cuerpo tiene un millón de procesos operando al mismo tiempo. A no ser que estemos enfermos, no estamos conscientes de estarlo de todos ellos. Pero es más difícil meditar o hacer el trabajo del silencio con una nariz que fluye o que está tapada o con un dolor de muelas. El silencio de la mente también se logra no a través de la fuerza sino por la dulzura de la repetición de entrenar nuestra atención – poner nuestra mente en el Reino de Dios. No en la idea o imagen del reino, sino en el reino que está en silencio. Más aun, que es silencio.
Todo, incluyendo el lenguaje y la imaginación, procede del silencio. Para vivir y buscar de verdad, necesitamos regresar con frecuencia al trabajo del silencio, hasta que se vuelve, como nuestras operaciones biológicas, un ritmo bendecido y natural sobre el que ya no necesitamos pensar.
Jesús se introduce en lo más profundo del cosmos y explora cada rincón de la naturaleza humana y de la historia. Toca el punto singular de origen y simplicidad, el mismo en que la ciencia cree pero no puede encontrar. El Sábado Santo es la celebración de la quietud universal en el corazón de la realidad. Cuando nuestra mente se abre a aprender esto, no se vuelve silente. Se vuelve silencio: más allá de todo pensamiento, palabra e imaginación. Es la gran liberación.
Como silencio, en silencio esperamos que suceda el gran evento que manifiesta la vida del amor del que todo procede y al que todo regresa.

Laurence Freeman OSB
Traducción: Enrique Lavín, WCCM México

Cuando dijo esto, uno de los alguaciles que estaba cerca, dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal; pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?
El recuento de la Pasión de Cristo se destaca como uno de los más grandes textos de todos los tiempos donde se refleja la profundidad del significado de la humanidad. Es específicamente personal – el inocente, acusado falsamente, vuelto chivo expiatorio y tratado inhumanamente, torturado y bárbaramente ejecutado. Es un relato antiguo que muestra la peor faceta de la humanidad cuando utiliza su poder sobre el individuo; y es algo que continúa sucediendo al tiempo que escribo estas líneas que ustedes leen. Cada caso, sin embargo, es singular. La exacta particularidad de cada uno es lo que revela este significado y junto con él – con el sentimiento de conexión – siempre hay, paradójicamente, esperanza.
El Viernes Santo expande el sentido humano de la dimensión espiritual. Nos lleva a estar del lado del chivo expiatorio, de forma que el mecanismo por el que culpamos a los otros y los hacemos sufrir por nosotros se ve expuesto. El secreto de cómo funciona el poder queda a la luz. Vemos el mundo tal cual es. La violencia es irracional. Cuando Jesús le responde al guardia que le pega, vemos cómo la razón desarticula la garra de la violencia. No tenemos registrada la respuesta del guardia. La única respuesta real sería admitir el auto engaño atrás de esa violencia, pero siendo incapaz de admitir esto, probablemente abofeteó de nuevo a Jesús.
Hay aún, otra dimensión de este sentido, todavía más transformadora que el exponer nuestra adicción a la violencia. Tiene que ver con el significado del sufrimiento. En la ‘Guía del modo de vida del Bodhisattva’ escrita por Santideva, un clásico budista del siglo VIII después de Cristo, vemos como este significado se universalizó. Un bodhisattva es un ser humano que dedica todo su ser al bienestar de la humanidad, a atenuar el sufrimiento en donde sea. El Dalai Lama comenta sobre este texto, que cuando un gran bodhisattva sufre, lo hace sin generar negatividad.
Los evangelios van más allá cuando nos presentan las últimas palabras de Jesús en la cruz: ‘Padre, perdónalos pues no saben lo que hacen’. No sólo no se genera negatividad en la cruz, sino que se genera sabiduría y compasión sin límite. Si Jesús hubiera dicho ‘Los perdono…’ el efecto hubiera sido menor por su misma individualidad. Al contrario, invocó a la fuente del ser, en la que se encuentran contenidos tanto Él como sus verdugos y aquellos que lo traicionaron. Esto no es una prórroga judicial o un simple acto de clemencia. Viene de una profunda inspiración sobre la causa, la ignorancia y la falta de auto consciencia de los responsables. En un instante atisbamos el significado del perdón, hacia los otros y hacia nosotros.
La muerte de Jesús genera una ola de amor iluminado y brillante que se esparce a través de todas las dimensiones de la realidad, a través de todos los tiempos y todos los espacios. Aunque no lo reconozcamos, su sufrimiento nos toca a todos y expone nuestras fallas humanas, pero sin culpa, remordimiento o responsabilidad. Y hace esto revelando tanto nuestra bondad esencial como nuestro potencial. Por eso es que en el antiguo claustro de Bonnevaux, esta tarde, vamos a escoger avanzar, hacer una reverencia frente a la cruz y besarla.

Laurence Freeman OSB
Traducción: Enrique Lavin, WCCM México

Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: ― ¿Y tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?
Según el relato que San Juan hace de la Última Cena, hay más énfasis en el acto de lavar los pies que en partir el pan y el vino. Pero ambos puntos de vista se enfocan en el cuerpo.
Para entender cuán central es el cuerpo humano para el significado de la Pascua – y de hecho para la esencia del cristianismo – necesitamos pensar en nuestro propio cuerpo. Tenemos dos opciones cuando pensamos en nuestro cuerpo. La primera es lo atractivo o poco atractivo que nos podemos sentir físicamente. Hay un breve y gloriosamente inmortal período en la vida cuando (aunque sin el cien por ciento de certeza) nos damos cuenta que somos jóvenes, estamos en forma y hasta podríamos pensar que competimos con igualdad con otros cuerpos alrededor nuestro. Hay unos cuantos de nuestros contemporáneos que se sienten gloriosamente ciertos de esto por un tiempo. Si estuvieran en una subasta de esclavos en la Roma antigua, serían el objeto más popular en venta. Esto es – espero –solamente una alteración menor de nuestra auto estima y para muchos de nosotros algo poco importante. Sin embargo, el punto es que por un periodo de tiempo vamos a tener confianza en nuestro cuerpo físico. Con mayor frecuencia ahora, y trágicamente, los jóvenes se sienten ajenos a sus propios cuerpos, como podemos ver por tantos casos de auto violencia o desórdenes alimenticios.
La otra opción viene después, cuando pensamos en nuestros cuerpos no como atractivos o poco agradables, sino en términos de desempeño o supervivencia. Cuando nuestros cuerpos se ven atrapados en una serie de pruebas y experimentos en un sistema médico binario, ‘mi cuerpo’ se ve enajenado de la persona que dice ‘mi’ o ‘mío’. De hecho, cada uso del pronombre posesivo sugiere una enajenación de cualquier relación verdadera. ¿Qué podemos decir con certeza que es ‘mío’ o ‘tuyo’?
En algún punto – como cuando nos vemos siendo cuidados en un hospital, o cuando nos vendemos en las calles – alguien más puede ser el dueño. Sin embargo, cuando Jesús dice ‘este es mi cuerpo’, es dueño de su propio cuerpo. Eso significa no que lo posee, sino que él es su cuerpo. ¿De qué otra manera, excepto con este grado de auto incorporación podría dárselo a los otros – darse a sí mismo como un ser encarnado? Él está plenamente encarnado y acepta esta verdad de la encarnación sobre él, independientemente de cómo luzca su cuerpo o lo bien que pueda desempeñarse. No está poseído o manejado por especialistas o compañías de seguros. Sólo en ese estado, cuando disfrutamos de la libertad física, sin que nuestros cuerpos pertenezcan a otros – ya sea por cuestión de tratamientos médicos o para el placer de otros – podemos decir, ‘este es mi cuerpo’. Para algunos, en la edad media o en la actualidad, las palabras de la consagración ‘hoc est corpus meum’ son palabras de poder e incluyen el significado más profundo de la comunidad en la que se dicen.
Para otros, estas palabras pueden solamente ser reminiscencias de un pasado mágico. La verdad se encuentra en medio, en la red de relaciones que forman al cuerpo. Todos, excepcionalmente, formamos parte de un cuerpo más grande que nuestro cuerpo privado, que se encoge y se marchita en su individualidad. Este cuerpo muere, pero es resucitado en su singularidad, a una nueva y mayor intensidad de vida. Para aquellos que pueden tener el gusto de la Eucaristía, esto es algo que pueden compartir día a día. Y aun para aquellos que no tienen esta conexión, la meditación les abre una puerta a ello.
Laurence Freeman OSB
Traducción: Enrique Lavín, WCCM México