Enseñanza 27 ciclo 3

| El Desierto y el Arroyo El camino espiritual, a través del conocimiento de uno mismo, nos conduce al conocimiento de Dios, como ya hemos escuchado o leído en las palabras de los místicos o maestros espirituales. Laurence Freeman, en su libro “Jesús el Maestro Interior” afirma: “Cada persona se conoce a sí misma de forma única y expresa, de manera única, la idea de la no dualidad, la simple naturaleza de Dios y del Yo. Es una unión que transfigura pero que no destruye la identidad personal”. La siguiente historia sufí narra bellamente lo que requiere este proceso: La historia comienza con una suave lluvia que cae sobre una elevada montaña en un lejano lugar. Al principio, la lluvia cae de forma suave y silenciosa, deslizándose por las laderas de granito de la montaña. Poco a poco fue aumentando su fuerza, formando riachuelos de agua que resbalaban sobre las rocas y bajo los retorcidos árboles que allí crecían. La lluvia caía sin calcular dónde lo haría; el agua nunca tiene tiempo para probar cómo caerá. De pronto, comenzó a llover a cántaros, de forma que veloces corrientes de agua oscura confluían en los comienzos de un arroyo. El riachuelo abrió su propio camino por la ladera de la montaña, a través de las pequeñas veredas de cipreses y campos de lavanda, y fue cayendo en forma de cascadas. Descendía sin esfuerzo, salpicando todas las piedras que iba encontrando a su paso, aprendiendo que el riachuelo que choca con las rocas es el que canta con más nobleza. Finalmente, dejando atrás la altura de la lejana montaña, el riachuelo se abrió paso hasta el borde de un gran desierto. Arena y rocas se extendían más allá de la vista. Tras haber salvado todos los obstáculos que había encontrado en su camino, el riachuelo confiaba totalmente en poder cruzar también el desierto. Pero tan pronto como sus olas salpicaban en el desierto, así de rápido desaparecían en la arena. Al poco tiempo escuchó una voz susurrando como si procediera del desierto que le decía: “El viento cruza el desierto, luego también puede hacerlo el arroyo”. “Sí, ¡pero el viento puede volar!” gritó el riachuelo, mientras seguía arremetiendo sobre la arena del desierto. “Nunca podrás atravesarlo de ese modo” susurró el desierto. “Debes dejar que el viento te lleve”. “Pero ¿cómo?”, gritó el arroyo. “Debes dejar que el viento te absorba”, le contestó el desierto. El arroyo no podía aceptar esto, puesto que no quería perder su identidad o abandonar su propia individualidad. Después de todo, ¿cómo podría estar seguro de volver a ser un arroyo si se entregaba al viento? El desierto le respondió que quizá algún día, la corriente podría continuar su flujo incluso formando un pantano allí, al borde del desierto. Pero que nunca conseguiría cruzar el desierto manteniéndose como un arroyo. “¿Por qué no puedo permanecer como el mismo arroyo que soy?”, exclamó el agua. Y el desierto le respondió, tan sabio como siempre: “Nunca podrás permanecer siendo lo que eres. O te conviertes en pantano o te entregas al viento”. El arroyo permaneció en silencio durante mucho tiempo, escuchando ecos lejanos de la memoria, sabiendo que parte de él ya había estado antes en los brazos del viento. Desde ese lejano y olvidado lugar, poco a poco fue recordando cómo el agua va conquistando y avanzando sólo por ceder, dejándose fluir a través de los obstáculos, transformándose en vapor cuando es amenazada por el fuego. Desde las profundidades de ese silencio, lentamente se elevó en forma de vapor en los acogedores brazos del viento y renació en lo alto, llevado fácilmente hasta las grandes nubes blancas sobre el extenso desierto. Al aproximarse a las lejanas montañas, al otro lado del desierto, el arroyo comenzó entonces a caer como una suave lluvia. Al principio, la lluvia cayó de forma suave y silenciosa, deslizándose por las laderas de granito de la montaña. Poco a poco fue aumentando su fuerza, formando riachuelos de agua que rodaban sobre las rocas y bajo los retorcidos árboles que allí crecían. La lluvia caía sin ningún tipo de cálculo. Y pronto comenzó a caer torrencialmente, de forma que veloces corrientes de agua oscura confluían en los comienzos de un nuevo arroyo. Kim Nataraja Traducido por WCCM España |