P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: martes de la primera semana de Cuaresma

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La Cuaresma se entiende mejor como el aprendizaje no sólo de aquello que queremos sino de lo que realmente queremos. A veces, es difícil saber lo que es. A menudo conseguimos lo que queremos y descubrimos que no es lo que pensábamos y que nos hemos dejado engañar por una falsa voluntad, un deseo débil. Podemos pasar muchas décadas adictos a cosas que realmente no queremos. Tenemos miedo de que el deseo (por ejemplo, de seguridad, riqueza, estatus, o aprobación) desaparezca.  

 Saber lo que realmente queremos se logra al soltar todo deseo, al menos por unas cuantas respiraciones durante la meditación. En estos tiempos no queremos nada excepto decir la palabra (o mantra) con pura y generosa atención. La práctica externa de la Cuaresma también apoya esto: porque la Cuaresma nos invita, no a castigarnos por nuestros malos actos o fracasos, sino, en cambio, a hacer un esfuerzo para hacer algo que realmente queremos hacer y a desprendernos (o disminuir la influencia) de algo que realmente no queremos hacer. Es bastante fácil identificar esto en algunos de los pequeños elementos de nuestra vida cotidiana. Deberíamos entonces tomar una actitud bastante divertida para poner en práctica estos (verdaderos) deseos.

 La dificultad surge cuando nuestro lado oscuro y autorrechazado se engancha a un pequeño ejercicio ascético. Si la comprensión religiosa está involucrada, esto puede llegar a ser muy desequilibrado. Sería como si alguien que decide ir al gimnasio regularmente para mantenerse en forma, luego se vuelve maniáticamente compulsivo con respecto a su tamaño o peso muscular. En una buena actitud cuaresmal, hacemos lo que realmente queremos (es decir desarrollamos buenos hábitos) y no hacemos lo que no queremos hacer (o  reducimos los malos hábitos) con un esfuerzo serio pero ligero. No se trata de pagar las deudas que hemos acumulado. Tampoco se trata de intentar ser perfectos.  O de compensar los fracasos.

 Las culturas materialistas se equivocan en cuanto a la espiritualidad. La convierten en un estilo de vida preferencial condicionado comercialmente. O bien, exponen la espiritualidad al contagioso estado de ánimo del perfeccionismo compulsivo y el hambre de aprobación que llaman éxito o a veces incluso «bienestar». El falso ascetismo de la religión puede entonces mutar, por ejemplo, y convertirse en la autodestrucción que está creciendo entre los jóvenes de hoy en día. En el pasado, los perfeccionistas religiosos usaban cinturones que los hacían sangrar. Hoy en día muchos se cortan o se queman. Ambas aberraciones son desesperadamente autodestructivas. Son intentos de sentir algo donde nos sentimos sólo entumecidos o muertos o fundamentalmente desconectados. Estos comportamientos están enraizados en falsas ideas sobre el pecado y la gracia, y una extrema separación de la sabiduría de la moderación. 

 Así que las pequeñas cosas que “hacemos en Cuaresma” tienen una buena influencia en el despertar de los valores fundamentales que necesitamos recuperar. Una vida equilibrada, por ejemplo, es esencial para un buen desarrollo humano. No obstante, no puede sostenerse sin el ascetismo, el esfuerzo moderado que hacemos para mantenernos en contacto con nuestra bondad esencial y separar los verdaderos deseos de los falsos. Cuando John Main describió la meditación como «oración pura», dijo que el ascetismo esencial de la vida cristiana es la oración. Él estaba entregando una visión de gran valor para la cultura moderna, que brinda un gran alivio a aquellos que ven lo que eso significa.

 Laurence Freeman O.S.B.

 Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)