Lecturas Semanales

Lectura 23, Ciclo 5


“Meditación”
extracto del libro de Laurence Freeman OSB “Jesús, El Maestro Interior” (Londres: Continuum, 2000, pág. 210)
Uno de los frutos de la meditación es el don del discernimiento. Discernimiento, por ejemplo, para saber cuándo debemos desconectar del bombardeo continuo de noticias e información que nos rodea. La meditación, al crear un espacio de soledad a través de la práctica diaria, protege la dignidad de la privacidad individual. Como resultado, también nos permite desarrollar los valores sociales de libertad personal y de participación responsable en la toma de decisiones sociales. La pasividad y el desánimo que pueden generar la saturación de los medios de comunicación son desafiados por la meditación, aunque sólo sea porque a las personas sabias no se las engaña con tanta facilidad. Meditamos en este mundo que nos ha tocado vivir. Nuestra decisión de meditar representa un compromiso de participar responsablemente en este mundo agitado. La meditación entrena el discernimiento y limita la intolerancia. Enseña fidelidad a la comunidad del verdadero Ser, protegiendo así la dignidad humana. Cada vez que nos sentamos a meditar, llevamos nuestro propio equipaje emocional y el del mundo al esfuerzo de la atención. Es una forma de amar el mundo del que formamos parte y contribuir a su bienestar. Precisamente porque es una forma de dejarnos ir, la meditación nos ayuda a reconocer y compartir la carga de la humanidad.

Carla Cooper
Traducido por WCCM España    
Lecturas Semanales

Lectura 22, Ciclo 5


“Queridos Amigos”
extracto de “Noticias Internacionales”
Laurence Freeman OSB (Invierno 2001)
Es difícil encontrar la paz interior en tiempos de conflicto y miedo. Nos resulta complicado estar sentados en quietud cuando nuestra mente y nuestras emociones se encuentran agitadas. Es muy fácil renunciar entonces a la meditación pero es precisamente en esos momentos cuando más necesaria se hace. Podría ayudarnos el ver la meditación como una disciplina que nos lleva mas allá de nuestro propio beneficio. El significado de la contemplación se encuentra precisamente en sus frutos, especialmente en los del amor y el servicio a los demás. Cuando tenemos paz interior, nos dirigimos al prójimo con compasión y evitamos que una falta de apertura hacia los demás se convierta en objeto de deseo, en ira o en competitividad de nuestro ego. Dios es el amor que expulsa el miedo para con nuestro prójimo porque, cuando verdaderamente hemos descubierto ese amor en nuestro interior, ya no podemos hacer daño. La paz no se alcanza erradicando y destruyendo el mal. Cuando nos hacemos conscientes de nuestros vicios – ira, orgullo, avaricia, o lujuria – el intento por eliminarlos rápidamente degenera en odio hacia uno mismo. En lugar de esforzarnos por destruir nuestras faltas y defectos debemos trabajar pacientemente en desarrollar las virtudes – un trabajo mucho más lento y menos radical pero mucho más efectivo. El primer paso en el desarrollo de la virtud que eventualmente dominará sobre el vicio es germinar la principal virtud de la oración profunda. A través del ritmo silencioso de la oración, la sabiduría penetra lentamente en nuestra mente y en nuestro mundo. Es el poder universal que extrae el bien, en lugar del mal. Como dice el Libro de la Sabiduría, “la esperanza para la salvación del mundo yace en un mayor número de personas sabias”. El sabio conoce la diferencia entre el conocerse a uno mismo y el estar obcecado con uno mismo, entre el desapego y la dureza de corazón, entre la corrección y la crueldad. No existen reglas para la sabiduría. Las reglas nunca son universales. Pero la virtud sí.
Carla Cooper
Traducido por WCCM España  

Lecturas Semanales

Lectura 21, ciclo 5

“Cuarta Carta”, extracto de “La Web del Silencio” escrito de Laurence Freeman OSB (Londres: DLT, 1996), págs. 38-39. A medida que meditamos, ya sea solos o en grupo, vamos haciéndonos más conscientes de la profunda relación que existe entre la meditación y el mundo en el que vivimos. De esta conciencia surge una experiencia de integracion con la base del ser en la que todos estamos arraigados y que se expresa en un mayor sentido de responsabilidad. Nuestra conciencia natural entonces nos guía a actuar de forma responsable en cada dimensión de nuestras vidas y, en ello, celebramos la unión de la contemplación y la acción. El poder que impulsa este proceso es el amor. La compasión es el amor que une a los que sufren. Es energía redentora porque, contra toda expectativa, ilumina la más oscura profundidad y libera la alegría de estar en el corazón aún en la peor de las tragedias. La reacción colectiva a una tragedia nacional puede revelar la capacidad universal de compasión que tiene la naturaleza humana. Mientras se exprese esta capacidad, podremos ver la vida con esperanza y perspectiva. Los valores verdaderos desplazan a los falsos. La impaciencia y la intolerancia que surgen del miedo entre los pueblos se apaga y, en esos momentos de gracia, nos tratamos unos a otros con empatía y respeto. El reino, dirían los cristianos, está cerca. Su interioridad se ha manifestado en las relaciones humanas. Desgraciadamente, y como sabemos con tristeza, esos momentos de paz no suelen durar mucho … Un significado del sufrimiento y el mal es seguramente que nos lleva, aunque sea brevemente, a la conciencia compartida de la realidad de nuestra comunión. Vemos así que el “reino” no es un producto para ser producido y consumido sino la base eterna e ilimitada del ser. Mientras que no nos hayamos vuelto insensibles al dolor, podremos vislumbrar en el sufrimiento cuán cerca está Dios de nosotros.
Carla Cooper
Traducido por WCCM España      
Lecturas Semanales

Lectura 20, Ciclo 5


“La oración como punto de encuentro cristiano-musulmán”,
extracto del escrito de Laurence Freeman OSB “The Tablet”, septiembre 2006. 
Las personas religiosas olvidan fácilmente o descuidan con frecuencia lo más importante: Los que no aman no saben nada de Dios. Éste no es un razonamiento metafísico sino la razón del corazón. Nuestra experiencia humana más universal nos lo enseña. El amor es trascendencia. El amor es el acto de atención paciente al otro por el que abandonamos nuestro egocentrismo. Los padres lo hacen, los amantes lo hacen y las personas religiosas también deben hacerlo si quieren ser genuinos.  La forma en que oramos es la forma en que vivimos. Vivimos en el poder de la trascendencia cuando oramos profundamente. Y esto no sólo ocurre mediante el salat y la liturgia sino también cuando practicamos la contemplación. Todo el propósito de esta vida, dijo San Agustín, es abrir nuestro ojo del corazón con el cual podemos ver a Dios. La religión nos enseña los medios para llegar a esta apertura: la espera, la paciencia, la quietud y, especialmente importante en nuestra época de comunicación instantánea, el silencio.  En el Encuentro Cristiano-Musulmán, rezamos el salat y rezamos oraciones cristianas. Pero también nos sentamos en silencio para meditar; nosotros lo llamamos la oración del corazón y ellos lo llaman dhikr. Es la simplificación de muchas palabras en una sola que nos lleva a la rica pobreza de espíritu. En este silencio accedemos a una universalidad a la que las palabras sólo pueden señalar. No es una forma de escapar de la realidad sino un camino para poder abrazar la realidad divina que en ambas tradiciones conocemos como amor.  Esta experiencia de silencio en la trascendencia transforma las relaciones de una manera que las palabras no pueden lograr. Cristianos y musulmanes convivimos de forma renovada cuando hemos sido pacientes juntos en el silencio del amor. 
Carla Cooper
Traducido por WCCM España      
Lecturas Semanales

Lectura 16, ciclo 15


“El Poder de la Atención”, extracto del escrito de Laurence Freeman OSB en “El Yo Desinteresado” (Londres: DLT, 1989) págs. 31-35. Hoy más que nunca, en nuestra sociedad ególatra y narcisista corremos el riesgo de confundir la introversión y el autoanálisis con la verdadera interioridad. Tener una verdadera interioridad es todo lo contrario a ser introvertido. En la conciencia de la presencia interior, nuestra conciencia se transforma de modo que ya no estamos mirándonos a nosotros mismos, anticipando o recordando sentimientos, reacciones, deseos, ideas o ilusiones. En la verdadera interioridad nuestra conciencia se dirige lejos de nosotros. Y esto lo vivimos como un problema. Creemos que sería más fácil alejarnos de la introspección si supiéramos hacia dónde nos dirigimos, si tan solo tuviéramos un objeto fijo al que mirar, si tan solo Dios pudiera ser representado por una imagen. Pero el Dios verdadero nunca puede ser una imagen. Las imágenes de Dios son dioses. Al construir una imagen de Dios acabamos mirando una imagen renovada de nosotros mismos. Ser verdaderamente interior y abrir el ojo del corazón significan vivir dentro de la visión sin imágenes. Esta es la fe. Esta es la visión que nos permite “ver a Dios”.  En la fe, la atención ya no está controlada por los espíritus del materialismo, del egoísmo y de la autoconservación sino por un Espíritu Nuevo que es, por naturaleza, desposeído. Se trata de un continuo soltar y renunciar incluso a las recompensas que nos trae la renuncia, que son muy grandes y que, por tanto, es aún más necesario que las soltemos. No hay desafío más crucial que entrar en la experiencia de permanecer centrado en el otro. Es el estado extático y continuo del desapego. Podemos vislumbrarlo simplemente recordando aquellos momentos o fases de la vida en los que experimentamos el mayor grado de paz, plenitud y alegría y reconocer que eran tiempos en los que nos abandonábamos. El pasaporte hacia el reino requiere el sello de la humildad, de la pobreza.
Carla Cooper

Traducido por WCCM España