P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence. Viernes de la segunda semana de Cuaresma 2022.


La meditación bien corresponde a la naturaleza de la vida como un viaje en el que nunca nos detenemos totalmente. Hay muchas subidas y bajadas, períodos de lucha intensa y tiempo de relajarnos y de disfrutar. Sin embargo, somos pasajeros en el río del tiempo, siempre estamos en movimiento.  Al igual que en todos los viajes, necesitamos orientación, a veces consuelo, compañía y comida para el trayecto. Y significado: ya que sin significado no somos peregrinos, sino senderistas sin metas.

El desierto con sus oasis y extraña fertilidad se utilizó a menudo para describir el aspecto interior del viaje de la vida. Al recordar el maná en el desierto del Éxodo, podemos considerar el mantra como nuestro maná, así como algunos consideran la Eucaristía como «nuestro pan de cada día».

El mantra, como la ligera sustancia hojaldrada del maná, no suena como un banquete importante. Por un lado, es cierto, ya que, en la dimensión interior del viaje humano, como en el mundo relacional de la física cuántica, estamos sujetos a diversas leyes. Aquí, un banquete puede ser hambruna y tener hambre, un banquete. Aquí, la pobreza es la llave del tesoro oculto del Reino. Aquí, dejar ir es la manera más segura de alcanzar nuestra meta. Aquí, incluso la muerte es la puerta a una vida más plena. El fracaso se transforma en prosperidad a través de muchas fuentes de gracia ocultas. 

El meditador aprende a vivir con la paradoja en todo momento sin importar lo que esté padeciendo o gozando.

Decimos el mantra suavemente, aprendiendo a escucharlo con atención absoluta, en lugar de utilizarlo como un arma del control mental manipulada por nuestra voluntad. La simplicidad y delicadeza del mantra lo convierten en una palanca que mueve la montaña del ego. Cualquier meditador que haya desarrollado una costumbre, sin importar cuán imperfecta le pueda parecer, aprendió a entregarse a la realidad voluntariamente, a pesar de que esto significa renunciar a muchas de sus atesoradas ilusiones.

Al preguntarle a un meditador de muchos años porqué practica la meditación, en general, al principio le costará responder. ¿Por dónde empezar? Por otro lado, cada meditador para quien su costumbre se convirtió en una vertiente del viaje interno en conjunto con el trabajo de su vida diaria, dirá que «es un regalo».

Éste es el significado del maná, que cayó generosa y diariamente de cielo (dos veces en el Sabbat). Igual para todos, no podía ser almacenado. Solo podía ser recibido por los que lo recibieron como un regalo que prueba la igualdad de todos. Por lo tanto, perforó profundamente un embudo de la percepción en la naturaleza de la realidad. Demuestra que cada uno de nosotros está destinado al mismo grado de felicidad pero que para cada uno tendrá distinta forma. «Proporciona cada placer y satisface cada gusto.» Y, sin embargo, no está a la venta. Es, como nuestro ser en sí mismo, un regalo puro. 

Regla número uno sobre Dios: Dios nunca pide de regreso un regalo. Regla número dos: El regalo de Dios incluye los medios para aceptarlo.

Laurence

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