P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: jueves de la primera semana de Cuaresma

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La incapacidad de perdonar, cuando quisiéramos, es una de las cruces más pesadas que podemos llevar. Puede agobiar nuestro espíritu y nuestras emociones con un sentimiento de fracaso y culpa. ¿Cómo podemos ayudarnos a llevar esta cruz, hasta que nos demos cuenta en un momento de liberación, que el peso de la cruz es sólo la carga de la ilusión?

El deseo de venganza (a veces lo llamamos «justicia») es comprensible cuando alguien nos ha hecho daño. Pero rara vez es una elección que hacemos. A veces es un sentimiento de deber (en una cultura de venganza) o nuestra respuesta instintiva y dolida cuando el ofrecimiento de reconciliación ha sido rechazado. Así lo demostró la Comisión de la Verdad y la Reconciliación posterior al apartheid; en principio, la mayoría de las víctimas no quieren vengarse para ver sufrir a su opresor. Quieren oír una confesión, un reconocimiento de que el delincuente fue responsable del dolor infligido. Al parecer, la negativa a admitir la culpa es lo que desencadena la ira extrema de venganza, que irónicamente hiere a la víctima aún más que al perpetrador.

El perdón y la reconciliación son dos etapas distintas en el proceso de curación de las heridas y traiciones humanas. El perdón no es un perdón que concedemos sino una integración de nuestros propios sentimientos (de considerarnos una víctima) de rechazo e indignación con nuestro verdadero y profundo yo. El perdón es una curación de la propia sensación de la víctima de ser traicionada, una sensación que con frecuencia conduce al autorrechazo y a ese sentido de indignidad. En lo profundo de la naturaleza humana está la expectativa de que debemos ser tratados, y que seremos tratados con justicia. Siempre que esta expectativa es traicionada, nos vemos sumidos en la confusión y no vemos claramente dónde recae la responsabilidad. Demonizamos a la persona que nos ha herido o decepcionado. Culpamos a la persona equivocada. O nos culpamos a nosotros mismos.

Todo esto crea confusión en el alma. Cuando tratamos de meditar, pronto encontramos que esta agitación se ha convertido en una obstrucción mayor, como un avión atravesando una zona de turbulencia. Si perseveramos, el poder de la atención pura puede penetrar y comenzar a disolverla. Pero probablemente todavía tendremos que compartir [esta confusión] con alguien que pueda prestarnos atención o a quien le paguemos para que nos preste su atención. El perdón entonces hace progresos cuando retiramos nuestras proyecciones. Luego le preguntamos, interiormente, a la persona con la que estamos en conflicto, «¿por qué me golpeaste?» Esta es la pregunta que Jesús le hizo al soldado que lo golpeó durante su juicio. Esto genera un cambio en nuestra manera de pensar.

Se abre una visión de la otra persona y, en poco tiempo, este conocimiento se profundiza por la compasión. Sólo tenemos que vislumbrar el dolor, la confusión en su alma, la cruz que está cargando la persona que nos ha herido. El deseo de venganza o de «desaparecer» a la persona, entonces cede a la compasión, a lo que llamamos perdonar a nuestros enemigos.

La Cuaresma es un buen momento para hacer un inventario de nuestra historia de relaciones, para ver si tenemos la necesidad de este perdón. Es una época en la que simplificamos. Al hacerlo, nos entendemos mejor a nosotros mismos en relación con los demás. Y aquello de lo que normalmente huimos puede ser enfrentado. Como resultado, encontraremos libertad emocional, ligereza de corazón y una conciencia liberada.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: miércoles de la primera semana de Cuaresma

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La meditación es una sabiduría universal. Está en el corazón de todas las grandes tradiciones religiosas y supone un reconocimiento desafiante de la verdadera naturaleza de la humanidad. Expresa una visión radical de nuestra simplicidad esencial. No se trata de una teoría – aunque las ideas y sistemas de filosofía abundan a su alrededor – . Pero la meditación no consiste en dominar una teoría compleja o profundizar en un conocimiento arcano. No está vinculada a ningún sistema de creencias en particular, pero podemos hablar válidamente de la meditación hindú, judía, cristiana o budista de una manera que afirma tanto su universalidad como sus diversas manifestaciones. Con algunas salvedades (por ejemplo, separándola del consumismo) también podemos hablar de la meditación secular.

 

Cuando la meditación es practicada bajo esta mirada inclusiva, desarrolla una comunidad de fe compuesta por personas de diferentes creencias. En un mundo que se fragmenta en divisiones que frecuentemente niegan incluso el derecho de la otra parte a existir, la meditación es una sabiduría perenne de valor supremo. Distinguir entre fe y creencia, que tan a menudo se confunden, ayuda a ver el punto común subyacente en el que nos encontramos con toda la humanidad.

El reto es, por un lado, no adormecer esta sabiduría para aumentar las ventas; por otro lado, no hacerla sonar ni esotérica ni especializada. El descubrimiento de que los niños pueden meditar, y que tienen un don no reconocido de silencio interior y quietud que sus mayores han olvidado, es una gran ventaja para cualquiera que quiera compartir ampliamente el don de la meditación. ¿Quién puede ignorar el silencio de un grupo de niños en profunda meditación como un signo viviente del espíritu que viene a enseñarnos? ¿Quién no puede dejar de ser afectado  y conmovido por el asombro?

Una práctica contemplativa es algo que hacemos porque sí, por simple amor, no por recompensa. Cualquier beneficio es un subproducto, y no la razón de la práctica. Desde la infancia, entonces, se puede preparar y formar a los niños para una vida equilibrada y armoniosa en la que estarán capacitados para evitar los peligros del extremismo y la adicción. También es reconfortante para los que ya han perdido el rumbo y han caído en estilos de vida disfuncionales y a menudo autoabusivos. La contemplación nos reequilibra. Nos apoya en la vida del camino del medio, el «pequeño y angosto camino de las enseñanzas de Jesús», que nos lleva a la fuente de la vida…

Todas las tradiciones de sabiduría afirman el valor y la necesidad de vivir un camino intermedio. Sin embargo, evitar los extremos no es optar por una vida de banalidad, tal como cree una cultura como la nuestra, que se volvió adicta a los estimulantes y a la novedad. El camino intermedio entre los extremos se hace cada vez más aguzado, un fino filo de moderación. Eventualmente el borde desaparece por completo, del mismo modo que se dice que un «punto» en matemáticas tiene posición pero no magnitud. Lo diminuto, cuando cae sobre el borde de la navaja del camino medio, se convierte en lo enorme, de hecho en lo infinitamente expandido.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

 

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: martes de la primera semana de Cuaresma

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La Cuaresma se entiende mejor como el aprendizaje no sólo de aquello que queremos sino de lo que realmente queremos. A veces, es difícil saber lo que es. A menudo conseguimos lo que queremos y descubrimos que no es lo que pensábamos y que nos hemos dejado engañar por una falsa voluntad, un deseo débil. Podemos pasar muchas décadas adictos a cosas que realmente no queremos. Tenemos miedo de que el deseo (por ejemplo, de seguridad, riqueza, estatus, o aprobación) desaparezca.  

 Saber lo que realmente queremos se logra al soltar todo deseo, al menos por unas cuantas respiraciones durante la meditación. En estos tiempos no queremos nada excepto decir la palabra (o mantra) con pura y generosa atención. La práctica externa de la Cuaresma también apoya esto: porque la Cuaresma nos invita, no a castigarnos por nuestros malos actos o fracasos, sino, en cambio, a hacer un esfuerzo para hacer algo que realmente queremos hacer y a desprendernos (o disminuir la influencia) de algo que realmente no queremos hacer. Es bastante fácil identificar esto en algunos de los pequeños elementos de nuestra vida cotidiana. Deberíamos entonces tomar una actitud bastante divertida para poner en práctica estos (verdaderos) deseos.

 La dificultad surge cuando nuestro lado oscuro y autorrechazado se engancha a un pequeño ejercicio ascético. Si la comprensión religiosa está involucrada, esto puede llegar a ser muy desequilibrado. Sería como si alguien que decide ir al gimnasio regularmente para mantenerse en forma, luego se vuelve maniáticamente compulsivo con respecto a su tamaño o peso muscular. En una buena actitud cuaresmal, hacemos lo que realmente queremos (es decir desarrollamos buenos hábitos) y no hacemos lo que no queremos hacer (o  reducimos los malos hábitos) con un esfuerzo serio pero ligero. No se trata de pagar las deudas que hemos acumulado. Tampoco se trata de intentar ser perfectos.  O de compensar los fracasos.

 Las culturas materialistas se equivocan en cuanto a la espiritualidad. La convierten en un estilo de vida preferencial condicionado comercialmente. O bien, exponen la espiritualidad al contagioso estado de ánimo del perfeccionismo compulsivo y el hambre de aprobación que llaman éxito o a veces incluso «bienestar». El falso ascetismo de la religión puede entonces mutar, por ejemplo, y convertirse en la autodestrucción que está creciendo entre los jóvenes de hoy en día. En el pasado, los perfeccionistas religiosos usaban cinturones que los hacían sangrar. Hoy en día muchos se cortan o se queman. Ambas aberraciones son desesperadamente autodestructivas. Son intentos de sentir algo donde nos sentimos sólo entumecidos o muertos o fundamentalmente desconectados. Estos comportamientos están enraizados en falsas ideas sobre el pecado y la gracia, y una extrema separación de la sabiduría de la moderación. 

 Así que las pequeñas cosas que «hacemos en Cuaresma» tienen una buena influencia en el despertar de los valores fundamentales que necesitamos recuperar. Una vida equilibrada, por ejemplo, es esencial para un buen desarrollo humano. No obstante, no puede sostenerse sin el ascetismo, el esfuerzo moderado que hacemos para mantenernos en contacto con nuestra bondad esencial y separar los verdaderos deseos de los falsos. Cuando John Main describió la meditación como «oración pura», dijo que el ascetismo esencial de la vida cristiana es la oración. Él estaba entregando una visión de gran valor para la cultura moderna, que brinda un gran alivio a aquellos que ven lo que eso significa.

 Laurence Freeman O.S.B.

 Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: lunes de la primera semana de Cuaresma.

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«Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.»

 Subimos a la montaña de la Transfiguración, compitiendo por los autobuses con otros peregrinos tan amablemente como pudimos. De regreso, mientras esperábamos un largo tiempo para que la furgoneta nos recogiera, mis pies se habían enfriado mucho. Me recordaron los envolventes fríos de mi infancia londinense, esperando un autobús mientras mi cara, manos y pies se congelaban. El glorioso cuerpo humano es propenso a muchas aflicciones y limitaciones. Puede transfigurarse en luz, convertirse en un arco iris, incluso resucitar de la muerte y aún así tener escalofríos, dolores y molestias. Puede florecer,  prolongar su vida y puede tristemente desfallecer. 

 La salud y el estado físico son un filo de navaja, una cuerda floja de la que podemos caer fácil y rápidamente. Por primera vez en cien años la esperanza de vida en el Reino Unido está disminuyendo de manera dramática, especialmente entre las mujeres de los grupos sociales más pobres, después de diez años de austeridad muy injustamente distribuida. Sin embargo, el cuerpo humano, a pesar de todas sus fragilidades, sigue siendo el idioma sagrado de la fe cristiana, al igual que el sánscrito, el pali, el hebreo y el árabe lo son para otras comunidades. El latín, el griego y el arameo no fueron el idioma al que se tradujo la Palabra de Dios en Nazaret o lo que explotó como energía pura de luz en la montaña. Es el cuerpo el que conoce los pies fríos, los granos y el éxtasis.

 En su capítulo sobre la observancia de la Cuaresma y en muchos otros lugares de la Regla, San Benito describe la atención y la disciplina, el respeto y el cuidado que el cuerpo merece. A diferencia de otros maestros espirituales, él no denigra el cuerpo ni sugiere que se deba inducir el sufrimiento para acercarnos a Dios. El cuerpo es un compañero siempre cambiante y un instrumento del viaje espiritual. Si lo tratamos mal, si somos demasiado indulgentes o demasiado severos, no podremos tocar la música para la que ha sido creado. Al final del viaje tratamos al cuerpo físico con honor porque nos ha servido tan bien como podría y porque ahora estamos vestidos con otro cuerpo. El Espíritu, dijo Teillhard de Chardin, es materia incandescente.

 Cuando lleguemos al final de la Cuaresma esperamos estar listos para entrar en los misterios de la Resurrección y ver cómo el cuerpo de Jesús se manifiesta en diferentes formas, una de las cuales es la nuestra. La Transfiguración nos recuerda que somos, incluso ahora, en esta forma física, vasijas de barro que llevan la luz de Dios que, con el tiempo, nos transformará completamente en sí mismo.

 Laurence Freeman O.S.B.

 Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: primer domingo de Cuaresma.

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El modesto Jordán alimenta el Mar de Galilea, que es el lago de agua dulce más bajo de la tierra. El sitio también es uno de los primeros asentamientos humanos en el mundo. En nuestro paseo en bote, sentí que hay algo que podemos llamar el espíritu del lugar. Hay un espíritu del Mar de Galilea, como hay un espíritu de Bonnevaux, algo de energía y presencia que se encuentra intensamente en ciertos lugares que los hace sentir largamente familiares cuando los visitamos por primera vez.

 

Fue aquí donde Jesús caminó sobre el agua, salvó a Pedro de ahogarse en su duda y aquí preparó un desayuno de pescado para sus amigos después de la Resurrección. Temprano en la mañana, en el bote en medio del lago, apagamos el motor, leímos las escrituras que se referían al lago y luego nos sentamos en una gran presencia silenciosa.

 

Cuando Jesús calmó la tormenta aquí, fue despertado por sus aterrorizados compañeros que no podían creer cómo podía estar dormido en tal tempestad. Los reprendió por su falta de confianza. En la paz del Mar de Galilea, como en el silencio del desierto, nuestras habituales  preguntas interminables y la inquieta demanda de la mente por la certeza y la tranquilidad se detienen por un tiempo.

En ciertos momentos de meditación, también, podemos entrar en un espacio de profundo silencio y quietud, libre de pensamientos, solo vagamente conscientes de que los pensamientos están parloteando fuera del escenario, detrás de la cortina. Podríamos dirigir nuestra atención a este ruido mental, pero ¿por qué deberíamos hacerlo? Pronto volveremos allí.

 

Podríamos llamar «buenas meditaciones» a estos momentos. Pero en general, no son mejores que los tiempos de turbulencia o lucha que llamamos los «malos» o «duros» momentos. La paz de la Resurrección que buscamos y anhelamos y que podemos saborear es diferente de ambos. Es la base de ambos y contiene ambos. Esta es la paz que no se sacude incluso cuando las tormentas nos golpean en la vida o las turbulencias internas surgen repentinamente como una fase inesperada de nuestro trabajo interno.

 

Cuanto más nos familiaricemos con esta paz que no podemos entender, más libres nos volveremos de depender de las meditaciones «buenas» y del temor a las «duras». Esta libertad le permitió a Jesús moverse a través de la turbulencia, del rechazo y finalmente de la aflicción y la violencia con el tipo de desapego que no nos aísla en una burbuja de autosuficiencia sino que fortalece nuestra soledad en una relación más profunda con los demás. En su caso, esta identidad única lo hizo presente a todos los demás, desde los primeros colonos humanos en la orilla del lago, milenios antes, hasta sus amigos y discípulos con quienes caminó desde Galilea a Judea.

 

En la paz de la no dualidad, estamos compasivamente presentes para todos. Por su ecuanimidad, Jesús reconoció la fuente de las tentaciones de las que fue presa después de sus cuarenta días en el desierto. Cuando estamos despiertos al Ser universal, no es tan difícil enfrentar la voz del ego, como vemos en el Evangelio de hoy (Mateo 4: 1-11)

Laurence Freeman O.S.B.

 

Traducción: Marina Müller, WCCM Argentina