P. Laurence Freeman OSB

Tercer Domingo de Adviento 2025

Reflexiones del Padre Laurence

Tercer Domingo de Adviento 2025 – 14 de Diciembre de 2025     Santiago, el ‘hermano del Señor’ y líder de la primera comunidad cristiana en Jerusalén, siempre parece estar directamente conectado con las palabras y enseñanzas de Jesús. No habla mucho sobre el Cristo Cósmico pero, de alguna manera, nos acerca a él gracias a su sabiduría práctica.    
En la lectura de hoy, parece un abuelo cuyos consejos nos influyen más que si vinieran de nuestros padres. «Mira cómo el campesino espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente con él, hasta que recibe las lluvias tempranas y tardías. Tú también, ten paciencia. Fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. No os juzguéis los unos a los otros, hermanos y hermanas, para que no seáis juzgados…’    
No estamos educados para apreciar la paciencia. Todo, desde la condena mediática a los políticos hasta la forma en que exigimos la entrega en el mismo día, revela una impaciencia endémica que provoca ira y ansiedad. Hay cuestiones, como el crecimiento de las plantas o el embrión humano, que tienen la autoridad paciente de la propia naturaleza a la hora de enseñarnos a esperar -expectantes y sin deseo- que podemos conseguir aprendiendo a decir el mantra. Santiago identifica los síntomas de la impaciencia como las quejas constantes, los juicios y la negatividad hacia los demás que niegan el tiempo y la gentileza necesarios para que el proceso de maduración y sanación tenga lugar.    
Le preguntan a Jesús: ‘Dinos, ¿eres tú a quien todos estamos esperando o no?’ Es una pregunta impaciente. Su respuesta muestra cómo soportar pacientemente a la impaciencia. La paciencia significa sufrir, soportar y esperar con calma. Les muestra la única forma de encontrar la respuesta a su pregunta, dentro de sí mismos. Quienes aprenden paciencia permanecen después de que los impacientes se harten y se marchen, a menudo volviéndose contra sí mismos y los demás con un cruel y autocrítico sentido de fracaso.    
Nos dice que nos tomemos el tiempo para leer. Leer es un buen ejercicio de paciencia mientras pasas las páginas a tu propio ritmo o, como a veces parece, cuando se pasan solas. El mejor ejercicio es el silencio interior. La paciencia a menudo se mide con el silencio. Dice que lea las señales del tiempo: entended lo que hago sanando a los enfermos y reviviendo a los moribundos. En lugar de mantener el foco en sí mismo tal y como hacen impacientemente los que le interrogan, señala hacia otro lado, hacia el Bautista.    
Quizá, como otros profetas antes y después, Juan el Bautista no pudo soportar la impaciencia y la codicia de su época. Tomó el camino en el que mejor podía ayudar, a sí mismo y a ellos, contra la enfermedad de la impaciencia y la intolerancia. Se propagan rápidamente en espacios reducidos. El camino entonces es retirarse al vasto espacio interior donde el tiempo se alarga poco a poco hasta desaparecer en la eternidad. El contemplativo regresa a la paciencia del desierto para entender la paciencia y no condenar a los que no lo hacen.    

Laurence Freeman    

Traducido por WCCM España
Noticias de la Comunidad

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P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2024: jueves después de las cenizas.

Jueves después del Miércoles de Ceniza

Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del Hombre está destinado a sufrir mucho, a ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, a ser ejecutado y resucitar al tercer día». Luego a todos dijo: ‘Si alguno quiere ser seguidor mío, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque cualquiera que quiera salvar su vida, la perderá; pero cualquiera que pierda su vida por mí, ese hombre la salvará. ¿Qué ganancia tiene entonces para un hombre haber conquistado el mundo entero y haber perdido o arruinado su yo mismo?’ (Lucas 9:22-25)

Jesús habla aquí a dos grupos distintos: sus confidentes más cercanos y el pueblo en general. Al primero le revela su destino tanto en su horror como en su gloria. Todo aquello ante lo que retrocedemos, el sufrimiento, el rechazo y la muerte. Ser elevado queda sin explicación. Éstas son dos duras contradicciones, ya que en nuestras propias vidas nos resulta difícil ver la decepción y el fracaso como medios para alcanzar la realización. No puede ser así como opera el Dios de recompensa y castigo en el que nos gusta pensar. Entonces, nos alejamos del camino angosto para buscar uno más cómodo. No hay nada que valoremos más que la comodidad.

Luego, a la multitud sucia, le otorga la verdad incómoda de la renuncia radical como forma de vivir este dilema y convertir la contradicción en una paradoja. Las paradojas son portales a otra visión del mundo. Pasar por ellos es metanoia. Las paradojas no son ideas sino experiencias, como que la persona que amas muere y te das cuenta de que el amor aún te une. O cosas que se desmoronan en una totalidad casi absurda, una cosa tras otra como sucedió con Job, y aún así conducen a una totalidad impredecible. 

El gran trabajo de Pema Chodron, ‘Cuando las cosas se desmoronan’, describe esto. Una vez estuve en una conferencia con ella cuando nos preguntaron qué nos llevó a la vida monástica. Su historia no podría haber sido mejor. Un día, ella estaba trabajando en el patio delantero de su casa suburbana cuando llegó su esposo. Él le dijo que estaba teniendo una aventura y que la iba a dejar. Ella agarró lo más cercano para arrojarle a la cabeza, que era un ladrillo. Afortunadamente, falló. De lo que aprendió después de esto, describe que la manera de lidiar con el colapso y la disolución no es negarlos ni evitarlos, sino sumergirse en ellos. Entonces la pérdida, el sufrimiento, el rechazo y la muerte revelan el portal que te invita irresistiblemente a atravesarlo. 

La gente común, el segundo grupo al que Jesús se dirige en este evangelio, lo conocía como un sanador y un denunciante de la corrupción y la injusticia. Ahora escuchan la enseñanza oculta abierta: en el portal de la transformación, donde lo material se vuelve transparente, renunciamos no sólo a las posesiones, no sólo a los dolores y heridas que llevamos en la vida, sino a la víctima, al anhelante y al poseedor, el ego. sí mismo. Para hacerlo, es posible que necesitemos un inmenso amor, apoyo y paciencia. Pero nos deja concluir «¿cuál es, en realidad, al final, la alternativa?»

Laurence Freeman