Enseñanzas Semanales

Enseñanza 22, ciclo 5

Meditación y Comunidad

Hemos visto en lecturas anteriores la influencia que tuvieron sobre John Main las enseñanzas de los Padres y Madres del Desierto, particularmente las de Evagrio Póntico y Juan Casiano, la espiritualidad céltica, San Benito y los escritos de San Pablo.

Juan Casiano destacó los riesgos de recorrer el camino espiritual en soledad. En relación con ello, me gustaría subrayar otro elemento clave de las enseñanzas de John Main, como es la importancia de la meditación en grupo. Laurence Freeman señala que: “John Main vio este desarrollo moderno de la vida contemplativa como originario de las comunidades de fe y liturgia de la primera iglesia. Los primeros cristianos también se reunían en pequeños grupos en las casas de unos y otros. Estas reuniones de oración constituyeron lo que se denominó como “koinonia”, o interacción social y comunión que fue el elemento más distintivo y poderoso de la primera iglesia.

Estos pequeños grupos se juntaron para orar y ofrecerse apoyo y ánimo los unos a los otros, en una fe común”. Ésta es una descripción exacta de nuestras meditaciones grupales a lo largo del mundo. Cuando meditamos, instintivamente nos damos cuenta de que este es un camino complicado para recorrer en soledad. Es más fácil si lo recorremos acompañados. Es cierto que ningún otro puede meditar por nosotros; meditamos en soledad todos los días pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que reunirse en un peregrinaje común puede proporcionarnos el apoyo y la enseñanza que necesitamos para el viaje.

John Main vio claramente que la regularidad de la meditación en grupo fortalece nuestro compromiso individual para la disciplina espiritual de la meditación: “En contacto con otros se nos despierta la verdad profunda de nuestro ser que estamos llamados a descubrir y así aprendemos a ir más allá de nosotros mismos. Y esto es por lo que la meditación periódica, ya sea diaria o semanal, con el mismo grupo o comunidad es un sustento muy valioso para nuestro peregrinaje. Esta presencia tan física y espiritual de los que nos acompañan nos recuerda el compromiso más profundamente personal que tenemos con la quietud, el silencio y la fidelidad… El grupo o comunidad igualmente muestran el fin de todo falso heroísmo y dramatización propios. Estar en contacto con los defectos y limitaciones de los demás pone nuestros recursos y fidelidad en perspectiva, lo que necesitamos para alcanzar el equilibrio y la armonía en nuestra vida”. (Extracto del libro “El Cristo Presente”).

La importante razón por la que nos reunimos en meditación grupal semanalmente está pues clara: nos permite darnos cuenta de la esencia y trasfondo de nuestra disciplina para meditar y promueve un vínculo espiritual entre los participantes y un mutuo afecto entre aquellos que han partido en peregrinaje común. El padre William Johnston SJ comenta en su libro “El Ojo Interior del Amor”: “Por ejemplo podemos sentarnos juntos en meditación silenciosa y sin palabras. Y en esa situación podemos sentir no sólo el silencio en nuestros corazones sino el silencio de todo el grupo. A veces tal silencio será casi palpable y puede unir a las personas más fuertemente que cualquier palabra”. Este compartir el silencio es el núcleo de los encuentros de meditación grupal. El poder y la fuerza de la meditación conjunta proviene de las palabras de Jesús, “Dónde dos o tres estén reunidos en mi Nombre, allí estaré Yo en medio de ellos” (Mt 18:20).

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España

Enseñanzas Semanales

Enseñanza 16, Ciclo 5



Discernimiento
Como ya he mencionado en una lectura anterior, Juan Casiano alternaba capítulos sobre la oración y sobre el discernimiento en su obra “Conferencias”. El discernimiento es un elemento muy importante en la vida espiritual. Procuramos abandonar nuestros deseos egocéntricos para poder escuchar la voz interior divinamente inspirada. La dificultad, por supuesto, es discernir si los pensamientos o las visiones realmente provienen del Espíritu o de los engaños del «ego». En el discernimiento, es recomendable recibir la ayuda de un maestro espiritual, un compañero espiritual o un amigo. Los ermitaños del desierto eran afortunados porque tenían a su Abba o Amma a quienes podían consultar. Casiano aprendió en el desierto sobre el don del discernimiento y basa su énfasis en las palabras de San Antonio, quien dijo: “El discernimiento es lo que en las Escrituras se describe como el ojo y la lámpara del cuerpo. Esto es lo que dice el Salvador, “tu ojo es la luz de tu cuerpo y, si tu ojo está sano, entonces hay luz en todo tu cuerpo. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas” (Mt. 6: 22-23) Este ojo ve a través de todos los pensamientos y acciones de un hombre, examinando e iluminando todo lo que debemos hacer”. Casiano nos enseña las preguntas que debemos hacernos en el proceso del discernimiento. En primer lugar, debemos plantearnos si el asunto es importante o trivial; si hay una «apariencia engañosa de piedad»; o si la interpretación de las Escrituras es herética o si los «demonios» de la «vanidad» y el «amor propio» están en acción. En su opinión, el discernimiento es sentido común guiado por una actitud de moderación que va surgiendo de la experiencia de toda una vida de oración profunda. Casiano narra la siguiente historia para ilustrar este punto: “Y luego estaban los dos hermanos que vivían al otro lado del desierto en Tebas, donde había vivido el bendito Antonio. Al viajar a través de esa inmensa región deshabitada, un lapso de discernimiento los llevó a decidir que la única comida que tomarían sería la que el Señor mismo les ofreciera. Iban tambaleándose por el desierto, debilitados por el hambre, cuando los Mazices los divisaron desde la distancia. Los Mazices eran una tribu muy violenta y cruel que atacaban por pura ferocidad. Sin embargo, a pesar de su agresividad innata, cuando vieron a los dos hombres se acercaron para darles un trozo de pan.  Uno de los hermanos, guiado por el discernimiento, aceptó con alegría y bendición el alimento que le ofrecían, como si fuera el mismo Señor quien se lo estuviera dando. En su opinión, Dios mismo había facilitado que les llegara algo de comida. Tenía que ser obra de Dios que aquellos salvajes que solían disfrutar con el derramamiento de sangre ahora estuvieran dando de lo que tenían a unos hombres débiles y desnutridos. El otro hermano, sin embargo, rechazó la comida pues provenía del hombre y no de Dios. Y, por tanto, murió de hambre.   Ambos habían comenzado con la decisión equivocada. Sin embargo, uno, con la ayuda del discernimiento, cambió de opinión sobre algo que habían decidido de forma precipitada e imprudente. Por el contrario, el otro se mantuvo fiel a su estúpida presunción. Sin saber nada acerca del discernimiento, se abocó a la muerte que el Señor había querido evitar. No fue capaz de discernir y ver la acción de Dios en el hecho de que esos bárbaros olvidaran su salvajismo innato y fueran hacia ellos con un pan en lugar de con una espada».  La virtud necesaria para evitar estos riesgos es la “obediencia”, que es básicamente una actitud de humildad: “La primera evidencia de esta humildad es cuando todo lo que se hace o se piensa se somete al escrutinio de nuestros mayores”. Pero incluso al elegir tu Abba es necesario ejercitar el discernimiento: “No debemos seguir las huellas o las tradiciones o los consejos de todos los ancianos solo por sus canas y su edad. Más bien, debemos seguir a aquellos que, sabemos, vivieron su juventud de una manera loable y admirable y que fueron entrenados no por sus propias presunciones sino por las tradiciones de sus mayores». Aunque inicialmente Casiano influyó fuertemente en el movimiento monástico occidental, la confrontación de sus ideas con las de San Agustín implicó que sus enseñanzas sobre la oración no perduraran en el tiempo. Su breve frase recomendada para repetir en la oración privada se convirtió en parte de la liturgia establecida. Su énfasis en el esfuerzo y la responsabilidad personal, y el discernimiento que esto implicaba se convirtió en “obediencia” a las directivas de la Iglesia.
Kim Nataraja
(Adaptado del capítulo sobre Juan Casiano del libro “Viaje al corazón” de Kim Nataraja)

Traducido por WCCM España    
Enseñanzas Semanales

Enseñanza 14, ciclo 15

La Oración según Juan Casiano

John Main encontró confirmación a su forma de meditar en los Capítulos 9 y 10 sobre la oración de la obra “Conferencias”, de Juan Casiano. En sus escritos, Casiano destaca la insistencia de los ermitaños del desierto en la repetición de una frase para avanzar en la “oración continua“… “Todo monje que anhele la conciencia de Dios debería tener el hábito de meditar con la repetición incesante de esta frase (fórmula) en su corazón, después de haber expulsado todo tipo de pensamiento, porque no podrá aferrarse a la conciencia de Dios de ninguna otra manera que no sea liberándose de todos los cuidados y preocupaciones corporales».

La «fórmula» que recomienda aparece en el salmo 69. Es una frase conocida por todo monje gracias al canto diario de los salmos: «Oh Dios, inclínate en mi ayuda; Oh señor, date prisa en socorrerme». Su repetición se ve principalmente como una ayuda para lidiar con los pensamientos que nos distraen en el momento de la oración. Casiano, sin embargo, va más allá: “Deberías meditar constantemente en este versículo en tu corazón … No debes dejar de repetirlo cuando estás haciendo cualquier tipo de trabajo o de servicio o estás de viaje. Medita en ello mientras duermes y comes y mientras atiendes las necesidades básicas de la naturaleza”. 

Casiano entiende esta repetición de la frase de oración como una etapa preparatoria importante, una forma de entrenar la mente para lograr una atención única y sin esfuerzo. También Evagrio lo enfatiza al decir: «Cuando la atención busca la oración, la encuentra». Fue una forma de lograr “la perseverancia constante e ininterrumpida en la oración”. 

La repetición de la frase de oración es una herramienta de defensa contra todo tipo de distracciones que nos invaden: “pensamientos errantes”, demonios como “la tristeza” o “la acedia”, y sensaciones o imágenes. Lo llama «una coraza impenetrable», un «escudo muy fuerte». 

Como San Antonio, Casiano recomienda combinar la oración con el trabajo como la mejor defensa: “Ora sin cesar quien combina la oración con los quehaceres diarios y los quehaceres con la oración”. Casiano ve esta integración como un proceso esencial para la oración «pura» que genera «una tranquilidad mental constante e inmutable». Se refiere a María como el gran ejemplo de lo que se necesita en la oración: es decir, la cualidad de fijar el corazón y la mente en Dios en una atención amorosa y concentrada. (Lucas 10, 38-42). 

Además, describe la repetición de una frase breve como una forma de lograr la “pobreza de espíritu” conociendo tu necesidad de Dios: “Que la mente se aferre sin cesar a esta fórmula … hasta que renuncie y rechace toda la abundancia del pensamiento … Así, estrechada por la pobreza de este verso, alcanzará muy fácilmente esa bienaventuranza evangélica que ocupa el primer lugar entre las demás bienaventuranzas … Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. 

Aunque pone énfasis en esta forma de oración, en la «IX Conferencia» explica que todo tipo de oración, súplica, oraciones, intercesiones y acciones de gracia son válidas, útiles y necesarias en un momento u otro. Pero para él, la forma más elevada de oración es la oración «ardiente», «sin palabras», cuando la mente «derrama ante Dios oraciones sin palabras del más puro vigor». Cita a San Antonio: “El monje que sabe que está rezando no está rezando pero el monje que no sabe que está rezando, está rezando”. 

Para Casiano, esta oración interior es la esencia de la oración, tal como el describe en su interpretación de la enseñanza de Jesús en el evangelio de Mateo 6, 6: “Oramos en nuestra habitación cuando retiramos nuestro corazón completamente del estruendo de cada pensamiento y preocupación y revelamos nuestras oraciones al Señor en secreto y, por así decirlo, íntimamente. Rezamos con la puerta cerrada cuando lo hacemos con los labios cerrados y así, en total silencio, rezamos al buscador no de voces sino de corazones”. 

Aunque Casiano recomienda la repetición de una frase en particular en la oración, no debemos subestimar la importancia que las Escrituras tienen para él. Casiano, al igual que los ermitaños del desierto, memorizó pasajes de las Escrituras para permitir que éstas le hablen de manera significativa: “Mientras nos esforzamos con la repetición constante para memorizar estas lecturas, no tenemos tiempo para entenderlas porque nuestras mentes han sido ocupadas. Pero más tarde, cuando nos liberamos de las atracciones de todo lo que hacemos y vemos y, especialmente, cuando meditamos en silencio durante las horas de oscuridad, pensamos en ellas y las entendemos con mayor claridad» (Conferencia 14.10). Esto es pura lectio divina. 

John Main en su libro “Una Palabra Hecha Silencio” dice lo siguiente sobre «la fórmula», sobre el mantra … «No hay duda de la exigencia absoluta del mantra. En esencia, es nuestra aceptación del carácter absoluto del amor de Dios que inunda nuestro corazón a través del Espíritu de Jesús resucitado. Nuestra muerte (al dejar atrás el yo o el ego) consiste en la implacable sencillez del mantra y la absoluta renuncia al pensamiento y al lenguaje en el momento de nuestra meditación”. 

Por lo tanto, vemos claramente cómo John Main, Casiano y los Padres y Madres del Desierto comparten lo esencial de la oración contemplativa: atención y desapego, silencio y soledad, oración incesante … “Perseverancia en la oración … tanto como lo permita la fragilidad humana”, … oración sin imágenes … todo conduciendo hacia la «pureza de corazón» y hacia la «pobreza de espíritu».

Kim Nataraja

(Adaptado del capítulo sobre Juan Casiano del libro “Viaje al corazón” de Kim Nataraja)

Traducido por WCCM España