Sabiduría Diaria

Sabiduría Diaria 12/02/2020

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(PHOTO: LAURENCE FREEMAN, MYANMAR)

Si algo te cuesta todo, ¿con qué te quedas? Con nada. En las dos parábolas que Jesús usa para describir el reino de los cielos — el Tesoro que el hombre encuentra enterrado en el campo. La perla de gran valor que encuentra el Mercader — en ambos casos las personas venden todo lo que tienen para comprar esta perla o este tesoro. Hay esta relación directa entre no tener nada y tenerlo todo. Y es por eso que en todas las grandes tradiciones místicas encontramos términos como la nada, el vacío, la pobreza, para describir aquello que atravesamos o a lo que entramos en este viaje. ‘¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!’ dice San Juan de la Cruz; o Casiano: ‘Por la continua repetición de este único verso, renuncias a todas las riquezas de pensamiento y de imaginación, y llegas con pronta facilidad a la primera de las Beatitudes, la pobreza de espíritu’. Así que nuestra meditación está en esta longitud de onda de sabiduría mística, de sabiduría spiritual, de nuestra tradición.

(Health & Wholeness, Laurence Freeman OSB )

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El tercer nivel de conciencia

Si en el camino de la meditación logramos reconocer y aceptar lo que va surgiendo, por doloroso que sea, llegaremos a un nivel más profundo: el tercer nivel de conciencia. John Main lo llamó: «el nivel de silencio, donde veremos con asombro la luz de nuestro propio espíritu» y «donde conectaremos con la base de nuestro ser» (“Una Palabra Hecha Silencio”). Laurence Freeman explica que, antes de experimentar ese maravilloso contacto, nos encontraremos con la última barrera del «ego»: «el sentido del ego de su propia existencia finita que es como un muro de ladrillos que no podemos superar por nosotros mismos.

Aquí llega el momento en que Dios nos entrega su regalo mediante la gracia del Espíritu y aparece una abertura en el muro de la individualidad. En esa apertura de la auto trascendencia dejamos atrás nuestro ego y encontramos nuestro verdadero ser, en Cristo. Esta última barrera nos produce un profundo dolor causado por nuestra percepción ilusoria de que estamos separados de Dios. San Juan de la Cruz lo llamó «la noche oscura del alma». Afortunadamente, la gracia del espíritu nos revela que esta separación es una falsa percepción pues siempre estamos conectados integralmente con la Realidad Divina. Y, después, como dice el himno “Gracia Maravillosa” de forma tan bella: «Una vez me perdí, pero ahora me he encontrado, estaba ciego, pero ahora veo». Entonces comprobamos que el muro fue creado por nosotros y, cuando desaparece, nos inunda la alegría y la paz de la unión con lo divino.

Estos tres niveles que hemos estado viendo en las últimas lecturas no son niveles separados sino tres aspectos de nuestra conciencia que van surgiendo a su debido tiempo. En la meditación vamos entrando en estos niveles de la conciencia en las diferentes etapas de nuestro viaje de forma espiral. Seguimos aprendiendo y creciendo progresivamente y, en ocasiones, retrocedemos por un tiempo. Cuanto más nos adentramos en el silencio y en la quietud de la meditación, más abandonamos nuestras distracciones, mejor comprendemos nuestras heridas emocionales y en mayor medida vamos sanándolas.

El «ego» y el «yo verdadero» se comunican e integran cada vez mejor, apoyándose mutuamente. Necesitamos ambas formas de ser y percibir la realidad para poder experimentar «la vida en toda su plenitud». Cuando nos desapegamos de nuestros condicionamientos y de la necesidad de utilizar a los demás como accesorios emocionales, logramos «dejarnos atrás a nosotros mismos» y llegar al prójimo y a Dios. Entonces surge un nuevo conocimiento, una comprensión intuitiva más nítida. Ahora percibimos desde un nivel intuitivo con el “Ojo del Corazón” y vemos «la realidad tal como es, infinita», como lo expresó Blake. Antes de alcanzar este nivel de conciencia, percibimos el mundo con el “Ojo de la Carne”. Con esta visión, nos centramos en la experiencia del mundo material, en el mundo de los sentidos, recogemos datos como hacen los científicos y, después, les damos sentido a nivel racional, utilizando el “Ojo de la Mente”.

El famoso científico Stephen Hawking operaba a nivel del «Ojo de la Carne» y del «Ojo de la Mente». Creía que todo puede entenderse con la mente racional, incluso a Dios: “Sin embargo, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo debería ser comprensible por todos, no solo por unos pocos científicos. Así, todos, filósofos, científicos y personas comunes, podremos participar en la discusión de nuestra existencia y la del universo. Si encontramos la respuesta a estas cuestiones, alcanzaremos el triunfo final de la razón humana: conocer la mente de Dios».

En su última etapa, Hawking pudo haber estado de acuerdo con Albert Einstein, quien enfatizó la importancia del ‘Ojo del Corazón’: “el factor realmente valioso es la intuición” y “la experiencia religiosa cósmica es la fuerza impulsora más fuerte y noble detrás de la investigación científica». También San Pablo destacó la necesidad de ver con el “Ojo del Corazón”: “Oro para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, os dé el espíritu de la sabiduría y de la revelación para llegar al conocimiento de Él. Oro para que los ojos de vuestros corazones se iluminen, para que podáis saber cuál es la esperanza a la que Dios os llama… ”(Efesios 1:17). San Agustín también enfatizaba la importancia de la visión intuitiva: «Todo el propósito de esta vida es restablecer la salud del ojo del corazón, a través del cual podemos ver a Dios».

En esa etapa de nuestro crecimiento, los tres niveles de conocimiento quedan integrados. Esto puede suceder repentinamente, o con el tiempo, en el camino del silencio y la quietud. Y llegamos así a un «conocimiento puramente espiritual… Allí escuchamos sin ningún sonido y vemos sin materia alguna» (Maestro Eckhart).

Kim Nataraja

Traducido por WCCM España