El tercer nivel de conciencia Si en el camino de la meditación logramos reconocer y aceptar lo que va surgiendo, por doloroso que sea, llegaremos a un nivel más profundo: el tercer nivel de conciencia. John Main lo llamó: «el nivel de silencio, donde veremos con asombro la luz de nuestro propio espíritu» y «donde conectaremos con la base de nuestro ser» (“Una Palabra Hecha Silencio”). Laurence Freeman explica que, antes de experimentar ese maravilloso contacto, nos encontraremos con la última barrera del «ego»: «el sentido del ego de su propia existencia finita que es como un muro de ladrillos que no podemos superar por nosotros mismos. Aquí llega el momento en que Dios nos entrega su regalo mediante la gracia del Espíritu y aparece una abertura en el muro de la individualidad. En esa apertura de la auto trascendencia dejamos atrás nuestro ego y encontramos nuestro verdadero ser, en Cristo. Esta última barrera nos produce un profundo dolor causado por nuestra percepción ilusoria de que estamos separados de Dios. San Juan de la Cruz lo llamó «la noche oscura del alma». Afortunadamente, la gracia del espíritu nos revela que esta separación es una falsa percepción pues siempre estamos conectados integralmente con la Realidad Divina. Y, después, como dice el himno “Gracia Maravillosa” de forma tan bella: «Una vez me perdí, pero ahora me he encontrado, estaba ciego, pero ahora veo». Entonces comprobamos que el muro fue creado por nosotros y, cuando desaparece, nos inunda la alegría y la paz de la unión con lo divino. Estos tres niveles que hemos estado viendo en las últimas lecturas no son niveles separados sino tres aspectos de nuestra conciencia que van surgiendo a su debido tiempo. En la meditación vamos entrando en estos niveles de la conciencia en las diferentes etapas de nuestro viaje de forma espiral. Seguimos aprendiendo y creciendo progresivamente y, en ocasiones, retrocedemos por un tiempo. Cuanto más nos adentramos en el silencio y en la quietud de la meditación, más abandonamos nuestras distracciones, mejor comprendemos nuestras heridas emocionales y en mayor medida vamos sanándolas. El «ego» y el «yo verdadero» se comunican e integran cada vez mejor, apoyándose mutuamente. Necesitamos ambas formas de ser y percibir la realidad para poder experimentar «la vida en toda su plenitud». Cuando nos desapegamos de nuestros condicionamientos y de la necesidad de utilizar a los demás como accesorios emocionales, logramos «dejarnos atrás a nosotros mismos» y llegar al prójimo y a Dios. Entonces surge un nuevo conocimiento, una comprensión intuitiva más nítida. Ahora percibimos desde un nivel intuitivo con el “Ojo del Corazón” y vemos «la realidad tal como es, infinita», como lo expresó Blake. Antes de alcanzar este nivel de conciencia, percibimos el mundo con el “Ojo de la Carne”. Con esta visión, nos centramos en la experiencia del mundo material, en el mundo de los sentidos, recogemos datos como hacen los científicos y, después, les damos sentido a nivel racional, utilizando el “Ojo de la Mente”. El famoso científico Stephen Hawking operaba a nivel del «Ojo de la Carne» y del «Ojo de la Mente». Creía que todo puede entenderse con la mente racional, incluso a Dios: “Sin embargo, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo debería ser comprensible por todos, no solo por unos pocos científicos. Así, todos, filósofos, científicos y personas comunes, podremos participar en la discusión de nuestra existencia y la del universo. Si encontramos la respuesta a estas cuestiones, alcanzaremos el triunfo final de la razón humana: conocer la mente de Dios». En su última etapa, Hawking pudo haber estado de acuerdo con Albert Einstein, quien enfatizó la importancia del ‘Ojo del Corazón’: “el factor realmente valioso es la intuición” y “la experiencia religiosa cósmica es la fuerza impulsora más fuerte y noble detrás de la investigación científica». También San Pablo destacó la necesidad de ver con el “Ojo del Corazón”: “Oro para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, os dé el espíritu de la sabiduría y de la revelación para llegar al conocimiento de Él. Oro para que los ojos de vuestros corazones se iluminen, para que podáis saber cuál es la esperanza a la que Dios os llama… ”(Efesios 1:17). San Agustín también enfatizaba la importancia de la visión intuitiva: «Todo el propósito de esta vida es restablecer la salud del ojo del corazón, a través del cual podemos ver a Dios». En esa etapa de nuestro crecimiento, los tres niveles de conocimiento quedan integrados. Esto puede suceder repentinamente, o con el tiempo, en el camino del silencio y la quietud. Y llegamos así a un «conocimiento puramente espiritual… Allí escuchamos sin ningún sonido y vemos sin materia alguna» (Maestro Eckhart). Kim Nataraja Traducido por WCCM España |
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El Ego Herido


Con frecuencia, consideramos que aprender a entender el «ego herido» es un proceso «meramente psicológico» más que una necesidad esencial en nuestro camino espiritual. Sin embargo, es erróneo creer que la psicología y la espiritualidad son dos caminos bifurcados de la condición humana que tienen poco que ver entre sí. La psicología se ocupa del conocimiento de la psique, del alma. De hecho, los primeros cristianos consideraban que el espíritu es el punto más elevado del alma y que juntos forman un todo.
El proceso de transformación que ocurre en el viaje de la meditación se produce espiritualmente tanto a nivel consciente como inconsciente. Las percepciones que nos llegan a través de nuestro verdadero «yo», el Cristo interior, conducen a un proceso psicológico de autoconocimiento cada vez mayor y, en consecuencia, al aumento de la conciencia de nuestro ser espiritual esencial, nuestro vínculo con lo Divino. Por esta razón, el Maestro Eckhart, al igual que otros sabios y místicos, señaló que “la realidad que llamamos Dios tiene que ser descubierta primero en el corazón humano. No puedo llegar a conocer a Dios a menos que me conozca a mí mismo”. La espiritualidad y la psicología, por tanto, van de la mano.
Si ignoramos la dimensión psicológica, la meditación puede generar una paz ilusoria, una paz que impedirá que alcancemos un verdadero crecimiento espiritual. Así es como podríamos interpretar la siguiente enseñanza de Jesús: ‘Si alguno desea seguirme, primero debe dejarse atrás a sí mismo; deberá tomar su cruz cada día y venir conmigo» (Lucas 9:23).» Tomamos nuestra cruz «cuando afrontamos el sufrimiento diario de nuestras heridas y, así, morimos al dominio del ego. Al pasar lentamente del egocentrismo a centrarnos en los demás, “seguimos a Jesús” y renacemos. De este modo, dejamos de actuar desde nuestras necesidades centradas en el ego y lo hacemos desde nuestro centro espiritual, desde nuestro verdadero «yo» en Cristo.
Revisemos otro aspecto psicológico del viaje espiritual. Vimos en lecturas previas cómo nuestras imágenes, ya sean de nosotros mismos o de Dios, pueden suponer un bloqueo importante en el camino de la meditación. Estas imágenes «falsas» ocultaran nuestro verdadero ser y, también, la Realidad Divina. En el Evangelio de Tomás, Jesús nos llama «ciegos» y «borrachos» cuando solamente actuamos desde el nivel del «ego» herido. El filósofo griego Heráclito lo describió de la siguiente manera: «La humanidad es tan inconsciente de lo que hacen cuando están despiertos como de lo que hacen cuando están dormidos». Tenemos que despertar. Tenemos que abandonar la prisión del «ego» herido. Necesitamos tomar conciencia de quiénes somos realmente: Somos hijos de Dios y templos del Espíritu Santo.
Enfrentarse a los impulsos inconscientes y a las emociones reprimidas realmente significa cargar «nuestra cruz», puesto que es un paso difícil y doloroso. Aquí existe el peligro de quedarnos demasiado cautivados por nuestra «historia». Si no estamos atentos, el «ego» alentará nuestra fascinación y detendrá nuestro crecimiento en la verdadera conciencia para asegurarse de que no abandonemos su esfera de influencia. Así, olvidaremos cuál es la razón por la que estamos recorriendo este camino: nos hallamos en la peregrinación de la mente al corazón, donde habita Cristo. John Main lo expresa sucintamente en su libro “La Puerta del Silencio”:
“Hay muchas personas a las que les interesa la meditación por lo que puede enseñarles sobre sí mismas. Es fácil verlo sólo como un proceso psicológico, en términos de superación personal, autoterapia y autocomprensión. Esta parte del camino es muy valiosa pero la auto-fascinación puede ser perjudicial para nuestro viaje espiritual.
Existe el riesgo de que la comprensión de nosotros mismos que nos facilita la meditación acabe desviándonos de la auto-transcendencia y dejándonos en la auto-fijación. Quedamos tan fascinados por este conocimiento mental y limitado que olvidamos que estamos en una peregrinación al misterio de Dios. La esencia del evangelio es la esencia de la meditación: no se trata de un proceso de autoanálisis sino de auto trascendencia. «Si alguno desea seguirme, niéguese a sí mismo» (Lucas 9:23). Es un camino arduo y exigente que requiere mucho coraje para retirar la atención de nosotros mismos. (págs. 29/30)
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España
