P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: lunes de la quinta semana de Cuaresma

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¿Qué es lo normal? Una vez estaba hablando con una persona que estaba muy enojada porque se había sentido profundamente herida por un amigo. ”El amigo actuó mal” pensé en un primer momento. Era fácil para mí sentir que podía ser objetivo al pensar también: “bueno, quizás esa persona no quería herirla, es más, tal vez ni siquiera sabía realmente lo que estaba haciendo”.

Esto es muy fácil de decir cuando no somos nosotros los que estamos sufriendo en la Cruz.

Jesús alcanzó la absoluta objetividad, no la falsa objetividad desde la que creemos hablar la mayoría de nosotros. Y alcanzó la objetividad gracias a su gran subjetividad, es decir, al conocerse totalmente a sí mismo, y más aún, al aceptar entregar su espíritu a su fuente original, dejando de estar separado, y abandonando cualquier atisbo de apego. En ese momento estaba en la Cruz y dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es interesante notar que no dijo: “Padre, los perdono…”.

Cuando es el “yo” el que perdona, hay demasiada fijación con el dolor y con el drama del perdón. Al invocar el perdón para la lamentable y brutal ignorancia de sus enemigos – desde el centro de su ser – estaba conectando con la fuente misma. Sus últimas palabras nos enseñan hasta dónde había llegado, y a qué debemos aspirar nosotros.

Ahora, volvamos a la historia del principio. La persona con quien estaba hablando – que se había sentido traicionada – analizaba y condenaba a quien la había herido. Todos hacemos lo mismo, en un intento por tratar de entender cómo pudo haber ocurrido, buscando explicaciones que pretenden ser objetivas, pero terminan siendo acusatorias. La mayoría de las veces usamos términos de la psicología, y es probable que haya algo de cierto en estas valoraciones psicológicas que hacemos de los demás. Pero, sin embargo, puede que no sea una verdad que tengamos el derecho de mencionar o analizar. Este hecho es obvio cuando decimos frases como “No son normales. Hay algo malo, anormal en ellos”. Jesús no dijo en sus últimas palabras: “Lo que hacen no es normal”. Porque de hecho, es demasiado normal: culpamos a los otros y los crucificamos para protegernos a nosotros mismos de la verdad. No hay nada más normal en las relaciones humanas e institucionales que buscar chivos expiatorios.

Incluso para el cristiano más devoto es difícil explicar exactamente qué hace la Cruz por el mundo y por qué es importante. De hecho, fuera del fulgor de la Resurrección, resulta imposible explicarlo. Pero una parte de todo el misterio de su sufrimiento y muerte nos ayuda al mostrarnos toda la falsedad, la auto-decepción y el terror de lo que nos lastima, y cómo el hecho de buscar chivos expiatorios en los otros es una manera de escapar del sufrimiento.

El sufrimiento, que hoy en día estamos experimentando todos con esta crisis, debe ser evitado o reducido, si se puede. Pero si no se puede, aprendamos de él. Pongamos nuestras esperanzas en que cuando esto pase y empecemos el proceso de recuperación, tengamos un mejor entendimiento de lo que realmente significa “normal”. Un uso normal del tiempo, un clima normal, relaciones normales. La manera en que aprovechemos este tiempo nos puede ayudar a encontrar nuestro centro y nuestro equilibrio, que también están simbolizados en la Cruz. Entonces seremos menos propensos a culpar a los otros y estaremos más preparados para obrar bien. Sólo siendo quienes realmente somos (como hizo Jesús) seremos agentes del cambio hacia lo verdaderamente normal.   

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Gabriela Speranza, WCCM Argentina

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: miércoles de la tercera semana de Cuaresma.

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En la última guerra, mientras Inglaterra esperaba ser invadida como lo habían sido otros países europeos, el gobierno tomó medidas para dificultar al enemigo las cosas para cuando llegaran. Utilizaron el camuflaje en las instalaciones costeras, crearon una Guardia Nacional de ancianos y niños con rifles anticuados, de los que los ingleses de hoy en día todavía sienten nostalgia; y quitaron todas las señales de tránsito.

Es curioso que el poderoso ejército alemán se haya visto seriamente obstaculizado por no saber si girar a la derecha o a la izquierda ante un cruce de la campiña inglesa.

Cuando leí sobre esto, pensé que reflejaba el sentimiento que tenemos en todo camino de fe – como comenzar un matrimonio, comenzar una nueva comunidad, terminar de escribir un libro o educar a nuestros hijos. Todos estos son caminos en los que la fe, el compromiso personal y la confianza, deben profundizarse en cada momento. Y es así, que a menudo no encontramos señales que nos indiquen claramente que estamos en el camino correcto o qué rumbo correcto tomaremos. A veces las señales están ahí, pero no son muy útiles: como la vez que mi capacidad de decidir pareció paralizarse. Estaba conduciendo desde la isla de Bere a Cork. Llegué a una bifurcación del camino. Había una señal. Pero en un lado indicaba a la izquierda diciendo «Cork» y en el otro a la derecha diciendo «Cork».

En el ámbito espiritual, el camino en sí mismo lo es todo. Cuanto más profundamente nos adentramos en el silencio y dejamos ir las palabras, los pensamientos y la imaginación, como hacemos con el mantra, hay menos signos convencionalmente tranquilizadores. Simplemente está el camino, la forma en que estamos caminando. Y andando, damos el siguiente paso. Al principio, protestamos por la ausencia de garantías y la reconfirmación de nuestra dirección. Nuestros sentidos de dirección y confianza están cuestionados o son confusos.

Lentamente nos damos cuenta de que el camino en sí mismo es la garantía. Aparece una sensación de alivio de que hay un camino, a través de la selva, a través del laberinto de opciones que abruman a la gente hoy en día. Lo hemos encontrado. Existe una gran diferencia que cambia la vida cuando nos damos cuenta de que estamos en camino. Podemos sentir, también, que él nos ha encontrado, porque hay una sensación, que viene del propio camino, de que estamos siendo conducidos por una conexión directa e íntima con él. Nos conoce mejor de lo que nosotros lo conocemos. La conexión es simplemente el hecho de que estamos recorriendo el camino, siempre dando el siguiente paso. Tú no me elegiste a mí, yo te elegí a ti… yo soy el Camino. Este sentido pertenece únicamente a la dimensión espiritual. Este nos permite seguir aquellos tramos del camino que no tienen ninguna señal.

Todo esto puede sonar raro y poco práctico. La señal que es real se lee en la vida cotidiana, en los caminos paralelos de la acción y en la toma de decisión. En los asuntos materiales hay decisiones difíciles de tomar con insuficiencia de tiempo o de información. La fe de nuestro viaje interior es sorprendentemente útil aquí. No entramos en pánico, cuando hay que esperar y soportarlo. Cuando tomamos una decisión tenemos más claridad y hacemos la mejor elección que podemos. Confiamos. Si resulta que nos equivocamos, nos ajustamos a una dirección otra vez.

Si somos fieles en los asuntos profundos del viaje interior también seremos más fieles en los asuntos materiales de la vida.

 

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Eduardo de la Fuente, WCCM Argentina

 

 

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: viernes de la primera semana de Cuaresma.

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Los adultos que sobreviven el abuso infantil suelen contar que desarrollan un mecanismo de supervivencia para hacer frente a la situación cuando el abuso recurrente está a punto de repetirse. Escuchar los pasos por el pasillo y una puerta que se abría pronto les causaría la separación de su cuerpo, pues esta separación les permitía enfrentar el terror, el asco y la vergüenza. Imaginar que flotaban en un rincón del techo, y que miraban hacia abajo para ver lo que le pasaba a alguien que no era realmente ellos era su única forma de escapar.

En ese entonces funcionaba, pero la solución se convirtió en un problema más adelante cuando se dieron cuenta de que ahora no se sentían reales y de que nunca se personificaron con aquellos con quienes se relacionaban. El miedo, la distancia, un irracional e inquebrantable sentimiento de autoenajenación los acompañaron y causaron estragos en todos los aspectos de sus vidas.

Ahora se reconoce ampliamente la crueldad con la que el abuso en la infancia influye y distorsiona la vida futura, después de milenios de creer que los niños simplemente lo superaban a medida que crecían. La retorcida percepción de uno mismo como víctima culpable en las situaciones cotidianas, arrebata las alegrías y maravillas ordinarias de la aventura de la vida en cada uno de sus capítulos.

Con todo, en el corazón de esa aventura está el proceso de curación. Dentro de él, la gracia llega de manera impredecible, a menudo cuando la situación está a punto de volverse intolerable. La gracia puede manifestarse en una conversación que se oye por casualidad, una palabra que se deja caer en el silencio, una mirada, un libro, un almendro en flor temprana contrarrestado por la luz del sol en un frío día de primavera. O en una persona. La gracia no usa la fuerza, aunque es poderosa. No erosiona más nuestra ya limitada libertad, aunque es, gradualmente, irresistible. Cuando la rechazamos porque nos expone un dolor que preferimos reprimir, recuerdos que no podemos llamar plenamente a la conciencia, la gracia no se ofende ni nos desprecia. Expresa un amor mucho más profundo que eso.

En el desierto de nuestro corazón, «donde comienza la fuente de la curación», la gracia brota, traspasa las capas más densas del dolor y del miedo a la realidad. Todo lo que nos pueda llevar a este desierto, donde ocurren los verdaderos encuentros, es sagrado. Para la persona que medita esta simple entrada en el desierto es un descubrimiento incesante y siempre inquietante. Se inicia un largo proceso de abandono y una reevaluación transformadora de todo el mapa de nuestra vida que hayamos construido.

Por supuesto, los frutos de la meditación nos guían a las otras fuentes de gracia y curación que necesitamos: el lugar seguro donde se puede compartir la vergüenza, la sensación de que las personas que, a pesar de su propia debilidad, pueden canalizar una intimidad que parecía perdida para siempre, de que el salvador con el que fantaseaban no existe. Pero el salvador que te conoce y ha conocido tu propio dolor, te está moviendo suavemente hacia una nueva vida.

 

Laurence Freeman OSB

Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

 

 

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma: martes de la primera semana de Cuaresma

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La Cuaresma se entiende mejor como el aprendizaje no sólo de aquello que queremos sino de lo que realmente queremos. A veces, es difícil saber lo que es. A menudo conseguimos lo que queremos y descubrimos que no es lo que pensábamos y que nos hemos dejado engañar por una falsa voluntad, un deseo débil. Podemos pasar muchas décadas adictos a cosas que realmente no queremos. Tenemos miedo de que el deseo (por ejemplo, de seguridad, riqueza, estatus, o aprobación) desaparezca.  

 Saber lo que realmente queremos se logra al soltar todo deseo, al menos por unas cuantas respiraciones durante la meditación. En estos tiempos no queremos nada excepto decir la palabra (o mantra) con pura y generosa atención. La práctica externa de la Cuaresma también apoya esto: porque la Cuaresma nos invita, no a castigarnos por nuestros malos actos o fracasos, sino, en cambio, a hacer un esfuerzo para hacer algo que realmente queremos hacer y a desprendernos (o disminuir la influencia) de algo que realmente no queremos hacer. Es bastante fácil identificar esto en algunos de los pequeños elementos de nuestra vida cotidiana. Deberíamos entonces tomar una actitud bastante divertida para poner en práctica estos (verdaderos) deseos.

 La dificultad surge cuando nuestro lado oscuro y autorrechazado se engancha a un pequeño ejercicio ascético. Si la comprensión religiosa está involucrada, esto puede llegar a ser muy desequilibrado. Sería como si alguien que decide ir al gimnasio regularmente para mantenerse en forma, luego se vuelve maniáticamente compulsivo con respecto a su tamaño o peso muscular. En una buena actitud cuaresmal, hacemos lo que realmente queremos (es decir desarrollamos buenos hábitos) y no hacemos lo que no queremos hacer (o  reducimos los malos hábitos) con un esfuerzo serio pero ligero. No se trata de pagar las deudas que hemos acumulado. Tampoco se trata de intentar ser perfectos.  O de compensar los fracasos.

 Las culturas materialistas se equivocan en cuanto a la espiritualidad. La convierten en un estilo de vida preferencial condicionado comercialmente. O bien, exponen la espiritualidad al contagioso estado de ánimo del perfeccionismo compulsivo y el hambre de aprobación que llaman éxito o a veces incluso «bienestar». El falso ascetismo de la religión puede entonces mutar, por ejemplo, y convertirse en la autodestrucción que está creciendo entre los jóvenes de hoy en día. En el pasado, los perfeccionistas religiosos usaban cinturones que los hacían sangrar. Hoy en día muchos se cortan o se queman. Ambas aberraciones son desesperadamente autodestructivas. Son intentos de sentir algo donde nos sentimos sólo entumecidos o muertos o fundamentalmente desconectados. Estos comportamientos están enraizados en falsas ideas sobre el pecado y la gracia, y una extrema separación de la sabiduría de la moderación. 

 Así que las pequeñas cosas que «hacemos en Cuaresma» tienen una buena influencia en el despertar de los valores fundamentales que necesitamos recuperar. Una vida equilibrada, por ejemplo, es esencial para un buen desarrollo humano. No obstante, no puede sostenerse sin el ascetismo, el esfuerzo moderado que hacemos para mantenernos en contacto con nuestra bondad esencial y separar los verdaderos deseos de los falsos. Cuando John Main describió la meditación como «oración pura», dijo que el ascetismo esencial de la vida cristiana es la oración. Él estaba entregando una visión de gran valor para la cultura moderna, que brinda un gran alivio a aquellos que ven lo que eso significa.

 Laurence Freeman O.S.B.

 Traducción: Elba Rodríguez (WCCM Colombia)

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Cuaresma 2020: sábado después del Miércoles de Cenizas.

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En el espíritu de peregrinación – ya sea en meditación o en una búsqueda de la vida -, repetimos las cosas para comprender mejor el significado de lo que recordamos. Al hacerlo, representamos el pasado como una dimensión del ahora en el que estamos. El tiempo se vuelve telescópico y la paz que sentimos al hacerlo demuestra que, al menos por el momento, hemos pasado más allá del miedo al tiempo que es esencialmente siempre el miedo a la muerte.

Al tratar de seguir a Jesús en todos los aspectos de nuestra vida, como maestro, amigo y encarnación de la verdad, recordamos momentos clave de su vida. Esto no es para fijarse en el Jesús histórico: «qué haría Jesús si estuviera aquí» no es realmente una cuestión de fe. La fe nos dice que está aquí. Recordamos al Jesús histórico para ser más conscientes de su presencia en la resurrección. Así nos sentimos una mañana, cuando renovamos nuestras promesas bautismales en el río Jordán.

Como Mark Twain señaló rápidamente, el Jordán no es el Mississippi. Es un pequeño río muy modesto, que tiene una presencia imaginativa en muchas historias bíblicas mucho más allá de su tamaño real.

Del mismo modo, el campo de Armagedón, que forma parte de la política de Oriente Medio de la derecha cristiana estadounidense, donde la batalla final del bien y el mal tendrá lugar cuando todos los judíos hayan regresado a Israel, es aproximadamente del tamaño de un campo de fútbol.

Cuando regresé a una casa de la infancia después de muchos años, estaba desorientado por lo pequeña que era, como si fuera un gigante en una casa de muñecas.

La imaginación religiosa necesita ser controlada, razón por la cual un tipo de oración apofática, sin imágenes, es una ascesis esencial en una religión sana.

El hecho de que Jesús fue bautizado por Juan parece haber sido difícil de explicar para algunos cristianos primitivos. ¿Cómo podría el Mesías, el Hijo de Dios, necesitar ser bautizado? Para nosotros es obvio por qué, cuando renovamos las antiguas promesas e inclinamos la cabeza para dejar que otra persona vierta agua sobre nosotros. Porque necesitamos a otros. Que Jesús inclinó su cabeza como lo hacemos nosotros, refuerza su humanidad e ilumina la nuestra.

La peregrinación física, que es una forma dramática de lectio, nos recuerda lo que significa la Palabra que se hace carne. No es solo el descenso de lo divino a lo humano, sino una revelación de lo que la humanidad es capaz y a lo que está destinada. Dios se hizo humano, como los padres de la Iglesia solían repetir, para que los seres humanos se convirtieran en Dios.

Que esto no requiere una batalla cósmica o la destrucción de nuestros enemigos es evidente en la gloriosa rutina de la vida de Jesús. Aquel en cuyos pasos caminamos conocía la vida de un pueblo, disfrutó de la compañía de amigos y familiares, fue a una fiesta de bodas. El significado de su signo es que lo divino está completamente vivo dentro de toda la experiencia humana de la vida desde el nacimiento hasta la muerte y todo lo demás.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Marina Müller, WCCM Argentina