Enseñanzas Semanales

Enseñanzas semanales

Enseñanza 27 ciclo 3

El Desierto y el Arroyo  

El camino espiritual, a través del conocimiento de uno mismo, nos conduce al conocimiento de Dios, como ya hemos escuchado o leído en las palabras de los místicos o maestros espirituales. Laurence Freeman, en su libro “Jesús el Maestro Interior” afirma: “Cada persona se conoce a sí misma de forma única y expresa, de manera única, la idea de la no dualidad, la simple naturaleza de Dios y del Yo. Es una unión que transfigura pero que no destruye la identidad personal”.  

La siguiente historia sufí narra bellamente lo que requiere este proceso:  

La historia comienza con una suave lluvia que cae sobre una elevada montaña en un lejano lugar. Al principio, la lluvia cae de forma suave y silenciosa, deslizándose por las laderas de granito de la montaña. Poco a poco fue aumentando su fuerza, formando riachuelos de agua que resbalaban sobre las rocas y bajo los retorcidos árboles que allí crecían. La lluvia caía sin calcular dónde lo haría; el agua nunca tiene tiempo para probar cómo caerá. De pronto, comenzó a llover a cántaros, de forma que veloces corrientes de agua oscura confluían en los comienzos de un arroyo. El riachuelo abrió su propio camino por la ladera de la montaña, a través de las pequeñas veredas de cipreses y campos de lavanda, y fue cayendo en forma de cascadas. Descendía sin esfuerzo, salpicando todas las piedras que iba encontrando a su paso, aprendiendo que el riachuelo que choca con las rocas es el que canta con más nobleza. Finalmente, dejando atrás la altura de la lejana montaña, el riachuelo se abrió paso hasta el borde de un gran desierto. Arena y rocas se extendían más allá de la vista.  

Tras haber salvado todos los obstáculos que había encontrado en su camino, el riachuelo confiaba totalmente en poder cruzar también el desierto. Pero tan pronto como sus olas salpicaban en el desierto, así de rápido desaparecían en la arena. Al poco tiempo escuchó una voz susurrando como si procediera del desierto que le decía:

“El viento cruza el desierto, luego también puede hacerlo el arroyo”.  

“Sí, ¡pero el viento puede volar!” gritó el riachuelo, mientras seguía arremetiendo sobre la arena del desierto.  

“Nunca podrás atravesarlo de ese modo” susurró el desierto.

“Debes dejar que el viento te lleve”.  

“Pero ¿cómo?”, gritó el arroyo.  

“Debes dejar que el viento te absorba”, le contestó el desierto.  

El arroyo no podía aceptar esto, puesto que no quería perder su identidad o abandonar su propia individualidad. Después de todo, ¿cómo podría estar seguro de volver a ser un arroyo si se entregaba al viento?  

El desierto le respondió que quizá algún día, la corriente podría continuar su flujo incluso formando un pantano allí, al borde del desierto. Pero que nunca conseguiría cruzar el desierto manteniéndose como un arroyo.  

“¿Por qué no puedo permanecer como el mismo arroyo que soy?”, exclamó el agua.

Y el desierto le respondió, tan sabio como siempre: “Nunca podrás permanecer siendo lo que eres. O te conviertes en pantano o te entregas al viento”.  

El arroyo permaneció en silencio durante mucho tiempo, escuchando ecos lejanos de la memoria, sabiendo que parte de él ya había estado antes en los brazos del viento.  

Desde ese lejano y olvidado lugar, poco a poco fue recordando cómo el agua va conquistando y avanzando sólo por ceder, dejándose fluir a través de los obstáculos, transformándose en vapor cuando es amenazada por el fuego. Desde las profundidades de ese silencio, lentamente se elevó en forma de vapor en los acogedores brazos del viento y renació en lo alto, llevado fácilmente hasta las grandes nubes blancas sobre el extenso desierto. Al aproximarse a las lejanas montañas, al otro lado del desierto, el arroyo comenzó entonces a caer como una suave lluvia. Al principio, la lluvia cayó de forma suave y silenciosa, deslizándose por las laderas de granito de la montaña. Poco a poco fue aumentando su fuerza, formando riachuelos de agua que rodaban sobre las rocas y bajo los retorcidos árboles que allí crecían. La lluvia caía sin ningún tipo de cálculo. Y pronto comenzó a caer torrencialmente, de forma que veloces corrientes de agua oscura confluían en los comienzos de un nuevo arroyo.  

Kim Nataraja  
Traducido por WCCM España
P. Laurence Freeman OSB

Carta del P. Laurence, octubre 2023

Querida Comunidad de Meditadoras y Meditadores:  

Estamos empezando a darnos cuenta de que la pandemia del Covid ha sido un punto de inflexión para nuestro mundo. Nos ha asustado el volver a salir, retirándonos a la zona de confort de la realidad virtual de Zoom, y ha sacudido nuestra confianza en la autoridad auténtica. Para muchos creó una falsa solitud que agravó la epidemia previa de soledad que sólo la interioridad, la verdadera solitud en unidad con los demás, puede curar. Y sin embargo (y cuidado con las explicaciones aisladas), al mismo tiempo, mientras la pandemia mantenía a la gente encerrada en casa, ayudó a muchos a buscar más profundamente el espacio interior de la contemplación.  

El programa online de nuestra comunidad nació durante el Covid específicamente como “un camino contemplativo a través de la crisis”. Durante los primeros meses, observé que una cara familiar estaba presente en casi todos los eventos online. Cuando hablé con esta persona más tarde, me contó que durante el encierro había experimentado una profunda conversión personal. Cada evento online hizo que el proceso fuera más profundo. Mientras escuchaba, pude ver los signos de este cambio personal: una mayor apertura de espíritu y dulzura de modales, un sentido de humildad ante lo que había vivido, una nueva ternura.  

Es el mismo mensaje para todos, pero hay una interpretación diferente para cada uno: como el caso del estudiante de empresariales con el que hablé sobre su aprendizaje de la meditación y que me enseñó que el camino de la verdadera metanoia no siempre es fácil. Había comenzado una práctica diaria de meditación, una vez al día. Le pregunté qué sentía acerca del “trabajo del mantra”. Él dijo: “Bueno, me parece que está bien y me atrae. Pero es difícil”. Entonces le pregunté qué hacía cuando le resultaba difícil: dijo que se ponía los auriculares y escuchaba una meditación guiada o música suave. Pero estaba abierto a discutir esto y al final pareció agradecido de escuchar lo que yo, o cualquier meditador experimentado, hubiese sugerido: permanecer con el mantra, suave y fielmente, y quitarse los auriculares. *

Créeme. Incluso con el mantra, el meditar al aire libre, bajo un sol abrasador, en medio de una multitud de cientos de jóvenes, con los más cercanos a ti cantando ‘Feliz cumpleaños’ en todos los idiomas a máximo volumen, es un desafío. Esta fue una idea de lo más sabia que surgió entre los veintidós jóvenes adultos meditadores (desde Indonesia hasta México) con quienes asistí a la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa el mes pasado. Nos sentamos en círculo en el suelo con la esperanza de ser una señal con nuestro ‘flash mob de meditación’. ¿Con qué significado? Que no es necesario ser solemne ni muy devoto para entrar en la habitación interior de la contemplación; que la meditación es parte de la vida, como las fiestas de cumpleaños, los viajes y conocer gente nueva.  

La unidad de nuestro pequeño grupo conectó con la bulliciosa multitud que nos rodeaba y, eso esperábamos, le sirvió de testimonio. En total, el millón y medio de jóvenes cristianos de un récord de 200 países representaban en toda su riqueza la caótica catolicidad de la Iglesia, con un amplio espectro de individuos, comunidades y tipos de teología. Cualquiera que piense que la Iglesia puede imponer creencias y prácticas homogéneas será mejor que se lea los Hechos de los Apóstoles y que asista a la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Seúl. No estoy diciendo que se tratara ya de la Jerusalén celestial -a menudo se parece más a la terrenal, a escala global. Pero mientras las olas de alegres jóvenes se entremezclaban y fluían por las calles de Lisboa, la pregunta que me rondaba era: “¿cuál es la esencia de esta experiencia de unidad?” Ni un equipo de fútbol ni una estrella de rock. Ni una sola preferencia teológica. La fuente de tal unidad no es fácil de explicar. Está más allá del horizonte de nuestra visión. Pero entonces me acordé de Wittgenstein, el filósofo de lo simple, pero difícil de entender. Dijo que para comprender todas las creencias y comportamientos humanos, debemos tener en cuenta la distinción vital entre “lo que se puede expresar y lo que no se puede expresar, sino sólo mostrar”. A aquellos que tenían ojos para ver y oídos para oír – a veces con ruido y otras en silencio – se les estaba mostrando esta unidad.  

No se me ocurría ningún mitin político o evento deportivo que pudiera unir a tanta gente a tal escala. Si tan sólo la Iglesia pudiera vivir mejor esta unidad inmanente en su vida ordinaria; y si los medios de comunicación fueran más objetivos al informar lo que este tipo único de celebración intercultural muestra sobre el potencial humano. Por supuesto, todo el evento fue una multitud llamativa de más de un millón. Sin embargo, dada su corta semana de super-vitalidad y a pesar de su magnitud, resultó ser a escala humana. Los jóvenes meditadores eran un grupo humano diverso lo suficientemente pequeño como para reconocer y aceptar las grandes diferencias entre nosotros, individual, lingüística y culturalmente, desde un banquero de inversiones hasta un estudiante de teología. También fue lo suficientemente auténtico como para abrir los ojos del corazón a una misteriosa presencia personal, que podía ser mostrada pero no fotografiada y que era la fuente de nuestra unidad más allá de nuestros horizontes interiores, el amigo mutuo de nuestra amistad.  

Nuestro amigo común, Jesús, nos mostró que la unidad no es uniformidad. No puede ser encerrada en una caja que una fuerza externa pueda sofocar o suprimir, controlar o contener. La larga historia de opresión social y personal muestra la resiliencia de la unidad de la humanidad en libertad. Esta fuente de unidad, en última instancia, irreprimible, es siempre enemiga de las fuerzas opresivas. Sin embargo, la oscura fantasía de “1984” de Orwell o la profecía de la “burocracia totalitaria” de Simone Weil parece cada vez más real hoy en día en la vigilancia masiva y la aplicación de un control despiadado en China o en los gusanos algorítmicos secretos de los medios de comunicación. Fuerzas anónimas impulsadas por la codicia de poder sólo pueden degradar nuestra sagrada libertad humana y nuestra catolicidad divina si se lo permitimos. En su aplicación pervertida de la ciencia, la tecnología y los medios de comunicación, el lenguaje de la comunicación de masas se convierte en mentiras y disparates, negaciones absurdas de lo obvio, que pocos se atreven a exponer.  

La verdad se distorsiona en realidades alternativas, la paz se convierte en el resultado de la agresión, la justicia se traiciona en la guerra de intereses especiales, el amor se reduce al deseo, la conversación al ruido de la jungla. Sin la defensa de la realidad, por la cual la mente contemplativa está dispuesta a sacrificarse, los mejores inventos de la mente humana quedan esclavizados al servicio de los dioses de Mammón y el nacionalismo. La imaginación creativa está poseída por el demonio del orgullo y le lleva a idear medios cada más fríos de destrucción masiva; las formas de “comunicación” están diseñadas deliberadamente para oscurecer, crear adicción y polarizar; las ciencias de la tierra capaces de resolver las crisis que nosotros mismos hemos creado se utilizan indebidamente para explotar los recursos finitos que quedan en la biosfera; y la economía, capaz de lograr una distribución más justa de la riqueza, amplía la brecha entre ricos y pobres y nos aleja a todos de nuestro hogar común en este frágil planeta.  

Es fácil hacer listas retóricas de nuestros problemas actuales. Sin embargo, una vez que hayamos visto la clave esencial y estemos listos para hacer preguntas sobre cómo cambiar -nuestras vidas personales o el destino de la humanidad- deberíamos suspender el análisis y formular la pregunta redentora que inicie un verdadero cambio de dirección. El primer paso transformador de la recuperación es preguntar: “¿Qué puedo hacer?” Aquellos que se adentraron en el desierto de Judea para encontrar un profeta le preguntaron a Juan el Bautista: “¿Qué haremos?”. Casiano y Germano le pidieron a su maestro del desierto, “danos un ejercicio”. *

Existen muchas artes dentro del arte de la oración. Practicadas de buena fe, no se excluyen mutuamente. Como diferentes instrumentos en una orquesta, incluso si parecen usar medios muy diferentes, todas conducen a la única oración del Espíritu. Está el arte del trabajo del silencio, la gran pobreza de espíritu, como la llamó Casiano, que ha formado y renueva nuestra comunidad. Esta pobreza, la primera bienaventuranza, la obtenemos mediante la “renuncia a todas las riquezas del pensamiento y de la imaginación”. Es la comprensión central de la oración en toda la tradición del desierto: el “dejar a un lado los pensamientos”. La compartimos con muchos de los jóvenes peregrinos en Lisboa que parecían hambrientos de espacios de silencio y quietud, especialmente en medio de la constante actividad y el ruido. Otro arte de la oración, la lectura de las Escrituras, que por el contrario utiliza palabras e imaginación, se entrelaza de manera enriquecedora con el camino del silencio y la quietud mental. Necesitamos ambas, como un avión necesita dos alas para mantener su rumbo.  

Cuando decir el mantra se vuelve difícil, los meditadores que han aprendido su arte resisten la tentación de ponerse los auriculares. Incluso con un sentimiento de fracaso podemos abrazar y disfrutar la obra de la Palabra, “en la prosperidad y la adversidad”, y aprender lo que significa convertir la vida en una peregrinación siendo un peregrino en todo. Entonces nos beneficiamos de cada paso que damos en nuestro camino diario, incluso de aquellos que son marcha atrás, acogiendo la amistad de los demás y las muchas prácticas enriquecedoras y sorpresas que enriquecen el camino. Una de las prácticas complementarias más nutritivas es el arte de leer textos sapienciales de una manera que les permita a ellos leernos a nosotros, transformar nuestras perspectivas de vida y revelar que lo sagrado está en todas partes. A medida que aprendemos a leer de esta manera, los textos se fusionan sutilmente, a menudo de forma imperceptible, a lo largo del día con nuestros pensamientos, palabras y recuerdos. Como amigos, compañeros, maestros, se convierten en pozos inagotables de sabiduría.  

A finales de este mes comenzamos una serie de sesiones online llamada “Entre líneas: cómo leer la Biblia y otros textos sagrados”. Leer de la manera en que se deben abordar los textos sagrados para que podamos descubrir sus tesoros escondidos es una de esas raras cosas de gran valor: algo que es bueno en sí mismo. Cada vez, de forma fresca, abre nuevas maravillas de la conciencia, siempre refrescando nuestras mentes cansadas o espíritus deprimidos, al mismo tiempo que nos prepara para volver a la meditación y al trabajo esencial de la pobreza. La sabiduría de grandes textos como la Biblia se entrelaza, fusiona y superpone con la de otras tradiciones. La sabiduría es un lenguaje de revelación con muchos dialectos, muchas lenguas. Siguiendo estas huellas con paciencia y atención, comprendemos que ya somos miembros de una gran familia de sabiduría, mayor de lo que podríamos imaginar. Siempre tenemos muchos más parientes de los que pensamos, y cuanto más los descubrimos, más experimentamos el parentesco ilimitado con los vivos y los muertos, con los lejanos y cercanos, con los recordados y los perdidos en la memoria. Toda la humanidad pertenece a la familia de la sabiduría que se expresa en grandes escritos transmitidos a lo largo de los milenios.  

Como en un gran encuentro familiar que reúne a diferentes generaciones y culturas, las diferentes partes del clan, así como cada individuo, sienten un enriquecimiento de identidad al celebrar en unidad todas sus diferencias. Cada vez que leemos un texto sagrado –no tanto comentarios sino el original- celebramos esa unidad. Pero para muchos feligreses y seguidores de otras religiones, las Escrituras sólo se escuchan murmuradas desde el ambón para ser predicadas después, generalmente de manera moralista más que mística, desde un púlpito. Sin una escucha atenta no hay escucha transformadora y, sin escuchar, el músculo de la atención se atrofia como lo está haciendo en nuestra era de distracción. Se trata de un conocimiento básico de los textos y las tradiciones: menos de la mitad de los cristianos estadounidenses que se identifican a sí mismos como tales pueden siquiera nombrar los cuatro evangelios. En las mentes distraídas, las palabras escuchadas a medias y predicadas en exceso se convierten en un revoltijo. Los espacios vacíos entre las líneas, que nos ofrecen espacio para expandirnos y volar, a menudo están llenos de consignas, y lo sagrado rápidamente se convierte en político. Las palabras que creemos saber entran por un oído y salen por el otro sin jamás despertar la mente con la gran sorpresa que surge al reconocer nuevas realidades. Kafka describió la verdadera lectura “como un hacha para el mar helado que llevamos dentro”. *

Para muchos, especialmente la generación más joven, no sólo los textos sagrados, sino también cualquier forma de lectura de una página, resulta terriblemente desconocida. Les hace sentir su soledad. Una estudiante me dijo una vez que prefería estudiar en su ordenador en un café ruidoso porque el silencio de la biblioteca le resultaba escalofriante. Otro me dijo que obtuvo la mayor parte de sus conocimientos de YouTube y que casi nunca leía una página física. Pero después de empezar a meditar, poco a poco se sintió atraído por leer libros por primera vez. Describió de manera reveladora su sentido de la diferencia entre palabra e imagen. YouTube era más fácil, más pasivo, pero no retenía muy bien su contenido. Leer era más difícil, pero proporcionaba la sorpresa de “encontrarse con otra mente”. Lo que leía le entraba en la memoria a largo plazo. Esto sugiere lo que quiso decir San Bernardo cuando habló de la “palabra que se hace carne” cuando la atendemos con amor y le permitimos deslizarse de la conciencia mental a la del corazón. San Benito hizo de la lectura diaria uno de los tres pilares de la vida de los monjes. Prescribió una hora extra durante la Cuaresma. Esto es aún más sorprendente porque las tasas de alfabetización eran bajas en el siglo VI, por lo que muchos habrían aprendido a leer al tiempo que aprendían a vivir la vida monástica. Una parte de su aprendizaje consistía en cómo orar. Sin embargo, parecía creer que todos los monjes podían (de hecho, debían) leer; y, como muchos abades desde entonces, tuvo que exhortarlos a que lo convirtieran en una práctica seria y regular. Hoy en día, muchos de los que se afanan con los correos electrónicos en las comunidades contemplativas luchan por “hacer tiempo para leer”, al igual que sus homólogos en ocupaciones más mundanas. ¿Por qué este énfasis en la lectura en la tradición contemplativa? No para convertirnos en eruditos o ganadores de concursos o aprobar exámenes. Sino porque el proceso de lectura atenta ilumina nuestra interioridad y nos atrae seductoramente hacia la habitación interior. La lectura es beneficiosa para todos porque la atención requerida conduce a la quietud y, por tanto, a una mente más clara y menos egocéntrica. Para el practicante contemplativo es una parte esencial de su vida. Todo niño necesita aprender a leer. Como contemplativos necesitamos aprender a leer de esta manera. Un poco de entrenamiento nos ayuda a involucrarnos con los textos de las Escrituras y de la sabiduría de una manera transformadora. Espero que mi curso ayude a las personas a descubrir esto por sí mismas porque en este, como en cualquier aprendizaje, la experiencia es la maestra. *

El arte de la lectura es la primera etapa del arte de la oración en sí porque, al igual que la oración pura, la ‘lectio’ me ayuda a desviar la atención de mí mismo y ver que la esencia de la oración pura es la atención centrada en el otro. Este tipo de lectura no es para entretenimiento o información. Es para entrenamiento mental y enriquecimiento profundo en el conocimiento de uno mismo. Es un viaje de descubrimiento que se expande para mostrar cómo todas las relaciones de la vida diaria (aquellas con las que disfrutamos, luchamos o simplemente soñamos que pueden suceder algún día) nos conducirán a espacios más amplios e interiores. La lectura nos familiariza con nuestra propia mente y favorece una relación sana con nosotros mismos. Leer bien textos sagrados o bellos es volvernos más transparentes y honestos con nosotros mismos porque ellos nos devuelven la atención leyéndonos a nosotros. La lectura refleja nuestra mente como la mente refleja lo que leemos. Pero los textos más importantes los vemos a través del espejo. Cruzamos la frontera del lenguaje y la imaginación. Nuestra “relación con Dios” se libera de la dualidad a medida que avanzamos hacia la unión con la red de relaciones que componen el mundo. En realidad, esto simplemente describe el viaje humano en sí. La meditación, apoyada en una buena alimentación y en la disciplina de la lectura, con otras prácticas contemplativas y el compromiso del trabajo como servicio, no explica, sino que nos muestra lo que significa ser humano. Estas prácticas sostienen el proceso de metanoia que dura toda la vida, cambiando nuestra mente y sus hábitos desgastados, y ampliando nuestros horizontes de visión. Lo que vemos es en lo que nos convertimos.  

En una cultura tan obsesionada de forma adictiva con las imágenes como la nuestra, volver a aprender el arte de la lectura ofrece un camino de regreso a la capacidad visionaria -más allá de la imaginación- de la mente contemplativa. Ofrécete a él… la adoración ofrecida por la mente y el corazón. No te adaptes más a los esquemas de este mundo actual, sino que deja que tu mente se rehaga y toda tu naturaleza se transforme así. Entonces discernirás lo que es bueno, aceptable y completo. (Rom 12,1-4) ¿Cómo tiene lugar esta gradación en el cambio? La vida consiste en un variado menú de acontecimientos catastróficos, pérdidas insoportables, celebraciones estimulantes y sanaciones profundas. Pero los cambios más profundos se desarrollan silenciosamente, no a simple vista, de manera imparable y con un sentido de significado abrumadoramente gentil y generoso. Los textos sapienciales, como el Tao Te Ching, por ejemplo, nos incitan a comprender por qué “la paz y la tranquilidad gobiernan el mundo”, incluso cuando vemos el mundo inmerso en la agitación. Y en un mundo de agendas abarrotadas se nos recuerda, como en el Salmo 46, por qué debemos “estar quietos y saber que yo soy Dios”. En la próxima serie de charlas también me gustaría mostrar cómo la lectura de estos textos universales necesita un contacto directo, no de segunda mano. Leámoslos con nuestros propios ojos para así liberar una fuente de alegría que a menudo está bloqueada para la gente moderna porque la experiencia personal a menudo es filtrada y exteriorizada. Para aprender a leer de esta manera necesitamos alejarnos de las pantallas. El anzuelo es simplemente lo que nos da alegría, y nos enseña a preferir lo real y sin empaquetar a la imitación.  

La meditación y los lugares, como Bonnevaux, donde ésta se practica a diario, son algo más que rutas de escape a los problemas del mundo. Señalan, aunque sea humanamente, el sacrificio de atención que debemos hacer a lo real. Se trata de algo más que recargar pilas agotadas. Son transformadores. El proceso de metanoia iniciado con la meditación en común continúa en casa y en el trabajo. La experiencia de uno mismo y una nueva forma de ver es libre y liberadora para quienes se arriesgan a la práctica diaria y viven cada día en transformación. El camino es el mayor desafío: confiar en lo más simple que podemos encontrar. La experiencia contemplativa, alimentada por las dos prácticas de meditación y lectura sagrada, lo simplifica todo. Permite que la paradoja de la realidad se abra como una flor y germinen las semillas que se convierten en frutos del espíritu. Maravillosamente, la meditación se fusiona con la vida diaria. Y los lugares como Bonnevaux, donde podemos aprender la peregrinación de la metanoia y regresar para refrescar nuestra práctica, se convierten en un ‘por doquier’.  

Con todo mi cariño, Laurence Freeman OSB
Noticias de la Comunidad, P. John Main O.S.B.

JOHN MAIN Y LA DIMENSIÓN CRISTIANA DE SU MEDITACIÓN

Agradecemos a WCCM-España esta nota, que ha sido preparada por Carlos Miramontes Sejía, sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago de Compostela y Doctor en Teología Moral por la Pontificia Universita Lateranense de Roma. Publicó el año pasado el libro “John Main, Apatheia – Nirvana”.

La Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana fue fundada como institución por los discípulos y amigos de John Main OSB (1926-1982) para compartir la profunda experiencia de su vida. Si bien John Main no nos dejó una obra sistemática terminada, este no fue nunca su objetivo. Él no quería pavimentar caminos conocidos, sino buscar nuevas rutas[1]. Esto es algo esencial para John Main.

Por otro lado, quería caminar con los maestros y maestras que nos han precedido, y eso es algo esencial también para John Main. Sus referentes son el Evangelio, los Padres del Desierto, y San Benito, en primer lugar, aunque también valorase en gran medida a autores como Henri le Saux OSB, por ejemplo y explícitamente, o a muchos otros autores de otras confesiones o tradiciones religiosas, como por ejemplo a quien fue su maestro de meditación no ignaciana, Swami Satyananda. La apertura ecuménica e interreligiosa es otro aspecto esencial para John Main.

Para comprender la dimensión profundamente cristiana que encierra la práctica denominada por John Main como “meditación”, a cuyo cultivo y enseñanza dedicó en cierto modo su vida, podemos pensar en sus raíces históricas y en su contenido.

La dimensión histórica

Para John Main los Padres del Desierto fueron siempre una referencia, y fue importante por tanto para él descubrir en la X Conferencia de la obra Colaciones de Juan Casiano el famoso discurso en el cual el abad Isaac le explica al joven Casiano cómo ellos habrían recibido una enseñanza “de los padres más antiguos” y que consistía en recitar una breve frase bíblica solicitando la ayuda y presencia de Dios, con confianza, útil en toda circunstancia, y útil también para “centrar” la mente y el corazón en Dios.

Curiosamente, lo cierto es que John Main llega hasta esa forma de oración a través de un monje hindú, Swami Satyananda. Como creyentes podemos considerar esto como algo providente. Y es que este tipo de oración de recitación de una palabra sagrada[2] no es algo exclusivo del cristianismo. Hoy en día está presente de uno u otro modo en todas las grandes religiones del mundo. En la Antigüedad sabemos que estaba ya presente en el mundo de la India, y probablemente también en el mundo mediterráneo. John Main quiso ver esta forma de oración incluso en Jesús de Nazaret[3].

Sobre el por qué esa forma de oración se hallaba ya en la Antigüedad diseminada por el mundo, hay tres explicaciones posibles, y son complementarias entre sí: Se corresponde con la forma de ser del ser humano.Gracias a Dios que guía a todos los pueblos y cuyas “huellas” Justino en el siglo II denominó ya como “semillas del Verbo”. Por contactos interculturales, que sabemos que ya en la Antigüedad eran muy frecuentes.
La dimensión de los contenidos

A nivel de contenidos, podemos distinguir dos niveles: Es una práctica que nos ayuda a referirnos a un Tú, al Tú de Dios, dejando atrás al “yo”; nos abre pues a la escucha de la realidad, esto es, a la contemplación.En su nivel más profundo, la meditación cristiana de John Main es esencialmente confianza en Dios en sí misma, porque “dejar atrás el yo” realmente conlleva un “salto” de confianza, de fe. 
Recordemos lo que decía John Main:

“Creo que una de las cosas que nosotros, como personas modernas, tenemos que aceptar es que si vamos a entender el misterio de nuestra propia existencia, tenemos que entenderlo en términos de hacer contacto con el misterio supremo, lanzándonos a las profundidades, a ese nivel de profundidad en el que podemos hacer contacto con la fuente de la maravilla de la vida misma.

Podemos encontrar todo tipo de anestésicos, podemos encontrar todo tipo de banalidades sobre las cuales tratar de vivir nuestras vidas, pero ninguna puede satisfacernos en un sentido profundo, y en términos teológicos cristianos, esa fuente de maravilla de nuestro ser con la que debemos de hacer contacto es Dios; y como sabes al aprender a decir tu mantra con absoluta sencillez, le encomendamos todo nuestro ser.

Meditar es en muchos sentidos un acto sacrificial, asumimos el riesgo, nos ofrecemos a Dios, abandonando a Dios todo lo que somos, y todo por lo cual sabemos que somos, y simplemente decimos nuestro mantra; y ese es tanto el desafío como el poder de esto, y requiere confianza, confianza absoluta, y no puedes ser cristiano a menos que aprendas a confiar absolutamente, y lo que cada uno de nosotros puede descubrir de nuestra propia experiencia es que en el momento de la confianza el goteo de la vida se convierte en un torrente”[4]

Por ese motivo, John Main insistió en que la meditación de la que hablaba no debía de ser comprendida como una técnica, porque en la técnica no hay confianza ya que es hacer algo para producir otra cosa. Es más, decía que la meditación de la que hablaba debería de liberarnos de nuestra mentalidad “mecanicista” y abrirnos al misterio de la realidad[5].

La confianza en Dios, la fe, como ha sido reconocido ecuménicamente, es la base del actuar cristiano[6]. John Main decía, por eso, que solo podías comprobar si “estabas meditando bien” si amabas más a tu vecino[7]. Carlos Miramontes Seijas    
[1] “un líder [es uno] que siempre está señalando el camino a seguir hacia lo que está más allá” J. Main, Community of love, Medio Media, Singapore 2010, versión e-book, posición 725 [traducción propia del inglés].

[2] Esto es literalmente lo que significa la palabra sánscrita mantra, popularizada por el mismo John Main en ámbito cristiano; simplemente “palabra o frase sagrada, oración o canto de alabanza” [Cf. M. M. Williams, A Sanskrit – English Dictionary, Motilal Banarsidass, Delhi 1986, 785; 810].

[3] «se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras» Mt 26, 44; referencia tomada de J. Main, Word into silence, Paulist Press, Ramsey 1981, 52-53 con texto castellano de Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao 1999.

[4] J. Main, «The way of salvation», en el CD In the beginning (05:18-08:28) [transcripción y traducción propia del inglés].
[5] “La enseñanza de Jesús sobre la oración en el evangelio es la enseñanza básica que subyace a la meditación. Por ejemplo, el espíritu de confianza fiel implícito en el mantra es lo que encontramos en su mandato de ‘Pon tu mente en el reino de Dios y su justicia antes que todo lo demás y todo lo demás vendrá a ti también’ […] Uno no puede, en nuestra sociedad tan materialista, sino preguntarse, ¿qué saco yo de esto? ¿Si sigo el camino espiritual, qué voy a sacar de ello? Basta con considerar los conceptos básicos de la vida que tenemos en nuestra sociedad. El modelo básico con el que operamos es esencialmente mecanicista y la vida se convierte fácilmente en una operación mecánica. Pensamos que estamos aprendiendo a lidiar con la vida dominando los procedimientos y como resultado perdemos la vitalidad de la experiencia en sí […] La meditación es importante porque debemos liberarnos de esa visión mecanicista de nosotros mismos y de la sociedad. Espiritualmente es de suma importancia porque es el paso más práctico que cualquiera puede dar para redescubrirse a sí mismo, no como una máquina o como un engranaje mecánico en una vasta línea de montaje; esto es, para llegar a conocernos a nosotros mismos como poseedores de una profundidad de misterio infinita” J. Main, The way of unknowing, Darton Longman & Todd, London 1989, 73-74 [traducción propia del inglés].

[6] “Juntos confesamos: Sólo por gracia, en la fe en la obra salvadora de Cristo y no por ningún mérito de nuestra parte, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo, que renueva nuestros corazones mientras nos equipa y nos llama a las buenas obras” Lutheran World Federation and the Catholic Church, Joint Declaration on the Doctrine of Justification, 1999, n. 15 [texto inglés consultable en la siguiente dirección online de manera abierta:  https://www.lutheranworld.org/sites/default/files/Joint%20Declaration%20on%20the%20Doctrine%20of%20Justification.pdf] [traducción literal propia del inglés].
[7] “¿Cuál es la gran prueba de que tu meditación está funcionando y estás progresando? No te aconsejo que te califiques a ti mismo, la gran prueba es: ¿Estás creciendo en el amor? ¿Estás creciendo en paciencia? ¿Estás creciendo en comprensión y compasión?” J. Main, Door to silence, Canterbury Press Norwich, London 2008, versión ebook, posición 1099 [traducción propia del inglés].    
P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones del P. Laurence: tercer domingo de Adviento 2022

Tercer Domingo de Adviento 11 de Diciembre de 2022  

Hoy es el gran momento de Juan el Bautista bajo los focos. Jesús, a quien reconoció y bautizó como su sucesor, ahora le reconoce públicamente. Él da testimonio de su importancia única como puente entre el antiguo y el nuevo régimen, la Ley y el Reino. En ellos, no vemos ni rastro de la competitividad, tan evidente y vergonzosa que hay entre los líderes del mundo de la política, la educación, el espectáculo o los negocios. Quizás esto se deba a que sabe que ambos estarían destinados a un fracaso catastrófico, y rara vez competimos con alguien para ser el mayor fracaso.

La sabiduría de ambos se forjó en la experiencia del desierto. Tras ellos vendría un ejército de discípulos que también serían habitantes del desierto y que describieron la ciencia de la práctica del desierto fundamentada en el arte de la oración del corazón. Como saben todos los habitantes del desierto, incluidos todos los meditadores, esta tarea se realiza simultáneamente en el cuerpo, a través de los muchos niveles de la mente, y con el poder del espíritu.

La primera etapa de esta adquisición de sabiduría es la más breve: el entusiasmo. Te pone en marcha con el primer fervor de conversión o apego romántico («¡He encontrado todo lo que siempre había estado buscando!»). Pero luego exige que nos comprometamos o sigamos adelante de nuevo.

Si optamos por el compromiso, que supone una reducción de opciones que precede a la dilación del corazón, entonces aparece la acedia. La nuestra es la Era de la Acedia, por lo que es difícil de reconocer y se confunde fácilmente con (o tal vez sea una forma de) depresión. Significa literalmente falta de cuidado, de preocupación y de precisión. Nos vuelve descuidados con nuestro trabajo e incapaces de disfrutar de las cosas que normalmente nos proporcionaban placer. Sus síntomas son dormir demasiado, comer en exceso, tener pensamientos suicidas o sentimientos de culpa por perder el tiempo, o ver ‘realities’ en la tele. Su dinámica tóxica es la resistencia a la invitación al amor.

Después de atravesar la acedia, pasamos a la apatheia, que es lo opuesto a la apatía. Significa la salud del alma completamente energizada y una ecuanimidad poderosa. Da rienda suelta a la creatividad y a la compasión como recursos naturales que fluyen libremente. En los días buenos, nos otorga la espontaneidad para celebrar y alabar. En los días malos, nos da la estabilidad para mantenernos a flote y surcar las olas.

Los maestros del desierto decían que ágape es hijo de apatheia. Es el amor de Dios por nosotros y crea nuestro amor recíproco por Dios, ilimitado e incondicional, de una manera aterradora, a la vez que seductora.

Cuando este ciclo de la experiencia del desierto se repite suficientemente en los elegidos, produce los profetas que hemos estado esperando y, finalmente, el que todos hemos estado esperando desde el principio.

Padre Laurence
Traducido por WCCM España

P. Laurence Freeman OSB

Reflexones del P. Laurence: segundo domingo de Adviento 2022.

Uno de mis santos favoritos es el ‘santo padre Máximo, portador de Dios, el quemador de cabañas’. No era, como se podría pensar, un pirómano místico, ya que solo quemaba sus propias chozas, que también construía, cada vez que se mudaba a otro lugar. Como muchos contemplativos que desean estabilidad en la quietud de Dios, se movió bastante. Sin embargo, sospecho que le gustaba el fuego, ya que a menudo le viene a la mente como una metáfora que describe su profunda y gozosa oración del corazón. Él compara la mente humana cuando se siente independiente de Dios con un pedazo de cera dura, que piensa que «todo está sólidamente en su poder». Cuando la cera se encuentra con el fuego, se derrite y se desprende de su ilusión de control. Así también lo humano, abrumado por el “fuego de la divinidad”, se ablanda y se vuelve fluido cuando es inflamado por el Espíritu Santo.

Juan el Bautista del evangelio de hoy era un personaje ardiente. Cuando hipócritas e impostores salían al desierto a verlo, él les decía lo que pensaba de ellos. Destacaba así otro aspecto del fuego que quema cualquier árbol que no produce buenos frutos. Es difícil aceptar que partes de nosotros necesitan morir. Sin embargo, una vez que el fuego ha hecho su obra destructiva y aún arde, lo percibimos de otra manera, bautizándonos “con Espíritu Santo y fuego”. El Bautista predicó un bautismo de arrepentimiento con agua. Cristo utiliza herramientas más enérgicas. Una vez iniciados, necesitamos perseverar en la renovación moral y tener coraje para la acción ética. Pero, después de que las cabañas que construimos hayan sido quemadas, podremos fundirnos en el fuego del amor.

Esta semana he participado en una conversación sobre si deberíamos subirnos al carro del enojo que ofrece la efímera seguridad de la corrección política, o aferrarnos a lo que nos parece la respuesta más justa. Estos momentos de conciencia podrían ser más fáciles para un Juan Bautista, que era tan independiente de la aprobación de los demás como puedas imaginar, o para un padre Máximo, que solo tenía que quemar su choza y seguir adelante. La elección es siempre entre pertenecer a una comunidad o a una multitud. La solidaridad que sentimos cuando seguimos nuestra conciencia, superando así el miedo al rechazo, es más profunda y nos sustenta más que la falsa unidad que sentimos en la energía de una multitud.

Tanto Juan el Bautista como el Padre Máximo volvieron su vista a Jesús y a su vulnerable comunidad en lugar de a la multitud. Vieron el fuego del amor que arde en el corazón en lugar del fuego del odio que puede hacer estragos en nuestras entrañas. La “oración continua” que buscaban los cristianos del desierto es el fuego del corazón de la Zarza Ardiente. Enseñaron “la oración con atención, es decir, sin ningún pensamiento”, a través de la recitación fiel de una sola palabra o frase sagrada. Este camino -que debe ser apoyado por una reducción de la distracción y el compromiso con el silencio- conduce por etapas a ser uno con Dios.

Insistieron en que este camino no era solo para los monjes del desierto. Es para cualquiera que trabaje en el mundo y quiera dedicarse a ello, reduciendo el grado de distracción y aprendiendo a amar el silencio en la medida de sus posibilidades. Se cuenta la historia de un alto funcionario imperial, llamado Constantino el Maravilloso, que fue un brillante ejemplo de presencia contemplativa. A veces, sin embargo, olvidaba lo que el Emperador le había dicho que hiciera y otros en la corte lo criticaban por ello. El Emperador le defendió diciendo que era cierto, que a veces la oración de Constantino “no le permite atender nuestras palabras sobre asuntos vanos y temporales” porque “toda su atención está puesta en Dios”. Mantuvo su trabajo. Tal vez el quemador de cabañas y el a veces olvidadizo funcionario puedan ser nuestros maestros para la segunda semana de Adviento.

Padre Laurence

Traducido por WCCM España