Lecturas Semanales

Lectura 22, Ciclo 5


“Queridos Amigos”
extracto de “Noticias Internacionales”
Laurence Freeman OSB (Invierno 2001)
Es difícil encontrar la paz interior en tiempos de conflicto y miedo. Nos resulta complicado estar sentados en quietud cuando nuestra mente y nuestras emociones se encuentran agitadas. Es muy fácil renunciar entonces a la meditación pero es precisamente en esos momentos cuando más necesaria se hace. Podría ayudarnos el ver la meditación como una disciplina que nos lleva mas allá de nuestro propio beneficio. El significado de la contemplación se encuentra precisamente en sus frutos, especialmente en los del amor y el servicio a los demás. Cuando tenemos paz interior, nos dirigimos al prójimo con compasión y evitamos que una falta de apertura hacia los demás se convierta en objeto de deseo, en ira o en competitividad de nuestro ego. Dios es el amor que expulsa el miedo para con nuestro prójimo porque, cuando verdaderamente hemos descubierto ese amor en nuestro interior, ya no podemos hacer daño. La paz no se alcanza erradicando y destruyendo el mal. Cuando nos hacemos conscientes de nuestros vicios – ira, orgullo, avaricia, o lujuria – el intento por eliminarlos rápidamente degenera en odio hacia uno mismo. En lugar de esforzarnos por destruir nuestras faltas y defectos debemos trabajar pacientemente en desarrollar las virtudes – un trabajo mucho más lento y menos radical pero mucho más efectivo. El primer paso en el desarrollo de la virtud que eventualmente dominará sobre el vicio es germinar la principal virtud de la oración profunda. A través del ritmo silencioso de la oración, la sabiduría penetra lentamente en nuestra mente y en nuestro mundo. Es el poder universal que extrae el bien, en lugar del mal. Como dice el Libro de la Sabiduría, “la esperanza para la salvación del mundo yace en un mayor número de personas sabias”. El sabio conoce la diferencia entre el conocerse a uno mismo y el estar obcecado con uno mismo, entre el desapego y la dureza de corazón, entre la corrección y la crueldad. No existen reglas para la sabiduría. Las reglas nunca son universales. Pero la virtud sí.
Carla Cooper
Traducido por WCCM España  

Enseñanzas Semanales

Enseñanza 21, Ciclo 5

La Conversión Interior del Corazón
Ya hemos hablado anteriormente del voto benedictino de la Conversión, la esencia del camino espiritual. Este voto desencadena el cambio que se produce en nosotros mismos como resultado del cambio en nuestra forma de ver la realidad ordinaria y despertar a la realidad más profunda en la que se asienta. Recientemente he vuelto a leer la explicación que hace John Main sobre la conversión y me gustaría compartirla con vosotros. “Existen dos niveles de conversión: uno a nivel externo, que se produce sobre los aspectos externos de nuestras vidas, y otro interno, que se produce en un nivel más profundo que podríamos llamar la conversión del corazón. Si nuestra vida sólo transcurre en el nivel externo, sin que pueda producirse la conversión interna más profunda del corazón, corremos el peligro de que nuestra vida espiritual sea simplemente externa, estéril y formalista. El lugar en el que te encuentres en tu vida exterior depende en última instancia de lo que esté sucediendo en el nivel más profundo, de si estás realmente abierto a la maravilla y al misterio de Dios… La conversión de la que estamos hablando aquí es un compromiso continuo y cada vez más profundo con ese nivel fundamental de nuestro espíritu que responde constantemente al espíritu que Cristo ha puesto en nuestro corazón. Podemos dejar que la religión sólo sea el cumplimiento de ritos externos, sacrificios y preceptos mientras nuestro corazón, donde reside el verdadero conocimiento de Dios, permanece dormido … Si realmente pudiéramos saber quién es Dios, si realmente pudiéramos tener esa experiencia de la realidad de su presencia, entonces nuestra propia falta de compromiso religioso quedaría expuesta y nos sentiríamos destrozados. Volverse al Señor, al conocimiento de Dios, conlleva un profundo silencio. Una vez que hemos encontrado el Espíritu del Dios vivo, la única respuesta auténtica posible es un silencio profundo y reverencial. Aceptar el desafío de la conversión implica aceptar que estamos dispuestos a cambiar. Nos gusta creer que podemos cambiarnos a nosotros mismos cuando queramos y a nuestro propio ritmo. Sin embargo, la esencia de la conversión es que, al volvernos hacia Dios, Él nos transforma. En realidad, la mayoría de nosotros no esta verdaderamente interesada en ser cambiada. Preferimos llevar el espectáculo a nuestro propio ritmo. Nos gusta tomar todas las decisiones y creer que tenemos las riendas de nuestra vidas bajo nuestro control. La esencia de la conversión es que el Señor va a tomar las decisiones y vamos a ser transformados por Él, según su voluntad. Mientras continúas diciendo el mantra y profundizas en el silencio de la oración, no te sorprendas si te encuentras con fuertes resistencias, con algún tipo de malestar e, incluso, con sentimientos de rabia o enfado. Lo que se nos revela a medida que experimentamos más plenamente la pobreza de espíritu es que la oración del Padrenuestro ahora es literalmente la oración del Padre y ya no es la nuestra … Cuando despertamos a esta nueva realidad, la mayoría de nosotros nos sentiremos angustiados pues realmente no queremos cambiar. Queremos tener nuestra religión bajo control, de la misma manera que queremos tener la mayoría de las cosas y a los demás bajo nuestro propio control. Lo que deseo resaltar con ello es que todos los signos externos de nuestra vida -nuestras ceremonias religiosas, nuestra oración y ayuno, nuestras nuevas intenciones para vivir mejor- son en sí todas buenas pero todas ellas no significan nada, o muy poco, a menos que se produzca esta conversión interior del corazón, esa pobreza interior de espíritu. Éste es el secreto que encierra la frase: “Bienaventurados los pobres de espíritu…”
Kim Nataraja Adaptado de “Despertando” – Retiro con John Main
Traducido por WCCM España  
Lecturas Semanales

Lectura 21, ciclo 5

“Cuarta Carta”, extracto de “La Web del Silencio” escrito de Laurence Freeman OSB (Londres: DLT, 1996), págs. 38-39. A medida que meditamos, ya sea solos o en grupo, vamos haciéndonos más conscientes de la profunda relación que existe entre la meditación y el mundo en el que vivimos. De esta conciencia surge una experiencia de integracion con la base del ser en la que todos estamos arraigados y que se expresa en un mayor sentido de responsabilidad. Nuestra conciencia natural entonces nos guía a actuar de forma responsable en cada dimensión de nuestras vidas y, en ello, celebramos la unión de la contemplación y la acción. El poder que impulsa este proceso es el amor. La compasión es el amor que une a los que sufren. Es energía redentora porque, contra toda expectativa, ilumina la más oscura profundidad y libera la alegría de estar en el corazón aún en la peor de las tragedias. La reacción colectiva a una tragedia nacional puede revelar la capacidad universal de compasión que tiene la naturaleza humana. Mientras se exprese esta capacidad, podremos ver la vida con esperanza y perspectiva. Los valores verdaderos desplazan a los falsos. La impaciencia y la intolerancia que surgen del miedo entre los pueblos se apaga y, en esos momentos de gracia, nos tratamos unos a otros con empatía y respeto. El reino, dirían los cristianos, está cerca. Su interioridad se ha manifestado en las relaciones humanas. Desgraciadamente, y como sabemos con tristeza, esos momentos de paz no suelen durar mucho … Un significado del sufrimiento y el mal es seguramente que nos lleva, aunque sea brevemente, a la conciencia compartida de la realidad de nuestra comunión. Vemos así que el “reino” no es un producto para ser producido y consumido sino la base eterna e ilimitada del ser. Mientras que no nos hayamos vuelto insensibles al dolor, podremos vislumbrar en el sufrimiento cuán cerca está Dios de nosotros.
Carla Cooper
Traducido por WCCM España      
Lecturas Semanales

Lectura 20, Ciclo 5


“La oración como punto de encuentro cristiano-musulmán”,
extracto del escrito de Laurence Freeman OSB “The Tablet”, septiembre 2006. 
Las personas religiosas olvidan fácilmente o descuidan con frecuencia lo más importante: Los que no aman no saben nada de Dios. Éste no es un razonamiento metafísico sino la razón del corazón. Nuestra experiencia humana más universal nos lo enseña. El amor es trascendencia. El amor es el acto de atención paciente al otro por el que abandonamos nuestro egocentrismo. Los padres lo hacen, los amantes lo hacen y las personas religiosas también deben hacerlo si quieren ser genuinos.  La forma en que oramos es la forma en que vivimos. Vivimos en el poder de la trascendencia cuando oramos profundamente. Y esto no sólo ocurre mediante el salat y la liturgia sino también cuando practicamos la contemplación. Todo el propósito de esta vida, dijo San Agustín, es abrir nuestro ojo del corazón con el cual podemos ver a Dios. La religión nos enseña los medios para llegar a esta apertura: la espera, la paciencia, la quietud y, especialmente importante en nuestra época de comunicación instantánea, el silencio.  En el Encuentro Cristiano-Musulmán, rezamos el salat y rezamos oraciones cristianas. Pero también nos sentamos en silencio para meditar; nosotros lo llamamos la oración del corazón y ellos lo llaman dhikr. Es la simplificación de muchas palabras en una sola que nos lleva a la rica pobreza de espíritu. En este silencio accedemos a una universalidad a la que las palabras sólo pueden señalar. No es una forma de escapar de la realidad sino un camino para poder abrazar la realidad divina que en ambas tradiciones conocemos como amor.  Esta experiencia de silencio en la trascendencia transforma las relaciones de una manera que las palabras no pueden lograr. Cristianos y musulmanes convivimos de forma renovada cuando hemos sido pacientes juntos en el silencio del amor. 
Carla Cooper
Traducido por WCCM España      
Enseñanzas Semanales

Enseñanza 20, ciclo 5



La Regla de San Benito
Es fácilmente comprensible la satisfacción que le produjo a John Main descubrir en los escritos de Casiano y Evagrio tanto el camino de la oración utilizando una «fórmula como la teología que resuena en ellos, tan afín a la suya. Las raíces celtas de John Main influyeron en su teología. Quizá ésta fuera también la razón por la que se identificó y se sintió tan cómodo entre los benedictinos cuando decidió convertirse en monje. San Benito consideró que su «pequeña Regla es sólo el comienzo» y recomienda que «Cualquiera … que desee avanzar hacia los más altos estándares de vida monástica puede recurrir a la enseñanza de los santos Padres, las Sagradas Escrituras, las obras de Casiano – «Conferencias”, “Los Institutos” y “La Vida de los Padres” – y la Regla de nuestro santo padre Basilio” (Capítulo 73). El comienzo del bello y poético Prólogo de la Regla de San Benito describe los requisitos previos para la vida espiritual: “Escucha atentamente, hijo mío, mis instrucciones y atiéndelas con el oído del corazón”. Estas son las dos cualidades esenciales para comenzar el viaje hacia nuestro verdadero yo, el Cristo interior: prestar una atención cuidadosa y una escucha intuitiva profunda. De hecho, los temas que inician el Prólogo y siguen apareciendo a lo largo de la propia Regla son los que ya conocemos de los Padres y Madres del Desierto: obediencia, escucha atenta, oración y trabajo, pobreza, castidad y humildad, con paz y justicia como resultado: “Que la paz sea tu búsqueda y tu objetivo” (Prólogo). La regla de San Benito – obediencia, conversión y estabilidad – fue en gran medida fruto de la época en la que vivió con el gran caos que le rodeaba debido a las invasiones bárbaras y a la desintegración del Imperio Romano Occidental. No había seguridad ni física ni moral fuera de los muros del monasterio. Así, debían permanecer encerrados y ser autosuficientes siendo por tanto el «labora» tan esencial como el «ora». Cuando terminaron las «etapas oscuras» y la civilización se volvió a establecer en el siglo XII, las órdenes monásticas pudieron regresar a los votos originales de pobreza, castidad y obediencia. Durante las últimas lecturas, hemos estado analizando la importancia de los votos en la vida espiritual. San Benito, como hicieron Casiano y Evagrio antes que él, enfatizó desde el inicio que nuestra principal tarea en el viaje espiritual es dejar ir nuestra propia voluntad y nuestros deseos egocéntricos y despertar a la realidad de que ya estamos “en Dios». Esta comprensión hace que sea imposible no rendirse a la voluntad y al plan Divino para nosotros. La conciencia de estar envueltos por lo Divino nos hace darnos cuenta de nuestra conexión con la humanidad común a todos.  Entonces, experimentamos compasión y mostramos respeto por los demás y no nos resulta tan difícil seguir el consejo de San Benito de «mantener su lengua libre de conversaciones viciosas y sus labios, de todo engaño» (Prólogo). Sólo cuando estemos en silencio y nos hayamos alejado de criticarnos a nosotros mismos a través de nuestras proyecciones sobre los demás, podremos escuchar “esta voz del Santo llamándonos”. Estas palabras recuerdan a las de Casiano cuando dice: «El objetivo final de nuestra misión es el Reino de Dios o el Reino de los Cielos pero la meta intermedia es alcanzar la pureza de corazón». Toda la guía de San Benito se basa en las Sagradas Escrituras, mostrando su propia humildad: «con el Evangelio como guía… podemos merecer la visión de Dios que nos ha llamado a la presencia eterna». San Benito subrayó, además de las virtudes habituales, las de la paz y la justicia: “Los que caminan sin tacha y son justos en todas sus relaciones; los que hablan desde la verdad del corazón y no practican el engaño; quienes no han hecho mal a otro en ninguna de sus formas y no han escuchado calumnias contra un vecino” han sido agraciados con las virtudes de paz y justicia. Estas virtudes están estrechamente relacionadas con la virtud de la humildad: “No a nosotros, Señor, no nos des la gloria sino solo a tu nombre” (Prólogo). La humildad es tan importante para San Benito que dedica todo el Capítulo 7 a los doce pasos de la humildad. La humildad es fruto del verdadero autoconocimiento, al que llegamos estando alerta a las artimañas de los demonios, es decir, a nuestras propias energías negativas que intentan controlarnos. La humildad es dejar ir nuestros propios deseos y la voluntad egocéntrica y entregarnos a la voluntad de Dios, aceptando que simplemente desconocemos qué es lo mejor. Al mismo tiempo, es saber que no estamos solos en esta lucha, ya que siempre somos abrazados por la presencia y protección de Dios.
Kim Nataraja
Traducido por WCCM España