Lecturas Semanales

Lectura 27, Ciclo 5


 “Queridos Amigos” Texto de Laurence Freeman OSB extraído de la Meditatio Newsletter de octubre de 2017
La palabra «contemplación» esconde la palabra templum o «templo». Hoy lo imaginamos como un edificio religioso pero el significado original no era la estructura física sino el espacio puro en sí mismo antes de que se erigiera el edificio o se llevaran allí mismo a cabo los rituales sagrados. Esta interpretación da un nuevo significado a las palabras de San Pablo: «¿No sabéis que vosotros sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Cor 3,16) Así pues, somos espacio,  no sólo contenedores de pensamientos asombrosos e imaginación, circuitos neuronales y biología compleja. Somos el espacio donde habita Dios. Y estamos en relación. Sor Eileen O’Hea tenía una frase conmovedora que siempre recuerdo: “las relaciones son el terreno sagrado de nuestra humanidad”. Hablando existencialmente, no podemos imaginarnos a nosotros mismos sin estar inmersos en una relación en todas las dimensiones: histórica, social, emocional, ecológica y cósmica. Vivimos en una red de seres interrelacionados. Espiritualmente, estamos relacionados con todo, en Cristo, donde todas las cosas se encuentran en unidad. La relación contemplativa significa ir más allá del sentido estrecho de «mis» relaciones, de las que controlamos, poseemos, sentimos celos o defendemos violentamente desde el lado oscuro de Eros. Al contrario, vemos las relaciones como espacios de crecimiento donde aprendemos a ser fieles, a no ser posesivos, a amar con desapego y sin proyección, y a crecer en el autoconocimiento. Las relaciones son espacios (en el sentido del “templum”), no construcciones del ego. No debemos adorar a aquellos con quienes nos relacionamos. Alcanzamos la unión con ellos adorando junto a ellos, en espíritu y en la verdad, en la base divina de toda relación.
Carla Cooper
Traducido por WCCM España
P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Adviento: tercer domingo 2020

Domingo de Gaudete    

Hoy, la Iglesia añade un poco de rosa a los sombríos colores de sus vestimentas. El morado, el color de la Pascua y del Adviento -las estaciones de la espera y la preparación- no es precisamente mi color favorito. En aquellos días en los que viajaba, me entristecía ver en el aeropuerto de Heathrow a las personas dedicadas a la atención de los pasajeros vestidas fúnebremente de color morado, mientras buscaban a quien poder asistir. Alegrémonos hoy. Hoy es el Domingo de Gaudete, el domingo de la alegría. Por eso hay un poco de rosa en el vestuario. El mensaje es que aún en la larga y quizás oscura espera de una gran celebración o de un evento, como un nacimiento, graduación, aniversario o inauguración de un centro, podemos seguir estando alegres. Desde luego, nos deprimimos cuando alguien nos dice que tenemos que estar alegres. Por aquello de ser educados, igual incluso pretendemos estarlo. Pero la sonrisa se desvanece tan pronto como pasa la obligación. Esta actitud es típica de muchas personas religiosas que creen que han de ser educados con Dios y ocultar sus inescapables tristeza y rabia.   Incluso para los más afortunados, la vida trae olas de tristeza. Pero podemos estar sumergidos en una ola de duelo, fracaso, o decrepitud sin perder la alegría de ser, tal y como se describe en las lecturas de hoy: El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh, me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos, la libertad; a pregonar un año de gracia de Yahveh. Quizás no a todos se lo parezca, pero a mí estas palabras me suenan genuinas y me ofrecen un consuelo verdadero, aún en las circunstancias más desalentadoras. Al resaltar la alegría que burbujea desde el corazón de todo, la lectura evoca un manantial de pureza en la misma naturaleza de la consciencia. Participamos en la alegría de ser, simplemente estando despiertos. Es difícil mantener esta experiencia continuamente. Aparece y desaparece, durante la meditación y de un día a otro. Sin embargo, sólo basta haberla vislumbrado o saboreado una única vez para que jamás pueda ser negada. El aislamiento tan frecuente en la cultura de hoy en día, que se genera con el rechazo a la intimidad y la confianza por ser amenazas a nuestra autonomía, bloquea la alegría y el manantial del que fluye. La tristeza que así se genera nos arroja a un agujero del que es imposible salir por nosotros mismos. La ayuda siempre nos llega a través de otra persona. Aunque el otro emerja invisiblemente desde nuestro interior, tendrá un rostro que podremos ver y tocar. Esperándole aprendemos a liberarnos de nuestras expectativas y de todo lo que podamos llegar a imaginarnos sobre cómo será. Es el momento morado, apofático, sin imágenes. Es necesario porque le interpretamos desde nuestra arrogancia. Le juzgamos desde la atalaya de nuestro ego. Le decimos cómo es. Y así nos protegemos de la revolución en nuestra consciencia que Él trae consigo, desde su dolorosa alegría. La meditación hace que nos sintamos como Juan el Bautista en el evangelio de hoy. Juan tiene tanta confianza de que vendrá el otro que puede sentir su presencia. Esta presencia sentida genera una humildad tan impenetrable que derrama su alegría hasta el punto de que llegamos a verle como el profeta vestido de rosa.

Laurence Freeman OSB  
Traducido por WCCM España

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Adviento: segunda semana 2020

Este año me han ayudado especialmente a prepararme para el Adviento de dos maneras. Déjame compartirlas contigo. La primera es escuchar una charla de John Main todos los días, de su serie «Charlas recopiladas» (disponible en línea y en CD antiguos). 

Estuve presente cuando todas estas charlas se dieron a los primeros grupos de meditación que se reunieron en el antiguo priorato de Montreal, el embrión de la WCCM. De hecho, también las grabé, como un aficionado, con una grabadora antigua en casete. El efecto de  escucharlos hoy no es nostalgia. Es más de lo que se llama «anamnesis», un término que se usa principalmente con respecto a la Eucaristía, un «hacer presente» lo que fue eterno, atemporal en el evento histórico original. Lo opuesto a la amnesia. El tiempo y la eternidad fluyendo juntos y mezclándose forman el Ahora que todo lo incluye.

Las charlas en promedio son de 15 a 20 minutos. Cada vez que escucho una, tiene el efecto de escucharla por primera vez, familiar pero nuevo, como estar allí de nuevo por primera vez. Así actúa el Evangelio en nosotros cuando estamos realmente presentes y escuchando de verdad. No soy una persona particularmente nostálgica. Los amigos a menudo se sorprenden de que necesite que me recuerden los momentos importantes que compartimos en el pasado. Después de un tiempo, es fácil dejar atrás el pasado, aunque uno todavía lo recuerde. Sin embargo, es imposible dejar ir el presente. En cuanto al futuro, es un puente demasiado lejano y por lo general me contento con dejarlo en las manos invisibles de Dios.

Mi otra práctica de Adviento es compartir la tradición a la que pertenecemos con los miembros más jóvenes aquí en Bonnevaux. Algunos son aves de paso durante unas semanas o meses, peregrinos. Pero pueden ser buscadores serios. Incluso si fueron criados nominalmente en la fe cristiana, es posible que sepan poco de cuál es el fundamento de nuestra vida aquí y en la WCCM. Sin embargo, lo poco que saben es precioso porque es una base sobre la que construir. Compartir la sabiduría de la tradición del desierto, leer el evangelio de Marcos, discutir la Regla de Benito cada mañana o celebrar la misa con ellos tiene un efecto rejuvenecedor sobre ellos y sobre la tradición misma. Elimina el polvo de la deferencia y el miedo que se han acumulado y restaura la doctrina pura e iluminadora, la enseñanza de Cristo.

En una vida solo tenemos tantos Advientos y Navidades. ¿No tiene sentido acercarse a cada uno sin sentimentalismos ni nostalgias, sino como un redescubrimiento y un renacimiento? Adviento significa «ir hacia». Lo que viene hacia nosotros, a la velocidad de la luz, ya está aquí. ¿Qué significa, entonces, prepararse para ello, excepto darnos cuenta del nacimiento eterno del Verbo, el Hijo de Dios, dentro del nacimiento histórico en Belén y, fundamentalmente, no menos en nosotros mismos?

En el evangelio de hoy, Juan el Bautista «prepara el camino» para Jesús. Aunque aplaudido por sus contemporáneos (antes de ser ejecutado), su ego no fue enganchado por su audiencia.

Cuando Jesús apareció, fue lo suficientemente humilde como para inclinar la cabeza ante Juan y ser bautizado. Y Juan fue lo suficientemente humilde como para bautizarlo como una forma de reconocer a Jesús como a quien estaba esperando. La colisión de estas dos humillaciones personales lanzó la vida pública de Jesús en su camino hacia el Calvario, incluso cuando marcó la salida de Juan del escenario. No se puede encontrar significado y propósito sin abrazar la mortalidad. El nacimiento de Jesús incluye la realidad completa de la muerte y todo el ciclo de nacimiento, muerte y, en última instancia, de resurrección.

Laurence Freeman OSB

P. Laurence Freeman OSB

Reflexiones de Adviento

 
Aquí en Bonnevaux – en el hemisferio norte – el Adviento comienza en otoño. La Navidad llega durante el oscuro invierno cuando el sol, aunque sea imperceptiblemente, empieza a renacer en el solsticio. Y una y otra vez, el ciclo vuelve a repetirse. El final del año cristiano -y, como todos los finales, también es un comienzo- tiene lugar mientras la mayoría de los árboles está perdiendo su gloria silenciosamente, dejando caer todas sus hojas. Caen una a una, como si fueran estrellas fugaces o almas divinas. La mágica paleta de colores del otoño se difumina en siluetas oscuras de árboles desnudos que contrastan con el cielo de fondo: el arte de la naturaleza en su expresión mas minimalista. En el suelo, las hojas están por todos lados, desparramadas por el viento o descomponiéndose despacio por el efecto del escaso calor que llega del sol. A los gatos les encanta acurrucarse entre las hojas. Y justo en estos momentos, aparece Julián, el jardinero, con su máquina para recoger hojas. Haciendo un ruido enorme -pero ahorrando mucho tiempo y esfuerzo- recoge las hojas en patrones simétricos sobre la hierba, para así poderlas meter en sacos mas fácilmente. La primera lectura de la misa del Domingo me recordó a estas hojas Todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. La lectura de Isaías puede sonar muy negativa para el oído poco entrenado.  Está llena de corazones endurecidos, de ira divina, y de rebelión e impurezas. Sin embargo, no leemos los evangelios solamente para ser consolados. También los leemos para permitir que el filo de la Palabra de Dios rebane nuestros juegos mentales y nuestra arrogancia. Y para que también nos ofrezca un diagnóstico. La Palabra de Dios nos lee, aunque nos creamos que somos nosotros los que estamos leyendo. Menudo alivio sentiríamos si pudiéramos llegar a apreciar que leemos porque estamos siendo leídos y que conocemos porque estamos siendo conocidos. Nos consuela recibir un diagnóstico acertado, uno en el que podamos confiar y que sea coherente con los síntomas que mostramos. Si pudiéramos sentir íntimamente esta interacción con la Palabra, la leeríamos con una mayor profundidad y nos iluminaría aun más.  También es mas fácil de interpretar – por ejemplo, ver “la ira de Dios” simbólicamente. Dios no puede estar “enfadado”. Pero el karma, las consecuencias inevitables de nuestros propios errores, sí puede llegar a parecer como si la ira de alguien estuviera dirigida personalmente hacia nosotros. La crisis ecológica, por ejemplo, es el resultado de un pecado colectivo y un “castigo” impersonal por la avaricia y la profanación de la naturaleza. Al leer las escrituras de esta forma, nos encontramos que en alguna ocasión tenemos que invertir la relación sujeto–objeto, como cuando Isaías le dice a Dios: “escondiste tu rostro de nosotros y nos entregaste al poder de nuestros pecados”. Lo que Isaías realmente nos quiere decir es que escondimos nuestro rostro ante Dios. Al darnos cuenta, la dulce compasión de la Palabra se convierte en un bálsamo: “nosotros la arcilla, Tú el alfarero, somos todos obra de tus manos”. ¿Podéis ahora tener la sensación de haber sido restaurados a vuestra normalidad? El Evangelio de hoy, al principio del Adviento, refuerza este mensaje con gran economía de palabras. Contiene dos mensajes para guiarnos a una buena preparación del acontecimiento de la Encarnación: Uno es “no sabéis” y el otro, “velad”. Velad sin saber. Así es como nos preparamos para reconocer y recibir lo que viene hacia nosotros a la velocidad de la luz, a una velocidad a la que lo que viene hacia nosotros ya se encuentra aquí.  

Laurence Freeman OSB                                  
Bonnevaux, 29 noviembre 2020  
Traducido por WCCM España
Lecturas Semanales

Lectura 23, Ciclo 5


“Meditación”
extracto del libro de Laurence Freeman OSB “Jesús, El Maestro Interior” (Londres: Continuum, 2000, pág. 210)
Uno de los frutos de la meditación es el don del discernimiento. Discernimiento, por ejemplo, para saber cuándo debemos desconectar del bombardeo continuo de noticias e información que nos rodea. La meditación, al crear un espacio de soledad a través de la práctica diaria, protege la dignidad de la privacidad individual. Como resultado, también nos permite desarrollar los valores sociales de libertad personal y de participación responsable en la toma de decisiones sociales. La pasividad y el desánimo que pueden generar la saturación de los medios de comunicación son desafiados por la meditación, aunque sólo sea porque a las personas sabias no se las engaña con tanta facilidad. Meditamos en este mundo que nos ha tocado vivir. Nuestra decisión de meditar representa un compromiso de participar responsablemente en este mundo agitado. La meditación entrena el discernimiento y limita la intolerancia. Enseña fidelidad a la comunidad del verdadero Ser, protegiendo así la dignidad humana. Cada vez que nos sentamos a meditar, llevamos nuestro propio equipaje emocional y el del mundo al esfuerzo de la atención. Es una forma de amar el mundo del que formamos parte y contribuir a su bienestar. Precisamente porque es una forma de dejarnos ir, la meditación nos ayuda a reconocer y compartir la carga de la humanidad.

Carla Cooper
Traducido por WCCM España